viernes, 18 de septiembre de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO?: LA HISTORIA DE LOS 3 LOBOS (2 PARTE FIN)



Después de aquellos acontecimientos, la estatua que se nos presentó era bastante aterradora. Representaba dos bandos: unos eran licántropos en su forma completamente animal, mientras que los otros tenían la misma apariencia que Tobu y Brayan cuando se transformaban. Hablo del típico hombre lobo que camina sobre dos piernas: hocico de lobo, orejas puntiagudas, garras filosas y un cuerpo cubierto de pelaje.

Pero antes de que pudieran explicarnos el significado de aquella estatua, Gael volvió a mirarnos.

GAEL

—Yo conocí a Ángel, Tobu y Warren hace unos años —comentó aquel chico—. Fue durante una persecución.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Verán, al igual que ellos, yo también fui maldecido por mi padre. Él era un hombre serio, pero el poder era su verdadera ambición. Según la tradición, mi familia había nacido con este "don". Mi abuelo y mi padre querían utilizarlo para que la justicia prevaleciera, pero, para conseguirlo, pretendían que todos los demás los reconocieran como sus reyes.

»Los demás se negaron.

»Yo apenas era un adolescente cuando todo comenzó a caer a la borda. Mi familia sabía que se acercaba la luna llena, así que me encerraron en una celda esperando el momento de mi transformación. Me habían esposado y apenas me daban comida. Lo más probable era que, al transformarme, mi hambre se volviera mucho más intensa.

»Mi padre quería utilizarme para provocar el pánico.

»Al llegar la noche, recuerdo que un guardia me llevó hasta el centro del palacio. Las cadenas fueron sujetadas a un par de pilares que se encontraban allí. Podía sentir cómo mi hambre aumentaba poco a poco.

»Entonces comenzaron a sonar los tambores.

»De pronto, un par de esclavos vestidos con túnicas iluminaron el lugar con antorchas. Y fue entonces cuando lo vi.

»Mi padre apareció frente a mí. Vestía una capa roja, algo anticuada para ser honesto, parecida a los atuendos que utilizaban los antiguos reyes. El color era rojo como la sangre. A su lado había un pequeño cordero amarrado con un lazo.

»La luna ya estaba en posición.

»Los tambores comenzaron a sonar con más fuerza.

—¡Dios de la Luna! —gritó mi padre a los cuatro vientos, mirando hacia el cielo—. ¡Permite transmitirle este don a mi hijo!

—¡No lo acepto! —respondí cuando terminó la frase.

Pero mi esfuerzo fue inútil.

Vi cómo mi padre sacaba un cuchillo mientras el sirviente dejaba al pequeño cordero en el suelo.

—No lo hagas...

—Acepta esta ofrenda y haz que mi hijo reciba esta hermosa bendición.

Cuando terminó la oración, escuché el último balido del pobre cordero.

Su sangre comenzó a dispersarse por el suelo, formando un círculo que, al parecer, tenía la silueta de un lobo.

Sonó el último tambor.

Mi padre se quedó completamente en silencio, mirando hacia la luna.

Entonces el miedo comenzó a apoderarse de mí.

Era la misma sensación que tendría una presa al sentirse observada por un depredador.

Algunos de los seguidores comenzaron a dispersarse, pero la mayoría permaneció allí.

Mi padre empezó a quejarse levemente.

Entonces sucedió.

De sus pies comenzaron a surgir garras. Su cuerpo empezó a cubrirse de pelo. Sus orejas cambiaron de forma y su boca comenzó a alargarse hasta convertirse en el hocico de una bestia.

Todo su cuerpo estaba cambiando.

Finalmente, aquel monstruo levantó la cabeza.

Sus ojos se clavaron directamente en mí.

Intenté escapar.

Tiré de las cadenas con todas mis fuerzas, pero era demasiado tarde.

Mi padre se abalanzó sobre mí.

—¿Esa mordida te la hizo tu padre? —preguntó Liam, señalando las cicatrices que tenía: una en el pecho y otra en el hombro.

—Sí... así es —respondí, bajando la mirada—. Él me hizo esto.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

—Después de eso... la bestia en la que me convertí era terrible. Aquella noche perdí completamente el control. Cuando amaneció, solo pude ver las consecuencias.

»Había casas quemadas. Algunos cadáveres estaban tirados en las calles y otros habían sido desmembrados.

»Ese día me arrepentí por completo.

»Cuando fui a enfrentar a mi padre por lo que me había hecho, esperaba encontrarme con un hombre arrepentido.

»Pero no fue así.

»Mi padre me estaba mirando con alegría.

»Y entonces comprendí por qué.

»Los aldeanos sobrevivientes me esperaban. Mi propio padre les dijo que yo era el monstruo que los había atacado durante la noche.

»El hombre en quien yo confiaba me había convertido en aquello.

»Así que decidí vengarme.

—¿Y lo hiciste? —preguntó Liam.

—Como sabrás, sí.

»Fue una pelea brutal. Mi padre perdió y yo gané. Pero no contaba con que él hubiera preparado un plan B.

»Había creado a los cazadores que ustedes ya conocen.

Gael miró fijamente a Liam.

—¿Pero cómo? —preguntó Liam, sorprendido—. ¿No se supone que todo eso ocurrió hace muchísimos años?

—Sí —respondí—. Pero recuerda que esto pasa de generación en generación.

—Entiendo... —contestó Liam con una voz agridulce.

Gael respiró profundamente antes de continuar.

—Con el paso del tiempo, aquellos cazadores comenzaron a perseguirme sin descanso ni misericordia. Una noche estuvieron a punto de matarme, pero entonces los tres hermanos lobo me rescataron de aquel cruel destino.

»Ángel, Tobu y Warren me ayudaron. Mataron a varios de los cazadores que me habían seguido y, después, les conté cómo había llegado a convertirme en esto.

»Ellos me explicaron que su historia era diferente a la mía. En su caso, también había sido su padre quien los había condenado.

»Después del rescate, las noticias no tardaron en llegar. Habíamos acabado con muchos cazadores, pero eran demasiados.

»Así que decidimos ocultarnos.

»Cambiamos nuestras identidades para evitar que nos encontraran. Ángel conservó su nombre, aunque cambió sus apellidos. Warren pasó a llamarse Darren Volour. Tobu... creo que se cambió el nombre por Lucifer, aunque no estoy seguro. Tal vez solo cambió sus apellidos.

»Mientras intentábamos descubrir cómo derrotar a los cazadores, ocurrió algo que no esperaba.

»Poco a poco, sin darme cuenta, empecé a sentir algo por Ángel.

Gael sonrió ligeramente.

—Era valiente, protector y honesto. Pero, sobre todo, siempre protegía a los suyos.

»Una tarde estábamos preparando un plan que creíamos brillante.

»Hasta que él llegó.

—¿Quién llegó? —preguntó Liam, entusiasmado.

Gael lo miró por un instante.

—Como sabes, una amistad puede crecer hasta convertirse en algo más. Y eso fue lo que ocurrió entre Ángel y yo.

»Pero un día, cuando estábamos juntos, un cazador se interpuso entre nosotros.

»Era el hijo de aquellos cazadores que ustedes conocen.

»Sin embargo, había algo diferente en él.

»Sabía que lo que su familia estaba haciendo estaba mal y estaba dispuesto a ayudarnos a detenerlos.

»Estábamos desesperados y asustados. No sabíamos que todo aquello formaba parte de un plan.

»Warren y yo desconfiábamos de él, pero no teníamos muchas opciones. Gracias a él descubrimos que estaban reclutando gente para preparar un ataque final.

»Decidimos preparar un contraataque, aunque teníamos que pensarlo cuidadosamente.

»Durante nuestros viajes conocimos a otras personas como nosotros. Algunos también habían sido perseguidos y cazados.

»Pero quedaban muy pocos.

»Pasaron las semanas y los meses. Todo parecía estar en orden, aunque ninguno de nosotros se sentía realmente tranquilo.

»Hasta que una noche aquel hombre nos dijo que tenía que regresar para comprobar cómo estaba la situación. Seguramente los demás comenzarían a preguntarse dónde estaba.

»Warren decidió acompañarlo.

»Los otros hermanos también quisieron ir para asegurarse de que nada le sucediera.

»Pero el mayor decidió quedarse.

»El tiempo pasó.

»Y llegó el anochecer.

»Cuando vimos que no regresaban, los hermanos decidieron ir a buscarlo. Gracias a su olfato, pudieron encontrar un rastro.

»Pero no era solamente el olor de su hermano.

»Había varios rastros.

—Emboscada... —dijeron los dos hermanos al mismo tiempo.

»Cuando llegaron al lugar, encontraron a su hermano muerto.

»Había recibido varios disparos.

»No había rastros de defensa ni de lucha.

»Entonces comenzaron a percibir olores por todas partes.

»Estábamos rodeados.

»Y las armas que tenían no eran especiales.

»Eran simples balas comunes y corrientes.

—Qué triste... Me caía bien —dijo el hijo de los cazadores mientras permanecía recargado contra un árbol—. Admito que me gustaba, pero necesitábamos deshacernos de él.

»Entonces sacó un cuchillo ensangrentado.

—Fue muy sencillo. Solo tuve que atravesarlo.

—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Ángel.

Las palabras que salieron de su boca fueron desgarradoras.

Recuerdo que se lanzó contra él y se transformó en lobo.

Aquella noche comenzó la última pelea.

Luchamos.

Intentamos vengar a nuestro hermano, pero no pudimos.

Los cazadores nos superaban en número y, antes de marcharse, nos dejaron una amenaza que jamás olvidaría:

—¡NOS LA VAN A PAGAR!

Gael guardó silencio.

Liam lo observaba sin comprender del todo.

—Pero no entiendo... ¿qué tienes que ver tú con todo esto? —preguntó, señalándome.

—Ahora entiendo lo de los cazadores... la venganza... pero tú... —murmuró Liam, todavía confundido.

Gael permaneció en silencio.

Liam abrió los ojos de repente, como si una pieza del rompecabezas acabara de encajar.

—Es tu ex... —gritó Liam.


PD: YA  EXTRAÑA ESCRIBIR Y YA ESTA EL CAPITULO AUNQUE NO ME GUSTO MUCHO TENGO UN BLOQUEO CREATIVO JEJE PERO ESPEREN LO ACTUALIZARE PARA PODER SUBIRLES EL SIGUENTE CAPITULO.

lunes, 24 de agosto de 2026

LO QUE PARA MI ES SER ORIGINAL



No necesitas ser una copia de alguien,
ni el reemplazo que esperan de alguien.
No necesitas impresionar a nadie,
ni cambiar tu esencia para agradarle a alguien.

¿Alguna vez te has hecho esta pregunta?
¿Qué debo hacer para demostrar quién soy?
¿De verdad vale la pena demostrar
quién soy en realidad?

Muchos pensamos que ser originales
es copiar lo que hacen los demás,
seguir sus pasos, imitar sus ideales
y olvidar quiénes somos de verdad.

Hay que ser auténticos,
pero no demasiado alocados.
Hay que arriesgarse,
sin terminar desbocados.


miércoles, 19 de agosto de 2026

EL FLAMENCO GEMINUS: UNION DE HERMANOS (SEMIPENULTIMO CAPITULO)


ANA

Después de aquella noticia que me había dado el doctor, fui inmediatamente a buscar a mi hermano a su casa. Necesitaba encontrarlo, hablar con él, asegurarme de que estuviera bien.

Pero no encontré ningún rastro de él.

Solo había una cosa sobre la mesa.

Una carta.

Y llevaba mi nombre.

La tomé con las manos temblorosas y comencé a leer.

Querida hermana:

Si estás leyendo esto, es porque ya no me siento bien.

Tal vez, si hubiera comprendido mejor a nuestro padre, las cosas serían diferentes. Quizá no estaría así de grave ni habría terminado teniendo tantos problemas con el alcohol.

Perdóname.

Te quiero, hermanita.

—¡No! —grité con todas mis fuerzas.

Sentí que el corazón se me detenía.

Había demasiados lugares donde mi hermano podía estar. Y si aquella carta significaba lo que yo pensaba...

No podía perder tiempo.

Tenía que encontrarlo antes de que hiciera una locura.

Entonces recordé un pequeño lugar al que mi padre y mi hermano solían ir cuando eran incapaces de hablar en casa. Era un sitio tranquilo, lejos de todos. Allí mi padre le daba consejos cuando tenían alguna discusión, o simplemente se sentaban a hablar.

El lago Vernasi.

Salí corriendo hacia allí.

Pero, cuando estaba a punto de continuar mi camino, un automóvil blanco apareció de la nada y se detuvo frente a mí, bloqueándome el paso.

—¡Quítate! ¡Estúpido! —grité desesperada.

El conductor no bajó la ventanilla.

Tampoco escuché que arrancara.

Miré hacia los lados, buscando alguna manera de rodearlo.

No me importaba si querían robarme. No me importaba nada.

El tiempo estaba corriendo.

No sabía si mi hermano ya estaba a punto de morir.

Tal vez había saltado al lago con algo pesado atado al cuerpo.

Tal vez tenía una soga alrededor del cuello.

Tal vez llevaba un arma.

—¡QUÍTATEEE! —volví a gritar.

Nada.

Entonces observé el capó del automóvil.

Había una pequeña abreviatura que reconocí.

Di seis pasos hacia atrás para tomar impulso y, justo cuando estaba a punto de correr, vi cómo la ventana del copiloto comenzaba a bajar lentamente.

—¡Por favor! —dije con lágrimas en los ojos.

Mi voz se quebró.

—Déjame rescatar a mi...

Me quedé en silencio.

Mis palabras desaparecieron cuando vi quién estaba dentro.

Arthet.

Sus ojos se encontraron con los míos. Se veía alterado, preocupado... casi tan desesperado como yo.

Sin decir nada, abrió la puerta del copiloto.

—Tu amigo me llamó. Ya me contó todo —dijo con una voz suave—. Tendremos tiempo para hablar después. Ahora sube. Vamos a encontrar a tu hermano.

No tenía tiempo para discutir.

Subí al automóvil sin pensarlo.

—Bien... —respondí con la voz quebrada—. ¿Dónde? ¿En qué parte? ¿Cuándo? ¿Por dónde empezamos a buscarlo?

—¿Tienes alguna idea de dónde podría estar?

—Lago Vernasi —respondí inmediatamente.

Arthet no hizo más preguntas.

Tomó la palanca, encendió el automóvil y comenzó a conducir a toda velocidad.

Durante el trayecto, ninguno de los dos habló.

Él mantenía la mirada fija en el camino, pero entonces sentí algo.

Su mano tomó la mía.

Era suave y cálida.

Al principio me sorprendí, pero no la aparté.

Sentí que poco a poco mi respiración comenzaba a tranquilizarse.

De vez en cuando, Arthet apretaba mi mano.

Quizá había notado que estaba temblando.

Quizá simplemente quería recordarme que no estaba sola.

Pero yo solo podía pensar en una cosa.

Mi hermano.


HERMANO DE ANA

Venía aquí con mi padre cuando era niño.

Este lugar siempre había sido especial para nosotros.

Aquí me daba consejos.

Aquí me decía que estaba haciendo las cosas bien.

Aquí podía hablar con él sin sentir que el resto del mundo existía.

Pero entonces crecí.

Llegó mi etapa rebelde.

Conocí a personas que creí que eran mis amigos.

Y ellos terminaron traicionándome.

Por su culpa terminé en la cárcel por un crimen que yo no había cometido.

Mi autoestima cayó hasta lo más profundo.

Y cuando salí, lo único que podía ver en los ojos de mi padre era decepción.

Sentía que me miraba como si yo fuera un simple error en su vida.

Quizá tenía razón.

Quizá todo había sido culpa mía.

Me encontraba en la orilla del puente, mirando el lago.

Una soga rodeaba mi cuello y estaba atada a cinco ladrillos.

Miré hacia abajo.

El agua parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

No dejaba de pensar en todo el daño que había causado.

En mi padre.

En mi hermana.

En todo lo que había destruido.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.

—Lo siento... —susurré.

Poco a poco subí al barandal del puente.

Levanté la mirada hacia la luna.

Era hermosa.

Quizá sería la última vez que la vería.

Entonces escuché un automóvil acercándose a toda velocidad.

El sonido de los neumáticos contra el camino.

Un frenazo.

Una puerta abriéndose.

Y entonces la vi.

Ana.

Mi hermana.

Había llegado.

—Perdóname... —dije con la voz quebrada.

Y solté los ladrillos.

Por un instante alcancé a verla estirar las manos hacia mí.

Después...

Nada.

Solo escuché mis propios pensamientos.

El aire comenzó a faltarme.

Sentí el agua entrar en mis pulmones.

Era una sensación horrible.

Quizá ese era mi castigo.

Intenté luchar.

Intenté respirar.

Pero cada vez escuchaba menos.

Los gritos se volvieron distantes.

La voz de mi hermana desapareció.

Y finalmente...

Solo quedó el silencio.


ANA

—¡HERMANO!

Corrí hacia él.

—¡Eres un estúpido! ¿Cómo pudiste hacer esto?

No sabía si estaba llorando de miedo, de rabia o de alivio.

Solo sabía que tenía que salvarlo.

—¡Ayúdenme! ¡Llévenlo al hospital!


TRES SEMANAS DESPUÉS

Habían pasado tres semanas desde aquella noche.

Tres semanas de miedo.

Tres semanas esperando que mi hermano despertara.

Finalmente, los médicos lograron salvarlo.

Pero cuando llegamos al hospital aquella noche, mientras mi hermano era llevado a urgencias, recibí otra noticia.

Mi padre había muerto.

Sentí que el mundo volvía a derrumbarse.

Después de todo lo ocurrido, enterramos a mi padre junto a mi madre.

Ella había muerto años atrás en un accidente en el que mi padre estuvo involucrado.

Él nunca pudo perdonarse lo sucedido.

Se culpó durante años.

Y poco a poco cayó en el alcohol.

Quizá por eso siempre decía que quería volver a estar con ella.

Ahora, finalmente, estaban juntos otra vez.

Cuando mi hermano despertó, tuve que contarle todo.

No fue fácil.

Pero necesitaba saberlo.

Y, después de perder a nuestros padres, solo pude pedirle una cosa.

—No me dejes sola.

Mi hermano me miró en silencio.

Entonces me abrazó.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía que enfrentar aquello completamente sola.

Después de todo lo ocurrido, me mudé con él.

Arthet y yo también tuvimos que hablar.

Había demasiadas cosas pendientes entre nosotros.

Al final, logramos reconciliarnos.

Pero ambos sabíamos que aquello no era el final.

Todavía teníamos algo que hacer.

Algo que descubrir.

Algo que enfrentar.

Y esta vez...

lo haríamos juntos.

domingo, 16 de agosto de 2026

LO HAGO POR MI


No quiero ser un estorbo para los demás,
quizá estoy pensando de más.
Tal vez nunca puedas entender
todo aquello que llevo dentro
y que jamás te podré explicar.

Mi familia dejó de creer en mí,
y si no lo hago por mí,
¿quién lo hará?

Sé que no todo se trata de mí,
sé que no todos me van a criticar,
pero quiero demostrarme
que también puedo avanzar.

Lo que quiero es conseguir algo
por mi propia cuenta.
Tengo miedo de fallar,
tengo miedo de caer,
pero mi valor está en intentarlo,
aunque no sepa qué va a suceder.

Lo hago por mí.

Y si algún día fallo,
no dejaré de luchar.
No es que no quiera ayuda,
ni que quiera ser egoísta;
simplemente quiero demostrar
cuánto puedo llegar a valer.

Les demostraré que no soy un juego,
que no soy alguien
a quien puedan subestimar.

Podré caer,
podré tener miedo,
podré equivocarme una y otra vez…

pero no permitiré
que me humillen.

Porque esta vez
no lucho para demostrarles algo a ellos.

Lucho para demostrarme a mí
que puedo hacerlo.

Y pase lo que pase…

lo haré por mí.


SORPRESA 🫢 



miércoles, 12 de agosto de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO: LA HISTORIA DE LOS LOS TRES HERMANOS LOBOS(parte 1)



ÁNGEL

Perspectiva

A la mañana siguiente, abrí los ojos lentamente.

—Ahh... ¿qué me pasó? —murmuré mientras me llevaba una mano a la cabeza.

Sentía un dolor punzante detrás de los ojos. Intenté incorporarme, pero un mareo me obligó a detenerme.

Estaba cubierto con una cobija y apenas recordaba cómo había llegado hasta aquella cueva.

Entonces escuché una voz.

—Estás a salvo.

Giré la cabeza.

Liam estaba sentado cerca de mí. Llevaba un pijama y tenía los ojos ligeramente llorosos. Un vendaje cubría una de sus piernas.

—¿Cómo llegué aquí? —pregunté confundido—. ¿Por qué estás en pijama? ¿Qué hace Alan aquí? Y...

Las preguntas comenzaron a salir de mi boca una detrás de otra.

Entonces recordé.

—¡LOS CAZADORES!

—Logramos rescatarte —respondió Liam con suavidad—. Pero él...

No terminó la frase.

Su mirada se dirigió hacia la entrada de la cueva.

Allí había alguien.

Una figura permanecía inmóvil entre las sombras. Su rostro apenas podía distinguirse bajo la tenue luz que entraba desde el exterior.

Al principio no lo reconocí.

Pero entonces algo dentro de mí hizo clic.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué haces tú aquí? —exclamé.

La figura dio un paso hacia nosotros.

—Vine hace unos días. Solo quería advertirte sobre los cazadores.

Su voz era tranquila, demasiado tranquila.

Luego miró a Liam.

—Y ya es hora de que les cuentes la verdad.

Liam bajó la mirada.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Finalmente suspiró.

—Creo que tienes razón.

Se puso de pie con dificultad.

—Bien... les contaré toda la verdad.

Me quedé observándolo.

No sabía qué estaba a punto de escuchar.

Pero, por alguna razón, sentí que aquella historia cambiaría todo lo que creía saber sobre mi familia.

Liam respiró profundamente.

—Hace mucho tiempo existió un pueblo llamado Liki.

Su voz cambió.

Ya no parecía estar hablando de una simple historia.

Parecía estar recordando una pesadilla.

—Era un lugar tranquilo y pacífico. Allí vivía una familia muy conocida. La madre se llamaba Girasol. Era una mujer elegante, de cabello largo y negro, ojos color miel y piel morena. Trabajaba en una panadería y salía de casa desde muy temprano hasta el atardecer.

Hizo una pausa.

—El padre era un simple minero. Un hombre valiente, humilde e inteligente. Sin embargo, pasaba mucho tiempo trabajando y, algunas veces, sus hijos apenas podían verlo.

Sentí un extraño escalofrío.

—La familia tenía tres hijos.

Liam levantó tres dedos.

—El mayor era Waylen. Un chico tranquilo y pacífico, aunque tenía un carácter fuerte. El segundo era Orson. Alegre, divertido y aparentemente humilde, pero en el fondo se sentía el más débil de los tres.

Hizo una pausa.

—Y por último estaba Ángel.

La cueva quedó en silencio.

Sentí que todos me miraban.

—Ángel era tranquilo... pero también travieso. Siempre quería demostrar que podía ser mejor que los demás.

No pude evitar fruncir el ceño.

¿Por qué aquella historia se parecía tanto a mí?

Liam continuó.

—Una noche, tres personas misteriosas llegaron a la aldea.

Los aldeanos, acostumbrados a recibir viajeros, les dieron la bienvenida.

Pero aquellos extraños no dijeron una sola palabra.

Vestían largas túnicas que ocultaban casi por completo sus rostros.

De los tres, el que parecía ser el líder caminaba en medio. Tenía varias cicatrices en el rostro, como si hubiera sobrevivido a una pelea brutal.

El que estaba a su izquierda tenía una mano completamente quemada y era ciego de un ojo.

El tercero era diferente.

Según algunos aldeanos, parecía distraído. Otros aseguraban que era sordo.

Y hubo quienes comenzaron a murmurar que era un brujo.

Pero nadie les prestó demasiada atención.

Hasta que comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

Primero desaparecieron algunos cerdos.

Después, varias vacas.

Días más tarde, encontraron los restos de algunos animales en el bosque.

Habían sido devorados.

Entonces comenzaron los aullidos.

Todas las noches.

Al principio eran lejanos.

Después comenzaron a escucharse cada vez más cerca.

La gente empezó a tener miedo.

Cuando el sol comenzaba a ocultarse, los aldeanos cerraban las ventanas, aseguraban las puertas y apagaban las luces.

Porque algo había comenzado a acechar Liki.

Algo que no pertenecía a aquel mundo.


Una tarde, los tres hermanos jugaban en el bosque.

Su juego favorito se llamaba El Lobo.

Era parecido a un juego infantil en el que uno de ellos debía esconderse y los otros tenían que encontrarlo.

Pero existía una única regla:

No dejarse atrapar por el lobo.

Aquella tarde, sin embargo, el juego dejó de ser un juego.

Uno de los hermanos desapareció.

Waylen y Orson comenzaron a buscarlo desesperadamente.

No dijeron nada a sus padres.

Tampoco avisaron a los aldeanos.

No querían preocupar a nadie.

Pero cayó la noche.

Los sonidos del bosque comenzaron a cambiar.

Los animales salvajes se acercaban cada vez más.

Los hermanos decidieron regresar y continuar la búsqueda al día siguiente.

Entonces...

—¡Espera!

Waylen se detuvo.

Junto al río, justo donde habían pasado minutos antes, había alguien tendido en el suelo.

Era su hermano.

Estaba inconsciente.

Los dos corrieron hacia él.

—¡Despierta!

Lo sacudieron.

Lo llamaron por su nombre.

Nada.

No respondía.

Finalmente, decidieron cargarlo hasta la casa.

Pero mientras avanzaban, Orson comenzó a retorcerse de dolor.

—¿Qué te pasa?

—No lo sé...

Se llevó las manos al pecho.

Su respiración se volvió irregular.

Pero no tenía ninguna herida.

No había sangre.

No había fiebre.

Nada que explicara aquel dolor.

Cuando los tres llegaron a casa, algo extraño los esperaba.

El ambiente se sentía diferente.

Pesado.

Oscuro.

Como si una presencia invisible hubiera entrado con ellos.

Pero nadie le dio importancia.

Todavía.


A la mañana siguiente, Liki había cambiado.

Los aldeanos comenzaron a comportarse de manera extraña.

Había discusiones.

Peleas.

Robos.

Incendios.

Incluso algunas muertes.

Nadie entendía qué estaba sucediendo.

Y dentro de aquella familia las cosas tampoco eran diferentes.

Las discusiones entre los hermanos se hicieron cada vez más frecuentes.

Orson comenzó a sentirse inferior.

La frustración crecía dentro de él.

Y, poco a poco, un sentimiento comenzó a dominarlo.

La envidia.

Mientras tanto, el menor solo deseaba que sus hermanos volvieran a estar unidos.

Entonces comenzaron los rumores.

Algunos decían que los tres visitantes eran brujos.

Otros aseguraban que habían traído una maldición.

Ángel decidió descubrir la verdad.

Se internó en el bosque siguiendo los rumores.

Algunos aseguraban que los extraños estaban en las montañas.

Otros decían que vivían cerca de la laguna.

Pero los últimos testimonios los ubicaban junto al lago.

Al amanecer, Ángel encontró una cabaña.

Pero estaba abandonada.

No había nadie.

Solo encontró profundas marcas de garras en las paredes...

Y un olor putrefacto que le revolvió el estómago.

Había restos de animales.

Y también había cuerpos.

Ángel retrocedió horrorizado.

Entonces escuchó un ruido detrás de él.

Se giró.

Los tres visitantes estaban allí.

Observándolo.

El hombre del centro habló.

—No debiste venir aquí.

Su voz era fría.

Ángel reunió todo el valor que pudo.

—¿Por qué no?

—¿Por qué deberíamos permitirte estar aquí?

—¡Necesito su ayuda!

El visitante inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Para qué?

—Creo que una maldición cayó sobre mi pueblo.

Los tres intercambiaron miradas.

Entonces el líder sonrió.

—¿Y por qué deberíamos ayudarte?

—Porque...

Ángel apretó los puños.

—Porque ustedes fueron quienes lanzaron la maldición sobre mi aldea.

El silencio fue absoluto.

—Y...

Ángel tragó saliva.

—¿Qué le hicieron a mi hermano?

El visitante sonrió.

—Pronto lo descubrirás.

Ángel dio un paso atrás.

—¿Qué significa eso?

—Lo mismo que les haremos a ti y a tu otro hermano.

Entonces ocurrió.

Los tres comenzaron a transformarse.

Sus huesos crujieron.

Sus cuerpos crecieron.

Las manos se convirtieron en enormes garras.

Los dientes se alargaron hasta convertirse en colmillos.

Sus ojos se tornaron completamente rojos.

En cuestión de segundos, frente a Ángel ya no había tres hombres.

Había tres bestias.

Monstruos enormes, más grandes que un caballo.

Ángel apenas pudo pronunciar una palabra:

—Dios...


A la mañana siguiente, Ángel despertó.

La cabaña seguía allí.

Pero los cuerpos habían desaparecido.

Solo quedaban charcos de sangre.

Regresó corriendo hacia la aldea.

Entonces se detuvo.

Liki estaba destruido.

Las casas estaban quemadas.

Había sangre por todas partes.

Y entre los restos encontró algo que reconoció inmediatamente.

Su padre.

Estaba muerto.

Ángel sintió que las piernas le fallaban.

Pero no podía quedarse allí.

Corrió hacia su casa.

Necesitaba saber si su madre y sus hermanos estaban vivos.

Al entrar, un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Sintió náuseas.

Dolor de cabeza.

Y entonces lo vio.

Un camino de sangre.

Comenzaba en la entrada y se dirigía hacia la cocina.

Ángel lo siguió.

Cada paso parecía pesar una tonelada.

Cuando llegó a la cocina, vio una mano aferrada a un cuchillo.

Era su madre.

Estaba tendida en el suelo.

Ángel se arrodilló junto a ella.

—Mamá...

Intentó encontrar alguna señal de vida.

Pero fue inútil.

Su madre estaba muerta.

Ángel salió de allí desesperado.

Entonces escuchó un ruido.

Su hermano Orson estaba en su habitación.

Estaba herido, pero vivo.

Tenía varios golpes y arañazos por todo el cuerpo.

Ángel corrió hacia él.

—¡Orson!

Pero entonces escucharon otro sonido.

Waylen también estaba vivo.

Los tres hermanos habían sobrevivido.

Aunque ninguno de ellos volvería a ser el mismo.


Pasaron los días.

Después los meses.

Y finalmente los años.

Hasta que llegó una noche de luna llena.

Fue entonces cuando la maldición finalmente despertó dentro de ellos.

Los tres hermanos se transformaron.

Se convirtieron en aquello que tanto habían temido.

Licántropos.

Desde aquella noche comenzaron a recorrer diferentes lugares.

Aldeas enteras fueron destruidas.

Personas desaparecieron.

Y los hermanos comprendieron que aquella maldición no era un accidente.

Alguien los había condenado.

Así que decidieron encontrar a quienes habían iniciado todo.

Pensaron que, si derrotaban a los tres hombres lobo, serían libres.

Pero se equivocaron.

Buscaron una cura.

Recorrieron bosques.

Montañas.

Ruinas.

Lagos.

Preguntaron a brujos, ancianos y viajeros.

Pero ninguna solución funcionó.

Hasta que, muchos años después, encontraron esta cueva.

Y dentro de ella...

Encontraron tres estatuas.

La primera representaba a un hombre con los brazos abiertos.

Debajo de ella había una palabra:

LIBERTAD.

La segunda mostraba a un lobo a medio transformar.

Debajo podía leerse:

CONFUSIÓN.

Y la tercera...

Era diferente.

Representaba a un licántropo aterrador, con enormes colmillos, garras y una mirada llena de rabia.

Debajo de aquella estatua había dos palabras.

ENVIDIA Y ENOJO.

Liam dejó de hablar.

Nadie dijo nada.

La luz de la fogata comenzó a apagarse lentamente.

Entonces escuchamos un ruido.

Grrrrr...

Todos nos quedamos inmóviles.

El sonido había venido desde el fondo de la cueva.

Liam levantó lentamente la mirada hacia las tres estatuas.

—Hay algo que nunca les conté...

—¿Qué cosa? —pregunté.

Su rostro palideció.

—Las estatuas no estaban ahí cuando encontramos esta cueva por primera vez.

Sentí un escalofrío.

—Entonces... ¿Quién las puso?

Liam no respondió.

Porque detrás de nosotros...

una cuarta estatua comenzó a aparecer lentamente entre las sombras.

jueves, 6 de agosto de 2026

FLAMENCO GEMINUS:SOLO LE QUEDAN 24 HORAS


El doctor nos condujo hasta una pequeña oficina. Al entrar, respiró profundamente y nos señaló un par de sillas para que tomáramos asiento. Después de observar por un instante nuestras expresiones, bajó la mirada y dejó sobre el escritorio el expediente del padre de mi amiga.

Su rostro permanecía serio, casi frío, aunque sus ojos no dejaban de observar a Olivia y a su hermano.

—La verdad es que su padre está muy grave —dijo con voz pausada—. Debido a su problema con el alcohol y a las lesiones que sufrió, las probabilidades de que sobreviva son muy bajas.

Al pronunciar aquellas palabras, el doctor se levantó de inmediato de su silla y se colocó a un lado del escritorio, preparado por si alguno de los dos se desmayaba o reaccionaba de forma impulsiva.

Yo también di un paso al frente, más preocupado por Olivia que por cualquier otra cosa. Temía que, dominada por la desesperación, descargara su dolor contra el médico.

Al girarme para observar a su hermano, vi que ya tenía los ojos completamente llenos de lágrimas. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se habían vuelto blancos. Aunque siempre aseguraba odiar a su padre, aquella noticia había roto la barrera que tanto tiempo había construido. En su rostro se mezclaban la tristeza, el enojo y la impotencia.

Olivia, en cambio, permanecía inmóvil.

Su expresión era tranquila, casi serena.

Pero yo la conocía demasiado bien.

Aquella calma no era paz... era el silencio que precedía a la tormenta.

—¿Cree que podamos verlo? —preguntó con una voz tan fría que incluso el aire pareció congelarse.

El doctor asintió.

—Claro que sí.

Luego miró al hermano de Olivia.

—¿Tú también deseas verlo?

Él negó lentamente con la cabeza.

—No... gracias.

Su voz apenas fue un susurro.


OLIVIA

Me quedé completamente paralizada cuando llegué a la habitación.

Sentía que mis piernas ya no me pertenecían.

Mis manos comenzaron a temblar sin control y mi respiración se volvió pesada.

—¿Estás bien? —preguntó el doctor mientras se acercaba y extendía su mano hacia mí—. Si no quieres entrar, no pasa nada.

Negué lentamente con la cabeza.

Mis labios temblaban.

Con toda la fuerza que aún me quedaba, di un paso.

Después otro.

Y otro más.

Cada metro que avanzaba sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.

El doctor sujetaba mi mano con firmeza. Seguramente podía sentir lo sudorosa y temblorosa que estaba.

Mi respiración se aceleró.

Bajé la cabeza.

No quería verlo.

No estaba preparada.

De pronto nos detuvimos.

—Ya puedes levantar la mirada —dijo con suavidad.

—No... no puedo... —respondí con la voz quebrada.

El doctor guardó silencio unos segundos.

—Está bien... entonces vámonos.

Aquellas palabras me golpearon como un relámpago.

Si me iba ahora... quizá jamás volvería a verlo.

Levanté lentamente la vista.

Y ahí estaba.

Mi padre.

Conectado a una sonda de alimentación.

El oxígeno cubría parte de su rostro.

Las máquinas emitían un pitido constante que parecía anunciar el final.

Sentí que el mundo se rompía bajo mis pies.

Las fuerzas abandonaron mi cuerpo.

Caí.

Antes de tocar el suelo, el doctor me sostuvo entre sus brazos y me abrazó con fuerza.

—Llora... —susurró—. No voy a juzgarte.

Me aferré a su bata blanca mientras las lágrimas comenzaban a escapar.

—Lo siento... pero esto es demasiado difícil...

Él acarició con delicadeza mi espalda.

—Te sugiero que descanses un poco. Aquí estará bien.

Negué con la cabeza.

—Gracias... pero quiero quedarme aquí hasta que...

Mi voz murió antes de terminar la frase.

El doctor sonrió con tristeza.

—¿Hasta que despierte?

Asentí en silencio.

—Sí...


Después de unos minutos decidí salir para buscar a mi hermano.

Recorrí cada pasillo del hospital.

La cafetería.

La sala de espera.

Los jardines.

No estaba en ninguna parte.

Un policía se acercó a mí.

—¿Buscas al joven que estaba contigo?

Asentí de inmediato.

—Sí. ¿Lo vio?

—Hace unos minutos salió del hospital. Parecía muy alterado... estaba llorando.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

No.

Por favor, no.

Mi hermano siempre había sido mucho más sensible que yo.

Los peores pensamientos comenzaron a invadir mi mente.

¿Y si había decidido hacerse daño?

¿Y si la noticia había sido demasiado para él?

¿Y si...?

Sin perder un segundo corrí fuera del hospital.

Tomé un Uber.

Después un taxi.

Fui a su departamento.

Llamé a sus amigos.

Lo busqué desesperadamente por todas partes.

Pero nadie sabía dónde estaba.

El miedo comenzó a apoderarse de mí.

Si perdía a mi padre...

Y también perdía a mi hermano...

Me quedaría completamente sola.

Las lágrimas apenas me dejaban respirar cuando mi teléfono sonó.

La pantalla mostraba el número del hospital.

Contesté de inmediato.

—¿Bueno?

—Hola, Olivia... ¿cómo estás? —preguntó el doctor.

Pero algo en su voz me hizo comprender que no traía buenas noticias.

—Doctor... ¿ocurrió algo?

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.

—Am...

—¡Por favor, doctor! ¡Dígamelo de una vez! —grité desesperada—. Perdón... perdón... pero no encuentro a mi hermano.

El médico respiró profundamente antes de hablar.

—Olivia... tu padre acaba de sufrir un paro cardíaco.

Sentí que el tiempo se detenía.

—Logramos estabilizarlo por el momento... pero debo ser honesto contigo.

Volvió a guardar silencio.

—Es muy probable... que le queden menos de veinticuatro horas de vida.

lunes, 3 de agosto de 2026

NO SOY TU Y TU NO ERES YO




YO ANTES ME SOLIA CRITICAR
PUES MUCHAS PERSONAS ME HICIERON DUDAR 
NO TE SUBESTIMES QUE NO ERES IGUAL 
NO SOY TU Y YO NO SOY TU EN ESTE MUNDO DESIGUAL

MAS YO DE NADIE ME VOY A COMPARAR
YO SOY DE ESCRITO QUE QUIERE BRILLAR
Y CON MIS ESCRITOS TE QUIERO ENCANTAR
YO NADIE ME VOY A CRITICAR 
MAS SOLO QUIERO HACERTE RAZONAR

YO SI GORDO HE DE ESTAR
ESO NO TE DEBE IMPORTAR
SI DISTRAIDO PUEDO SER 
PUES BUENO  QUE PUEDO HACER
MAS QUE EN MI YO DEBO CREER

NO SOY TU PUES NO SE TU SITUACION 
Y NO ERES YO PARA COMPRENDER MI ATENCION.



POST

You should never compare yourself to others because you are truly unique. Perhaps by focusing on what you lack or the talent they possess, you have something that stands out. That's why you should never compare yourself to others. If you lack something, instead of hurting them, you'll only hurt yourself more.

jueves, 30 de julio de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO?: LA VISITA DE UN DESCONOCIDO


Una parte de mí se sentía aliviada al saber que Ángel seguía con vida. Sin embargo, no podíamos quedarnos allí demasiado tiempo.

Había algo que no me dejaba tranquilo.

Aquella sensación...

La certeza de que alguien nos estaba siguiendo.

Antes de salir a investigar, le pedí a Alan que se quedara junto a Ángel para protegerlo. No quería dejarlo solo, no después de todo lo que había sucedido.

Pero, justo cuando estaba a punto de marcharme...

—No te vayas.

La voz de Alan me detuvo.

Sentí cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de mi mano.

Respiré profundamente y miré hacia la salida de la cueva. Después, volví la mirada hacia él.

—Solo echaré un vistazo —le aseguré.

Alan no respondió.

Entonces ocurrió.

Un sonido seco rompió el silencio.

Una rama.

Ambos nos quedamos inmóviles.

Alan fue el primero en reaccionar.

En cuestión de segundos, su cuerpo comenzó a transformarse. Su postura cambió y sus músculos se tensaron mientras adoptaba una posición defensiva, preparado para atacar.

Yo también me puse en guardia.

Y entonces lo vimos.

Una enorme figura apareció en la entrada de la cueva.

Era un lobo.

Pero no uno cualquiera.

Su tamaño era comparable al de un caballo. Su pelaje gris plateado estaba cubierto por manchas blancas que resaltaban bajo la tenue luz que se filtraba desde el exterior. Sus ojos recorrieron lentamente el interior de la cueva hasta detenerse en nosotros.

Primero me miró a mí.

Después a Alan.

Y finalmente...

A Ángel.

El cambio en su expresión fue inmediato.

El desconocido gruñó.

Sus labios se levantaron lentamente, dejando al descubierto unos afilados colmillos.

Después lanzó un ladrido tan fuerte que instintivamente me agaché.

Alan se colocó frente a Ángel.

No era necesario decir nada.

Aquella mirada lo decía todo.

Cuidado. Si haces algo, te atacaremos.

El lobo pareció comprenderlo.

Sin apartar los ojos de nosotros, avanzó lentamente hacia el interior de la cueva.

Y entonces comenzó a transformarse.

Su cuerpo cambió ante nuestros ojos hasta recuperar una forma completamente humana.

Cuando terminó, estaba completamente desnudo.

Por un instante, me quedé sin saber dónde mirar.

Era imposible no admitirlo.

Tenía un cuerpo fuerte y bien definido, la piel blanca y unos ojos cafés que contrastaban con su cabello corto. Una barba apenas visible cubría su rostro y varias cicatrices recorrían su piel. Algunas parecían antiguas heridas de batalla; otras tenían la forma inconfundible de mordidas y arañazos.

Alan y yo nos colocamos inmediatamente frente a Ángel.

No permitiríamos que aquel extraño se acercara a él.

—No se espanten —dijo finalmente.

Su voz era mucho más suave de lo que esperaba.

—He venido a ayudarlos.

Alan y yo dejamos escapar un gruñido.

Pero el desconocido no pareció intimidarse.

Al contrario.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Después nos observó con una seriedad que me hizo sentir incómodo.

Había algo en él.

Algo que no podía explicar.

Una parte de mí quería atacarlo.

Sin embargo, por alguna extraña razón...

No podía hacerlo.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—Li... Li... Liam...

Me giré.

Ángel seguía inconsciente.

—¿Ángel?

Sus ojos permanecían cerrados y apenas podía distinguir sus palabras.

—Deja... que se acerque...

—Pero...

No pude terminar la frase.

Ángel se quedó dormido nuevamente.

Me quedé observándolo durante unos segundos.

Después suspiré.

—Está bien.

Volví la mirada hacia el desconocido.

Lo observé en silencio durante unos minutos.

Y debo admitir que su presencia no me resultaba precisamente indiferente.

Su cuerpo...

No.

Sacudí la cabeza.

Concéntrate, Liam.

Respiré profundamente y me alejé un poco.

Fue entonces cuando percibí su aroma.

Tierra mojada.

Pino.

Bosque.

Un olor salvaje que parecía pertenecer al lugar mismo.

Y, por alguna razón, eso solo hizo que mi curiosidad aumentara.

Aunque había algo más que me incomodaba.

La idea de dejar a aquel hombre a solas con Ángel.

Y, para empeorar las cosas...

El desconocido seguía sin ropa.

Perfecto.

Aquello definitivamente no ayudaba.

—Vamos —le dije a Alan.

Necesitábamos agua.

Gracias al olfato que habíamos desarrollado después de nuestra transformación, conseguimos localizar un pequeño río no muy lejos de allí.

Mientras avanzábamos, no pude evitar sentir una extraña punzada de celos.

No sabía quién era aquel hombre.

No sabía qué relación tenía con Ángel.

Y mucho menos sabía qué había sucedido entre ellos antes de que nosotros apareciéramos.

Pero algo me decía que allí había una historia.

Una historia que Ángel jamás nos había contado.

Cerca de la orilla encontramos una vieja botella. Estaba sucia y en malas condiciones, pero podía servir.

Alan y yo la limpiamos lo mejor que pudimos, la llenamos de agua y regresamos rápidamente a la cueva.

Sin embargo, cuando entramos...

Me detuve.

El desconocido estaba junto a Ángel.

Durante un instante, mi corazón se aceleró.

Pero entonces comprendí lo que estaba haciendo.

No estaba atacándolo.

Estaba curándolo.

Junto a él había una piedra plana cubierta con diferentes hierbas y plantas medicinales. El desconocido había preparado una especie de pasta y la estaba aplicando cuidadosamente sobre las heridas de Ángel.

—Está bien —dijo sin mirarnos—. Con esto se pondrá mejor. Para mañana debería estar mucho más recuperado.

Me acerqué un poco.

—¿Qué le pusiste?

Mi voz salió más seria de lo que pretendía.

El desconocido dejó de trabajar y finalmente levantó la mirada.

—Es un remedio natural. Está hecho con algunas plantas y hierbas medicinales.

Después dejó la piedra a un lado y se puso de pie.

Por un instante, tuve que apartar la mirada.

Dios mío.

Sacudí la cabeza.

No.

Definitivamente debía dejar de pensar en esas cosas.

Pero había algo en aquel hombre que me resultaba extrañamente familiar.

Y, mientras Ángel estuviera bien...

Decidí confiar en él.

Al menos por ahora.

—¿Cómo llegaste hasta nosotros? —pregunté, acercándome lentamente.

El desconocido guardó silencio durante unos segundos.

—Llegué hace unos días.

Su mirada se dirigió hacia Ángel.

—Vine para visitarlo.

Fruncí el ceño.

—¿Para visitarlo?

El hombre asintió.

Pero entonces su expresión cambió.

—Cuando llegué, percibí el olor de los cazadores.

Alan y yo intercambiamos una mirada.

—Me escondí —continuó—. También tuve que esconder mi ropa.

—¿Tu ropa?

—Sí.

Se cruzó de brazos.

—Esos cazadores son peligrosos. Y, en especial, hay una cazadora... una mujer realmente experta. Si hubiera detectado mi aroma, me habría encontrado.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo que puede detectar tu aroma?

El desconocido me miró.

Yo no aparté los ojos de él.

—¿Hace cuánto tiempo conoces a Ángel?

No respondió.

—¿Acaso tú y él fueron...?

—No.

Negó rápidamente con la cabeza.

—No es eso.

Alan y yo volvimos a mirarnos.

—¿Entonces qué es? —pregunté.

El desconocido pareció confundido.

—¿Él no les contó sobre mí?

Alan y yo negamos con la cabeza.

El hombre bajó la mirada.

—Ya veo.

Por primera vez, pude notar algo diferente en su expresión.

Tristeza.

Una tristeza profunda.

—No lo culpo —murmuró—. Pero no seré yo quien les cuente su historia.

Se volvió hacia Ángel.

Después de unos segundos, regresó la mirada hacia nosotros.

—Eso le corresponde a él.

El desconocido caminó hacia una zona más apartada de la cueva.

Antes de alejarse completamente, nos hizo una señal para que lo siguiéramos.

Alan y yo intercambiamos una última mirada antes de obedecer.

Nos sentamos frente a la estatua del licántropo semitransformado que se encontraba en aquel lugar.

El silencio se volvió incómodo.

El desconocido parecía nervioso.

Sus manos no dejaban de moverse.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy bien.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Después suspiró.

—Es solo que...

Se quedó en silencio.

Finalmente, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos.

—Supongo que Ángel ya les contó cómo se convirtió en licántropo.

Sentí un nudo en el estómago.

—Sí.

Asentí lentamente.

Pero había algo que no podía ignorar.

Una sensación.

Una intuición.

Ángel nos había contado su historia...

Pero no toda.

—Aunque... —añadí— tengo la impresión de que nos ocultó una parte.

El desconocido bajó la mirada.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Hasta que finalmente respiró profundamente.

—Entonces...

Sus ojos se encontraron nuevamente con los míos.

—Está bien.

Se acomodó frente a nosotros.

Parecía estar preparándose para revelar un secreto que llevaba demasiado tiempo guardado.

—Les voy a contar.

El corazón me dio un vuelco.

Alan también se quedó completamente quieto.

Y yo comprendí, en ese instante, que aquella noche estaba a punto de descubrir algo que cambiaría para siempre la historia de Ángel.

Porque, a veces...

Los secretos más oscuros no permanecen enterrados para siempre.

Y aquella noche...

Uno de ellos estaba a punto de salir a la luz.

lunes, 27 de julio de 2026

PROLOGO: LA SEMILLA


Había una vez una oscuridad
que nadie podía observar,
una que nadie podía controlar
y que nadie podría ignorar.

En este mundo no existen buenos ni malos,
sino semillas que esperan brotar.
Depende de ti cómo las quieras cuidar,
pues en un villano te puedes transformar
o, si así lo decides, un héroe llegarás a ser.

Escuchad bien lo que os voy a decir,
pues estas palabras no las volveré a repetir.
Poned atención a lo que aquí escribí,
porque esta historia será diferente al fin.

Un cuento hecho poema
es lo que hoy voy a compartir;
una historia, una narrativa,
es lo que os vengo a describir.

La semilla ya ha sido plantada,
la canción ya ha sido cantada.
Un camino se deberá elegir,
y esta persona, muy pronto,
tendrá que decidir.

viernes, 24 de julio de 2026

FLAMENCO GEMINUS: NEGACION

Después de que mi amiga se enteró de aquella noticia —su padre estaba en el hospital—, sentí que ya no le quedaba espacio en la cabeza para soportar más drama. Artheet apenas le había dejado una nota y, con todo lo que estaba ocurriendo, Olivia ni siquiera había tenido la oportunidad de procesar lo que aquello significaba.

—Ven, vamos adentro —comenté, mientras estiraba mi mano para ayudarla a levantarse—. Sé que no quieres hacerlo, pero quedarte aquí no va a solucionar nada. Vamos a cambiarnos. Yo te acompañaré al hospital.

Mi amiga respiró profundamente, pero no levantó la mirada. Por unos segundos permaneció completamente inmóvil.

Finalmente, asintió.

Después de tanto tiempo, por fin me miró a la cara. Su maquillaje estaba ligeramente arruinado por la lluvia y algunas lágrimas todavía resbalaban por sus mejillas. Entonces tomó mi mano con fuerza, reunió el poco impulso que le quedaba y se levantó.

Pero apenas estuvo de pie...

—¡Ah! ¡No manches! ¡Qué pinche frío! —exclamó, abrazándose a sí misma.

—¡JAJAJA! —solté una carcajada tan fuerte que, probablemente, se escuchó hasta la entrada de la cafetería.

Olivia me miró con una expresión de pocos amigos.

—Perdóname, pero creo que llevamos más de una hora aquí afuera, soportando la llovizna, los truenos y el viento. ¡Y apenas ahora me dices que tienes frío!

—Lo siento —respondió, contradiciéndose mientras se frotaba los brazos—. Pero ahora que medio estoy pensando con tranquilidad... recién estoy sintiendo el frío.

—Te pasas. Bueno, vamos hacia adentro.

Olivia comenzó a caminar.

O, mejor dicho, intentó caminar.

Parecía una gelatina humana. Sus piernas temblaban ligeramente y cada ráfaga de viento hacía que se encogiera todavía más sobre sí misma. Yo intentaba cubrirla como podía, aunque, siendo honestos, mi cuerpo no servía de mucho como escudo contra aquel clima.

Ya estábamos a pocos pasos de la cafetería cuando, de repente, Olivia comenzó a buscar desesperadamente entre sus bolsillos y su ropa.

—¿Qué estás buscando? —pregunté.

—La nota... la nota de... de... de...

De pronto, sus ojos se abrieron.

Volteó rápidamente hacia el lugar donde habíamos estado sentadas.

Y echó a correr.

—¡Espera!

Corrí detrás de ella.

Por un instante pensé que la tristeza había vuelto a invadirla y que tendríamos que pasar nuevamente por el mismo momento de desesperación de hacía unos minutos.

Pero no.

Cuando Olivia se detuvo, comprendí lo que estaba mirando.

En medio de un charco había algo blanco.

Algo que, a pesar de estar completamente empapado, todavía podía reconocerse.

Una hoja de papel.

—La nota de... —comencé a decir.

Me quedé callado.

Olivia se acercó lentamente y recogió el papel del suelo.

La nota de Artheet.

Estaba completamente mojada.

—La nota de Artheet... —susurró.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Está mojada. Ahora ya no sabré qué quería decirme.

Su voz cambió.

Ya no sonaba triste.

Sonaba fría.

—¡Maldita mala suerte!

—Vámonos adentro. Después pensaremos en eso.

Intenté tomarla del brazo, pero Olivia reaccionó de inmediato.

Me empujó con todas sus fuerzas.

—¡Ah!

Caí de espaldas sobre el suelo.

Antes de que pudiera siquiera quejarme, Olivia pareció darse cuenta de lo que había hecho. Me miró durante unos segundos y enseguida extendió su mano.

La observé.

—Ah... no era necesario si no querías —repliqué, tomando su mano para levantarme.

—Ya me tranquilicé, ¿ok? —murmuró.

—Eso espero.

Olivia bajó la mirada hacia la nota destruida.

—Solo es una carta. Lo más probable es que quisiera decirme: «¡Qué patética eres!» o «¡No me importas!».

Se mordió el labio.

Intentaba convencerse de sus propias palabras.

Pero yo conocía demasiado bien a mi amiga.

—Dudo que sea eso —comenté.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí.

Olivia levantó lentamente la cabeza.

—¿Y cómo estás tan seguro?

Su mirada estaba cargada de ira, pero también de una duda que no podía esconder.

Me quedé en silencio.

—Yo...

No sabía qué decir.

Finalmente, bajé la mirada.

—Olvídalo. No debí decir nada.

—Mmm... —gruñó.

Conocía a Olivia.

Sabía perfectamente que este tipo de cosas le afectaban mucho más de lo que quería admitir. Podía hacerse la fuerte, fingir que no le importaba, incluso bromear sobre aquello para ocultar lo que realmente sentía.

Pero yo sabía la verdad.

Estaba asustada.

Y, sobre todo, estaba agotada.

No quería hacerla pensar todavía más en Artheet, así que decidí dejar el tema de lado.

Volvimos a caminar hacia la cafetería.

Cuando finalmente estuvimos cerca de la entrada, vimos a la jefa.

Nos estaba observando.

Pero había algo diferente en su expresión.

Por primera vez desde que la conocíamos, parecía preocupada.

Ninguno de los empleados la había visto así antes.

No dijo nada.

Simplemente se hizo a un lado y nos dejó pasar.

Entonces llamó a Carlos y le pidió que fuera por unas mantas que estaban guardadas.

Mientras tanto, Olivia le contó todo lo ocurrido.

La noticia de su padre.

El hospital.

La nota de Artheet.

Todo.

La jefa escuchó en silencio.

Y, para nuestra sorpresa, aceptó darle un par de días.

Olivia, por supuesto, se negó.

Decía que no podía faltar al trabajo.

Que no quería causar problemas.

Que tenía demasiadas cosas pendientes.

Pero finalmente logré convencerla de tomarse, por lo menos, un día.

La decisión estaba tomada.

Primero iríamos al hospital para ver a su padre.

Después, Olivia decidiría qué hacer.

También pensó en llamar a su hermano para preguntarle si ya sabía lo que había ocurrido, pero al final decidió no hacerlo.

Y quizá fue mejor así.

Porque, unas horas después, cuando llegamos a casa de Olivia, comprendí que su vida llevaba mucho tiempo desmoronándose poco a poco.

La casa estaba hecha un desastre.

Había ropa por algunos muebles, cosas tiradas por diferentes lugares y un olor desagradable que venía de algún recipiente con comida echada a perder.

Supuse que entre el trabajo, la situación con su padre, los problemas con su hermano y todo lo demás que había estado acumulándose durante semanas, Olivia simplemente había dejado de tener tiempo para ocuparse de su propia vida.

—Discúlpame —comentó con una voz dulce.

—No te preocupes. Entiendo —respondí con una sonrisa cálida.

Aunque, en realidad, estaba preocupado.

Muy preocupado.

Olivia caminó hacia su habitación y regresó unos minutos después con un cambio de ropa.

—Ten. Esta es tu ropa de reserva.

La tomé entre mis manos.

Entonces recordé que siempre que iba a visitarla llevaba algo de ropa conmigo. A veces me quedaba a dormir o simplemente terminábamos haciendo una pijamada improvisada.

—Muchas gracias.

La ropa que me dio consistía en una playera negra y amarilla con un estampado de Pikachu y un pantalón negro.

Pero cuando levanté la mirada, vi su rostro.

Olivia seguía desanimada.

Intenté hacer alguna de mis habituales bromas para sacarle una sonrisa.

No funcionó.

Ni siquiera fingió reírse.

Después de cambiarnos, pedimos un Uber para dirigirnos al hospital donde se encontraba su padre.

Durante el trayecto, Olivia no dijo una sola palabra.

Ni siquiera volteó a verme.

Su mirada permanecía fija en la ventana.

Observaba las luces de la ciudad pasar una tras otra, como si estuviera buscando algo.

Una respuesta.

Una señal.

Una pequeña luz que pudiera decirle que todo estaría bien.

Pero no encontraba nada.

Después de aproximadamente veinte minutos, finalmente llegamos.

Olivia respiró profundamente.

Se limpió rápidamente los ojos y bajó del automóvil.

Se adelantó mientras yo terminaba de pagarle al conductor.

—¡Oyeee! ¡Espérame!

No me hizo caso.

O eso pensé.

Porque, cuando llegué a la entrada, Olivia estaba quieta.

Esperándome.

—Vamos —dije, acercándome a ella—. Estoy contigo, amiga.

Entramos.

La sala de espera estaba llena.

A la izquierda había varias familias esperando.

Algunas personas lloraban.

Otras permanecían en silencio.

Algunas incluso dormían en las sillas, agotadas después de horas de espera.

Todo el lugar tenía ese extraño ambiente que solo podía encontrarse en un hospital.

Miedo.

Desesperación.

Esperanza.

Y silencio.

Nos acercamos a recepción.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años. Usaba lentes, tenía el maquillaje discreto y el rostro cansado. Llevaba un anillo de oro en una de sus manos.

Nos observó.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió ella—. ¿En qué podemos ayudarla?

Olivia tragó saliva.

Pude notar cómo intentaba controlar su respiración.

—Soy la hija del señor Álvarez.

La mujer arqueó una ceja.

—¿Señor Álvarez?

—José Álvarez —respondió Olivia.

Su voz ya no era la misma.

Era melancólica.

La recepcionista comenzó a revisar algo en su computadora.

—Ah, ya veo.

Olivia esperó.

Yo también.

Finalmente, la mujer levantó la mirada.

—Sí. El señor Álvarez se encuentra en urgencias. Por el momento no pueden pasar.

Olivia se quedó completamente inmóvil.

—¿Por qué?

La mujer revisó nuevamente la información.

—Los médicos lo ingresaron debido a unas complicaciones en el riñón. Además, sufrió un ataque cardíaco.

Sentí que Olivia dejó de respirar.

La mujer tomó unos formularios y se los entregó.

—Necesito que llenen estos documentos y esperen a recibir noticias del médico.

—Gracias —respondió Olivia.

Pero lo dijo con un tono casi a regañadientes.

Tomó las hojas.

No quería llenarlas.

No quería estar ahí.

No quería aceptar que aquella era su realidad.

Entonces me miró.

Y pude ver el miedo en sus ojos.

Pero antes de que pudiera decirle algo, escuchamos una voz acercándose.

—¿Hermana?

Olivia se quedó paralizada.

Yo no sabía quién era.

Pero entonces vi su rostro.

Su expresión cambió por completo.

Era su hermano.

Había llegado al hospital.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, confundido.

-Lo mismo que tu- furiosa.

Durante unos segundos se quedó completamente callada, Después, bajó la mirada.

Y cuando volvió a levantarla...

Las lágrimas comenzaron a caer.

Las hojas se deslizaron de sus manos y terminaron en el suelo.

—Olivia...

Su hermano se acercó inmediatamente.

La abrazó con fuerza.

Ella se aferró a él.

Por un momento sentí que aquella escena no me pertenecía.

Era algo entre hermanos.

Algo demasiado personal.

Así que decidí alejarme unos minutos.

Me fui a sentar a una banca ubicada en el pequeño jardín interior del hospital.

Necesitaba darles espacio.

Pero no pasó mucho tiempo.

De repente, pude ver al médico acercándose.

Estaba hablando con Olivia y su hermano.

Me levanté de inmediato.

Algo no estaba bien.

Olivia parecía todavía más alterada que antes.

Su hermano estaba llorando.

Aunque, a diferencia de ella, parecía intentar mantener la calma.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

No sabía qué había ocurrido.

Pero la expresión del médico me hizo sentir que no se trataba de una buena noticia.

Me puse de pie.

Y corrí hacia ellos.

—¡Olivia!

Ella volteó.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

El médico también me miró.

Yo me detuve frente a ellos.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió.

Olivia apretó los labios.

Su hermano bajó la cabeza.

Y entonces el médico respiró profundamente.

—Necesito hablar con ustedes...

Pero...

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

Y, por alguna razón, sentí que después de escuchar lo que el médico tenía que decir, nada volvería a ser igual.