Después de aquel regaño de la jefa, Olivia y yo fuimos a atender la mesa donde estaban sentados Maleek y Arthet.
Con cada paso que dábamos para salir del almacén, la jefa caminaba detrás de nosotros, como si quisiera presionarnos para que nos apresuráramos. Desde ahí podíamos escuchar los gritos de los clientes quejándose, las órdenes que no dejaban de llegar y el ruido constante de la cocina.
Olivia y yo nos miramos por unos segundos, tratando de entender qué estaba pasando. Sin decirnos nada, la jefa salió de golpe.
El empujón fue tan fuerte que terminé en el suelo. Olivia se hizo a un lado de inmediato, metiendo el estómago para estorbar lo menos posible.
—Ups... —comentamos los dos al mismo tiempo.
En cuanto lo dijimos, el ambiente se calmó. Un extraño silencio se apoderó del restaurante.
—Vamos —sugirió Olivia.
—Vale... —murmuré.
Al salir, algunas mesas todavía tenían comida. Imaginé que, por el caos de hacía unos momentos, varios clientes se habían desesperado y decidieron marcharse. Había al menos cuatro mesas con platos a medio terminar.
Olivia y yo intercambiamos una mirada de preocupación. Sabíamos que, tarde o temprano, todos recibiríamos otro regaño por aquello.
Pero cuando llegamos a la mesa donde estaban Maleek y Arthet, ellos ya no estaban.
En ese momento pasó Jonathan a nuestro lado, intentando que no se le cayera una bandeja llena de platos sucios y restos de comida. Era un chico listo, aunque un poco rebelde. Usaba lentes, medía aproximadamente un metro setenta y ocho y era el confidente de Olivia y mío dentro del trabajo.
—Jhonny... —susurré.
—¿Qué? —gruñó un poco—. Dime rápido, siento que esto se me va a caer.
—Perdón... Solo una pregunta.
—Mmm... —se quejó.
—¿Sabes dónde están los chicos que estaban en aquella mesa? —pregunté señalándola.
Jonathan dudó unos segundos.
—Am... el chico de los rombos se molestó. Creo que tiró un ramo de rosas. Y el chico del kimono... bueno, se veía decepcionado.
Al escuchar eso, Olivia corrió hacia el bote de basura.
Y ahí estaba.
Un ramo de rosas rojas, envuelto con un moño dorado. Entre las flores había una pequeña nota. Olivia tomó únicamente la nota y comenzó a caminar rápidamente.
Iba a seguirla cuando Jonathan volvió a llamarme.
—Toma. También dejaron esto para ti.
Extendió la mano.
Al abrir el puño vi otra nota, atada con un listón dorado. En letras pequeñas podía leerse:
«De Maleek para...»
—¡Oh, cuidado! —exclamé al ver que la bandeja se inclinaba peligrosamente.
Por suerte alcancé a sujetar varios platos antes de que cayeran.
—¡Wow! Muchas gracias —dijo Jonathan aliviado.
—Ven, te ayudo con algunos.
Tomé varios platos y caminamos juntos hacia la cocina.
—Te debo una.
—Luego me la pagas. Tengo que buscar a Olivia.
Dejé los platos en el lavabo junto a otro compañero, Gerardo, y salí de inmediato.
La busqué en nuestro escondite habitual, luego en el baño y en el área de empleados.
Nada.
Hasta que miré hacia el estacionamiento.
Ahí estaba.
En medio del enorme estacionamiento vacío.
Tenía la cabeza agachada. Sujetaba el celular con tanta fuerza que parecía querer romperlo entre sus manos.
Entonces un trueno retumbó en el cielo.
Y la lluvia cayó de golpe.
—¡Olivia! —grité.
No respondió.
—¡¡OLIVIA!! ¿Estás bien?
Mientras me acercaba, empecé a escuchar pequeños quejidos. Su respiración era rápida y temblorosa, como si estuviera luchando por no llorar.
Cada vez que notaba que me acercaba, intentaba recuperar la compostura.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, vi que la pantalla de su celular estaba completamente rota. Varias de sus uñas estaban quebradas.
—¿Estás bien? —pregunté con cuidado.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—¿Puedo acercarme un poco más?
Olivia volvió a apretar el teléfono. Se mordió el labio, como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Sí... —susurró con una voz llena de tristeza.
En cuanto la abracé, rompió en llanto.
Por un momento pensé que Arthet la había destrozado con aquella carta, pero la nota seguía guardada dentro de la funda del celular.
De pronto sus piernas comenzaron a temblar y cayó de rodillas.
Yo caí con ella para evitar que se golpeara.
—Es... es...
Respiró hondo antes de continuar.
—Es mi padre. Acaban de llamarme del hospital. Me dijeron que está internado. Mi hermano no contesta el teléfono y no sé si está con él... y ahora tampoco quiero leer lo que dice Arthet.
—Ay, amiga...
La abracé con fuerza.
Sentía cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas, aunque seguía intentando contenerse.
—Sé que debo enfrentar mis miedos, pero... mi padre... No sé si alguna vez vaya a cambiar. Tal vez sí... tal vez no. Mi hermano... no quiero que piense que soy débil o una niña ingenua por seguir creyendo que aún podemos volver a ser una familia. Y Arthet... llevo semanas evitándolo. Lo más probable es que en esa nota me diga que ya no me ama.
Levantó lentamente la mirada.
Su uniforme estaba completamente empapado. Su cabello chorreaba agua.
Los dos estábamos bajo la lluvia.
Y esta no parecía tener intención de detenerse.
—Vamos. Entremos.
Intenté ayudarla a levantarse.
No pude.
Parecía que todo su cuerpo se hubiera quedado sin fuerzas.
—No tengo energía... Prefiero quedarme aquí y enfermarme de algo fatal.
Aquellas palabras me dolieron.
Respiré profundamente y me coloqué frente a ella.
Ella levantó la vista y me observó con atención.
—Escúchame. Sé que es difícil enfrentar los miedos. Pero sentir culpa, ira o lástima por ti misma no va a ayudarte. Si tu padre sigue siendo un alcohólico y nunca cambia, demuéstrale quién eres. Si tu hermano se aleja o no te apoya, demuéstrale que no eres una cobarde. Y si Arthet ya no te ama o decidió marcharse... entonces demuéstrale todo lo que perdió.
Mi voz se quebró tanto al decir aquellas palabras que hasta yo mismo me sorprendí.
La lluvia disminuyó durante unos instantes.
Olivia se limpió el rostro con la manga del uniforme.
Los truenos volvieron a escucharse a lo lejos.
Pero su expresión había cambiado.
Ya no era la de alguien completamente derrotado.
Había una pequeña chispa de determinación en sus ojos.
Creo que, de alguna forma, mis palabras habían encontrado un lugar en su corazón.
—Tienes razón... —admitió con una débil sonrisa—. Debo enfrentarlos.







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