Gael tenía un buen cuerpo, era atlético, sus ojos eran llamativos y sus labios, delgados y suaves. Yo, en cambio, no era atlético ni tampoco demasiado gordo; simplemente me consideraba una persona normal. Mis ojos no eran tan llamativos como los suyos y mis labios eran un poco más carnosos.
Después de aquella revelación, la cueva quedó sumergida en un silencio inesperado. Gael y Ángel decidieron tomar un poco de distancia, aunque sus miradas los delataban. Había algo extraño entre ellos: una mezcla de sorpresa, nostalgia y una alegría que ninguno de los dos parecía dispuesto a admitir.
—Bien —asintió Ángel, intentando levantarse de la cama—. Necesitamos pensar qué vamos a hacer.
Gael se dio la vuelta y se recargó en una de las esquinas de la estatua. Mientras tanto, yo ayudé un poco a Ángel con sus nuevos vendajes. Debo admitir que estaba bastante apenado. No sabía exactamente cómo sentirme. Estaba confundido por lo que me estaba pasando y, ahora, con la aparición de Gael, no podía dejar de pensar que quizá quería reconquistar a Ángel.
—¿Qué vamos a hacer de qué? —pregunté.
Gael, Miguel y Ángel se me quedaron mirando como si acabara de decir algo completamente fuera de lugar.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Los cuatro comenzamos a percibir un olor que se extendía lentamente por la cueva.
Tierra mojada.
Sangre.
Carne.
Y un olor mucho más desagradable, parecido al de la carne podrida.
Ángel levantó la cabeza de inmediato.
Parecía haber recuperado sus fuerzas de repente. Sus ojos cambiaron y su respiración se volvió pesada. La furia comenzó a apoderarse de él hasta que, frente a nosotros, empezó a transformarse.
Su cuerpo creció rápidamente hasta convertirse nuevamente en aquel enorme lobo de casi tres metros de altura, tan grande como un caballo. Su pelaje era café claro y sus ojos, marrones y salvajes.
—¡Ángel! —exclamé.
Intenté seguirlo cuando salió de la cueva, pero Gael se interpuso rápidamente.
—¡No!
Se colocó frente a la entrada y sujetó con fuerza las piedras de los alrededores para impedir que yo saliera.
El olor se hizo todavía más intenso.
Carne podrida.
Tierra mojada.
Sangre.
Bosque.
Pero, entre todos aquellos aromas, hubo uno que reconocí inmediatamente.
Un olor que me provocó un escalofrío.
—Bryan... —susurré.
Mis sentidos estaban mucho más desarrollados desde mi transformación. Podía escuchar incluso los sonidos más pequeños.
Entonces escuché algo.
Ramas rompiéndose.
Hojas siendo aplastadas.
Piedras moviéndose.
Y unos pasos.
Pero no eran pasos humanos.
Eran pesados, lentos y amenazantes.
También podía escuchar el sonido de unas uñas, o quizá garras, chocando contra las rocas.
A través de un pequeño hueco en la entrada de la cueva, pude observar lo que se acercaba.
Era Bryan.
O, mejor dicho, lo que quedaba de él.
Estaba transformado en aquel licántropo corrupto que caminaba sobre dos piernas. Su cuerpo estaba cubierto de pelo, sus dientes sobresalían de su mandíbula y sus garras parecían capaces de desgarrar cualquier cosa.
Era como aquel típico hombre lobo siniestro que aparecía en las películas.
—Ángel está en peligro —remarqué.
La impotencia y el enojo comenzaron a apoderarse de mí. Sentí que mi propia transformación se hacía más intensa; mis músculos se tensaron y mis sentidos se agudizaron.
—No. No es tu pelea —respondió Gael.
Apretó todavía más las piedras para impedir que saliera.
—¡Déjame salir!
Intenté apartarlo y empujarlo varias veces, pero Gael no cedió.
Apenas podía observar lo que estaba sucediendo afuera.
Bryan estaba recargado tranquilamente contra un árbol.
Aquella tranquilidad me sorprendió. Para ser sincero, nunca lo había visto tan calmado. Sin embargo, esa calma no me transmitía confianza. Al contrario, me hacía sentir que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
De pronto, una pequeña nube de polvo se levantó.
Ángel se lanzó al ataque.
Dio un enorme salto directo hacia Bryan, pero él mantuvo una postura completamente abierta, como si quisiera recibir el golpe para comprobar la fuerza de Ángel.
Cuando Ángel estuvo a punto de morderlo, Bryan reaccionó con una velocidad impresionante.
¡BOOM!
Un solo golpe bastó para mandarlo contra el suelo.
Otra nube de polvo cubrió el lugar.
Durante unos segundos no pude ver absolutamente nada.
Finalmente, el polvo comenzó a disiparse.
La pelea había terminado.
Ambos estaban demasiado heridos para continuar, así que poco a poco comenzaron a recuperar su forma humana.
Bryan miró a Ángel con desprecio.
—Eres patético —argumentó con una sonrisa llena de superioridad mientras Ángel intentaba recuperarse—. No me sorprende que ellos te hayan causado tanto daño. Eres débil.
Ángel levantó lentamente la cabeza.
Su mirada estaba llena de rabia.
—¿A qué viniste? —exclamó—. ¿Viniste a matarnos o solamente a avergonzarme?
Bryan permaneció tranquilo.
—Tenemos un enemigo en común —respondió mientras observaba el paisaje—. Y ya sabes lo que dicen: el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Hizo una pausa.
Entonces giró lentamente la cabeza.
Su mirada se encontró con la mía.
—Solo que...
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Bryan me señaló.
—Me sorprende que todavía sigas con él.
—¡Cállate! —respondió Ángel mientras intentaba ponerse de pie.
Pero Bryan no apartó la mirada de mí.
—Ángel fue quien te convirtió en lo que eres —argumentó—. Como te vi tanto tiempo con él, pensé que ya lo habías perdonado.
Rio de manera inquietante y se sentó sobre una piedra.
Yo me quedé completamente inmóvil.
Sus palabras comenzaron a dar vueltas dentro de mi cabeza.
Ángel me había convertido.
Ángel era la razón por la que ahora era lo que era.
Y yo...
Yo había olvidado aquella misión.
Había pasado demasiado tiempo con él.
Había conocido este mundo.
Había empezado a confiar en él.
Pero ¿y si todo había sido un engaño?
Por primera vez, aquella posibilidad me golpeó con fuerza.
¿Y si Bryan tenía razón?
¿Y si durante todo este tiempo había estado al lado de la persona que me había condenado a vivir de esta manera?
Me sentí utilizado.
Engañado.
Traicionado.
No podía creerlo.
Todo este tiempo había estado junto a quien me había convertido en aquello que ahora me ponía en peligro.
Y entonces comenzaron a regresar a mi mente todas aquellas historias.
El odio.
La humillación.
El miedo.
La transformación.
Todo se mezcló dentro de mí hasta convertirse en una tormenta de emociones.
No quería escuchar nada más.
Sin decir una palabra, me di la vuelta...
Y salí corriendo de allí.

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