miércoles, 12 de agosto de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO: LA HISTORIA DE LOS LOS TRES HERMANOS LOBOS(parte 1)



ÁNGEL

Perspectiva

A la mañana siguiente, abrí los ojos lentamente.

—Ahh... ¿qué me pasó? —murmuré mientras me llevaba una mano a la cabeza.

Sentía un dolor punzante detrás de los ojos. Intenté incorporarme, pero un mareo me obligó a detenerme.

Estaba cubierto con una cobija y apenas recordaba cómo había llegado hasta aquella cueva.

Entonces escuché una voz.

—Estás a salvo.

Giré la cabeza.

Liam estaba sentado cerca de mí. Llevaba un pijama y tenía los ojos ligeramente llorosos. Un vendaje cubría una de sus piernas.

—¿Cómo llegué aquí? —pregunté confundido—. ¿Por qué estás en pijama? ¿Qué hace Alan aquí? Y...

Las preguntas comenzaron a salir de mi boca una detrás de otra.

Entonces recordé.

—¡LOS CAZADORES!

—Logramos rescatarte —respondió Liam con suavidad—. Pero él...

No terminó la frase.

Su mirada se dirigió hacia la entrada de la cueva.

Allí había alguien.

Una figura permanecía inmóvil entre las sombras. Su rostro apenas podía distinguirse bajo la tenue luz que entraba desde el exterior.

Al principio no lo reconocí.

Pero entonces algo dentro de mí hizo clic.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué haces tú aquí? —exclamé.

La figura dio un paso hacia nosotros.

—Vine hace unos días. Solo quería advertirte sobre los cazadores.

Su voz era tranquila, demasiado tranquila.

Luego miró a Liam.

—Y ya es hora de que les cuentes la verdad.

Liam bajó la mirada.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Finalmente suspiró.

—Creo que tienes razón.

Se puso de pie con dificultad.

—Bien... les contaré toda la verdad.

Me quedé observándolo.

No sabía qué estaba a punto de escuchar.

Pero, por alguna razón, sentí que aquella historia cambiaría todo lo que creía saber sobre mi familia.

Liam respiró profundamente.

—Hace mucho tiempo existió un pueblo llamado Liki.

Su voz cambió.

Ya no parecía estar hablando de una simple historia.

Parecía estar recordando una pesadilla.

—Era un lugar tranquilo y pacífico. Allí vivía una familia muy conocida. La madre se llamaba Girasol. Era una mujer elegante, de cabello largo y negro, ojos color miel y piel morena. Trabajaba en una panadería y salía de casa desde muy temprano hasta el atardecer.

Hizo una pausa.

—El padre era un simple minero. Un hombre valiente, humilde e inteligente. Sin embargo, pasaba mucho tiempo trabajando y, algunas veces, sus hijos apenas podían verlo.

Sentí un extraño escalofrío.

—La familia tenía tres hijos.

Liam levantó tres dedos.

—El mayor era Waylen. Un chico tranquilo y pacífico, aunque tenía un carácter fuerte. El segundo era Orson. Alegre, divertido y aparentemente humilde, pero en el fondo se sentía el más débil de los tres.

Hizo una pausa.

—Y por último estaba Ángel.

La cueva quedó en silencio.

Sentí que todos me miraban.

—Ángel era tranquilo... pero también travieso. Siempre quería demostrar que podía ser mejor que los demás.

No pude evitar fruncir el ceño.

¿Por qué aquella historia se parecía tanto a mí?

Liam continuó.

—Una noche, tres personas misteriosas llegaron a la aldea.

Los aldeanos, acostumbrados a recibir viajeros, les dieron la bienvenida.

Pero aquellos extraños no dijeron una sola palabra.

Vestían largas túnicas que ocultaban casi por completo sus rostros.

De los tres, el que parecía ser el líder caminaba en medio. Tenía varias cicatrices en el rostro, como si hubiera sobrevivido a una pelea brutal.

El que estaba a su izquierda tenía una mano completamente quemada y era ciego de un ojo.

El tercero era diferente.

Según algunos aldeanos, parecía distraído. Otros aseguraban que era sordo.

Y hubo quienes comenzaron a murmurar que era un brujo.

Pero nadie les prestó demasiada atención.

Hasta que comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

Primero desaparecieron algunos cerdos.

Después, varias vacas.

Días más tarde, encontraron los restos de algunos animales en el bosque.

Habían sido devorados.

Entonces comenzaron los aullidos.

Todas las noches.

Al principio eran lejanos.

Después comenzaron a escucharse cada vez más cerca.

La gente empezó a tener miedo.

Cuando el sol comenzaba a ocultarse, los aldeanos cerraban las ventanas, aseguraban las puertas y apagaban las luces.

Porque algo había comenzado a acechar Liki.

Algo que no pertenecía a aquel mundo.


Una tarde, los tres hermanos jugaban en el bosque.

Su juego favorito se llamaba El Lobo.

Era parecido a un juego infantil en el que uno de ellos debía esconderse y los otros tenían que encontrarlo.

Pero existía una única regla:

No dejarse atrapar por el lobo.

Aquella tarde, sin embargo, el juego dejó de ser un juego.

Uno de los hermanos desapareció.

Waylen y Orson comenzaron a buscarlo desesperadamente.

No dijeron nada a sus padres.

Tampoco avisaron a los aldeanos.

No querían preocupar a nadie.

Pero cayó la noche.

Los sonidos del bosque comenzaron a cambiar.

Los animales salvajes se acercaban cada vez más.

Los hermanos decidieron regresar y continuar la búsqueda al día siguiente.

Entonces...

—¡Espera!

Waylen se detuvo.

Junto al río, justo donde habían pasado minutos antes, había alguien tendido en el suelo.

Era su hermano.

Estaba inconsciente.

Los dos corrieron hacia él.

—¡Despierta!

Lo sacudieron.

Lo llamaron por su nombre.

Nada.

No respondía.

Finalmente, decidieron cargarlo hasta la casa.

Pero mientras avanzaban, Orson comenzó a retorcerse de dolor.

—¿Qué te pasa?

—No lo sé...

Se llevó las manos al pecho.

Su respiración se volvió irregular.

Pero no tenía ninguna herida.

No había sangre.

No había fiebre.

Nada que explicara aquel dolor.

Cuando los tres llegaron a casa, algo extraño los esperaba.

El ambiente se sentía diferente.

Pesado.

Oscuro.

Como si una presencia invisible hubiera entrado con ellos.

Pero nadie le dio importancia.

Todavía.


A la mañana siguiente, Liki había cambiado.

Los aldeanos comenzaron a comportarse de manera extraña.

Había discusiones.

Peleas.

Robos.

Incendios.

Incluso algunas muertes.

Nadie entendía qué estaba sucediendo.

Y dentro de aquella familia las cosas tampoco eran diferentes.

Las discusiones entre los hermanos se hicieron cada vez más frecuentes.

Orson comenzó a sentirse inferior.

La frustración crecía dentro de él.

Y, poco a poco, un sentimiento comenzó a dominarlo.

La envidia.

Mientras tanto, el menor solo deseaba que sus hermanos volvieran a estar unidos.

Entonces comenzaron los rumores.

Algunos decían que los tres visitantes eran brujos.

Otros aseguraban que habían traído una maldición.

Ángel decidió descubrir la verdad.

Se internó en el bosque siguiendo los rumores.

Algunos aseguraban que los extraños estaban en las montañas.

Otros decían que vivían cerca de la laguna.

Pero los últimos testimonios los ubicaban junto al lago.

Al amanecer, Ángel encontró una cabaña.

Pero estaba abandonada.

No había nadie.

Solo encontró profundas marcas de garras en las paredes...

Y un olor putrefacto que le revolvió el estómago.

Había restos de animales.

Y también había cuerpos.

Ángel retrocedió horrorizado.

Entonces escuchó un ruido detrás de él.

Se giró.

Los tres visitantes estaban allí.

Observándolo.

El hombre del centro habló.

—No debiste venir aquí.

Su voz era fría.

Ángel reunió todo el valor que pudo.

—¿Por qué no?

—¿Por qué deberíamos permitirte estar aquí?

—¡Necesito su ayuda!

El visitante inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Para qué?

—Creo que una maldición cayó sobre mi pueblo.

Los tres intercambiaron miradas.

Entonces el líder sonrió.

—¿Y por qué deberíamos ayudarte?

—Porque...

Ángel apretó los puños.

—Porque ustedes fueron quienes lanzaron la maldición sobre mi aldea.

El silencio fue absoluto.

—Y...

Ángel tragó saliva.

—¿Qué le hicieron a mi hermano?

El visitante sonrió.

—Pronto lo descubrirás.

Ángel dio un paso atrás.

—¿Qué significa eso?

—Lo mismo que les haremos a ti y a tu otro hermano.

Entonces ocurrió.

Los tres comenzaron a transformarse.

Sus huesos crujieron.

Sus cuerpos crecieron.

Las manos se convirtieron en enormes garras.

Los dientes se alargaron hasta convertirse en colmillos.

Sus ojos se tornaron completamente rojos.

En cuestión de segundos, frente a Ángel ya no había tres hombres.

Había tres bestias.

Monstruos enormes, más grandes que un caballo.

Ángel apenas pudo pronunciar una palabra:

—Dios...


A la mañana siguiente, Ángel despertó.

La cabaña seguía allí.

Pero los cuerpos habían desaparecido.

Solo quedaban charcos de sangre.

Regresó corriendo hacia la aldea.

Entonces se detuvo.

Liki estaba destruido.

Las casas estaban quemadas.

Había sangre por todas partes.

Y entre los restos encontró algo que reconoció inmediatamente.

Su padre.

Estaba muerto.

Ángel sintió que las piernas le fallaban.

Pero no podía quedarse allí.

Corrió hacia su casa.

Necesitaba saber si su madre y sus hermanos estaban vivos.

Al entrar, un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Sintió náuseas.

Dolor de cabeza.

Y entonces lo vio.

Un camino de sangre.

Comenzaba en la entrada y se dirigía hacia la cocina.

Ángel lo siguió.

Cada paso parecía pesar una tonelada.

Cuando llegó a la cocina, vio una mano aferrada a un cuchillo.

Era su madre.

Estaba tendida en el suelo.

Ángel se arrodilló junto a ella.

—Mamá...

Intentó encontrar alguna señal de vida.

Pero fue inútil.

Su madre estaba muerta.

Ángel salió de allí desesperado.

Entonces escuchó un ruido.

Su hermano Orson estaba en su habitación.

Estaba herido, pero vivo.

Tenía varios golpes y arañazos por todo el cuerpo.

Ángel corrió hacia él.

—¡Orson!

Pero entonces escucharon otro sonido.

Waylen también estaba vivo.

Los tres hermanos habían sobrevivido.

Aunque ninguno de ellos volvería a ser el mismo.


Pasaron los días.

Después los meses.

Y finalmente los años.

Hasta que llegó una noche de luna llena.

Fue entonces cuando la maldición finalmente despertó dentro de ellos.

Los tres hermanos se transformaron.

Se convirtieron en aquello que tanto habían temido.

Licántropos.

Desde aquella noche comenzaron a recorrer diferentes lugares.

Aldeas enteras fueron destruidas.

Personas desaparecieron.

Y los hermanos comprendieron que aquella maldición no era un accidente.

Alguien los había condenado.

Así que decidieron encontrar a quienes habían iniciado todo.

Pensaron que, si derrotaban a los tres hombres lobo, serían libres.

Pero se equivocaron.

Buscaron una cura.

Recorrieron bosques.

Montañas.

Ruinas.

Lagos.

Preguntaron a brujos, ancianos y viajeros.

Pero ninguna solución funcionó.

Hasta que, muchos años después, encontraron esta cueva.

Y dentro de ella...

Encontraron tres estatuas.

La primera representaba a un hombre con los brazos abiertos.

Debajo de ella había una palabra:

LIBERTAD.

La segunda mostraba a un lobo a medio transformar.

Debajo podía leerse:

CONFUSIÓN.

Y la tercera...

Era diferente.

Representaba a un licántropo aterrador, con enormes colmillos, garras y una mirada llena de rabia.

Debajo de aquella estatua había dos palabras.

ENVIDIA Y ENOJO.

Liam dejó de hablar.

Nadie dijo nada.

La luz de la fogata comenzó a apagarse lentamente.

Entonces escuchamos un ruido.

Grrrrr...

Todos nos quedamos inmóviles.

El sonido había venido desde el fondo de la cueva.

Liam levantó lentamente la mirada hacia las tres estatuas.

—Hay algo que nunca les conté...

—¿Qué cosa? —pregunté.

Su rostro palideció.

—Las estatuas no estaban ahí cuando encontramos esta cueva por primera vez.

Sentí un escalofrío.

—Entonces... ¿Quién las puso?

Liam no respondió.

Porque detrás de nosotros...

una cuarta estatua comenzó a aparecer lentamente entre las sombras.

jueves, 6 de agosto de 2026

FLAMENCO GEMINUS:SOLO LE QUEDAN 24 HORAS


El doctor nos condujo hasta una pequeña oficina. Al entrar, respiró profundamente y nos señaló un par de sillas para que tomáramos asiento. Después de observar por un instante nuestras expresiones, bajó la mirada y dejó sobre el escritorio el expediente del padre de mi amiga.

Su rostro permanecía serio, casi frío, aunque sus ojos no dejaban de observar a Olivia y a su hermano.

—La verdad es que su padre está muy grave —dijo con voz pausada—. Debido a su problema con el alcohol y a las lesiones que sufrió, las probabilidades de que sobreviva son muy bajas.

Al pronunciar aquellas palabras, el doctor se levantó de inmediato de su silla y se colocó a un lado del escritorio, preparado por si alguno de los dos se desmayaba o reaccionaba de forma impulsiva.

Yo también di un paso al frente, más preocupado por Olivia que por cualquier otra cosa. Temía que, dominada por la desesperación, descargara su dolor contra el médico.

Al girarme para observar a su hermano, vi que ya tenía los ojos completamente llenos de lágrimas. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se habían vuelto blancos. Aunque siempre aseguraba odiar a su padre, aquella noticia había roto la barrera que tanto tiempo había construido. En su rostro se mezclaban la tristeza, el enojo y la impotencia.

Olivia, en cambio, permanecía inmóvil.

Su expresión era tranquila, casi serena.

Pero yo la conocía demasiado bien.

Aquella calma no era paz... era el silencio que precedía a la tormenta.

—¿Cree que podamos verlo? —preguntó con una voz tan fría que incluso el aire pareció congelarse.

El doctor asintió.

—Claro que sí.

Luego miró al hermano de Olivia.

—¿Tú también deseas verlo?

Él negó lentamente con la cabeza.

—No... gracias.

Su voz apenas fue un susurro.


OLIVIA

Me quedé completamente paralizada cuando llegué a la habitación.

Sentía que mis piernas ya no me pertenecían.

Mis manos comenzaron a temblar sin control y mi respiración se volvió pesada.

—¿Estás bien? —preguntó el doctor mientras se acercaba y extendía su mano hacia mí—. Si no quieres entrar, no pasa nada.

Negué lentamente con la cabeza.

Mis labios temblaban.

Con toda la fuerza que aún me quedaba, di un paso.

Después otro.

Y otro más.

Cada metro que avanzaba sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.

El doctor sujetaba mi mano con firmeza. Seguramente podía sentir lo sudorosa y temblorosa que estaba.

Mi respiración se aceleró.

Bajé la cabeza.

No quería verlo.

No estaba preparada.

De pronto nos detuvimos.

—Ya puedes levantar la mirada —dijo con suavidad.

—No... no puedo... —respondí con la voz quebrada.

El doctor guardó silencio unos segundos.

—Está bien... entonces vámonos.

Aquellas palabras me golpearon como un relámpago.

Si me iba ahora... quizá jamás volvería a verlo.

Levanté lentamente la vista.

Y ahí estaba.

Mi padre.

Conectado a una sonda de alimentación.

El oxígeno cubría parte de su rostro.

Las máquinas emitían un pitido constante que parecía anunciar el final.

Sentí que el mundo se rompía bajo mis pies.

Las fuerzas abandonaron mi cuerpo.

Caí.

Antes de tocar el suelo, el doctor me sostuvo entre sus brazos y me abrazó con fuerza.

—Llora... —susurró—. No voy a juzgarte.

Me aferré a su bata blanca mientras las lágrimas comenzaban a escapar.

—Lo siento... pero esto es demasiado difícil...

Él acarició con delicadeza mi espalda.

—Te sugiero que descanses un poco. Aquí estará bien.

Negué con la cabeza.

—Gracias... pero quiero quedarme aquí hasta que...

Mi voz murió antes de terminar la frase.

El doctor sonrió con tristeza.

—¿Hasta que despierte?

Asentí en silencio.

—Sí...


Después de unos minutos decidí salir para buscar a mi hermano.

Recorrí cada pasillo del hospital.

La cafetería.

La sala de espera.

Los jardines.

No estaba en ninguna parte.

Un policía se acercó a mí.

—¿Buscas al joven que estaba contigo?

Asentí de inmediato.

—Sí. ¿Lo vio?

—Hace unos minutos salió del hospital. Parecía muy alterado... estaba llorando.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

No.

Por favor, no.

Mi hermano siempre había sido mucho más sensible que yo.

Los peores pensamientos comenzaron a invadir mi mente.

¿Y si había decidido hacerse daño?

¿Y si la noticia había sido demasiado para él?

¿Y si...?

Sin perder un segundo corrí fuera del hospital.

Tomé un Uber.

Después un taxi.

Fui a su departamento.

Llamé a sus amigos.

Lo busqué desesperadamente por todas partes.

Pero nadie sabía dónde estaba.

El miedo comenzó a apoderarse de mí.

Si perdía a mi padre...

Y también perdía a mi hermano...

Me quedaría completamente sola.

Las lágrimas apenas me dejaban respirar cuando mi teléfono sonó.

La pantalla mostraba el número del hospital.

Contesté de inmediato.

—¿Bueno?

—Hola, Olivia... ¿cómo estás? —preguntó el doctor.

Pero algo en su voz me hizo comprender que no traía buenas noticias.

—Doctor... ¿ocurrió algo?

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.

—Am...

—¡Por favor, doctor! ¡Dígamelo de una vez! —grité desesperada—. Perdón... perdón... pero no encuentro a mi hermano.

El médico respiró profundamente antes de hablar.

—Olivia... tu padre acaba de sufrir un paro cardíaco.

Sentí que el tiempo se detenía.

—Logramos estabilizarlo por el momento... pero debo ser honesto contigo.

Volvió a guardar silencio.

—Es muy probable... que le queden menos de veinticuatro horas de vida.

lunes, 3 de agosto de 2026

NO SOY TU Y TU NO ERES YO




YO ANTES ME SOLIA CRITICAR
PUES MUCHAS PERSONAS ME HICIERON DUDAR 
NO TE SUBESTIMES QUE NO ERES IGUAL 
NO SOY TU Y YO NO SOY TU EN ESTE MUNDO DESIGUAL

MAS YO DE NADIE ME VOY A COMPARAR
YO SOY DE ESCRITO QUE QUIERE BRILLAR
Y CON MIS ESCRITOS TE QUIERO ENCANTAR
YO NADIE ME VOY A CRITICAR 
MAS SOLO QUIERO HACERTE RAZONAR

YO SI GORDO HE DE ESTAR
ESO NO TE DEBE IMPORTAR
SI DISTRAIDO PUEDO SER 
PUES BUENO  QUE PUEDO HACER
MAS QUE EN MI YO DEBO CREER

NO SOY TU PUES NO SE TU SITUACION 
Y NO ERES YO PARA COMPRENDER MI ATENCION.



POST

You should never compare yourself to others because you are truly unique. Perhaps by focusing on what you lack or the talent they possess, you have something that stands out. That's why you should never compare yourself to others. If you lack something, instead of hurting them, you'll only hurt yourself more.

jueves, 30 de julio de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO?: LA VISITA DE UN DESCONOCIDO


Una parte de mí se sentía aliviada al saber que Ángel seguía con vida. Sin embargo, no podíamos quedarnos allí demasiado tiempo.

Había algo que no me dejaba tranquilo.

Aquella sensación...

La certeza de que alguien nos estaba siguiendo.

Antes de salir a investigar, le pedí a Alan que se quedara junto a Ángel para protegerlo. No quería dejarlo solo, no después de todo lo que había sucedido.

Pero, justo cuando estaba a punto de marcharme...

—No te vayas.

La voz de Alan me detuvo.

Sentí cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de mi mano.

Respiré profundamente y miré hacia la salida de la cueva. Después, volví la mirada hacia él.

—Solo echaré un vistazo —le aseguré.

Alan no respondió.

Entonces ocurrió.

Un sonido seco rompió el silencio.

Una rama.

Ambos nos quedamos inmóviles.

Alan fue el primero en reaccionar.

En cuestión de segundos, su cuerpo comenzó a transformarse. Su postura cambió y sus músculos se tensaron mientras adoptaba una posición defensiva, preparado para atacar.

Yo también me puse en guardia.

Y entonces lo vimos.

Una enorme figura apareció en la entrada de la cueva.

Era un lobo.

Pero no uno cualquiera.

Su tamaño era comparable al de un caballo. Su pelaje gris plateado estaba cubierto por manchas blancas que resaltaban bajo la tenue luz que se filtraba desde el exterior. Sus ojos recorrieron lentamente el interior de la cueva hasta detenerse en nosotros.

Primero me miró a mí.

Después a Alan.

Y finalmente...

A Ángel.

El cambio en su expresión fue inmediato.

El desconocido gruñó.

Sus labios se levantaron lentamente, dejando al descubierto unos afilados colmillos.

Después lanzó un ladrido tan fuerte que instintivamente me agaché.

Alan se colocó frente a Ángel.

No era necesario decir nada.

Aquella mirada lo decía todo.

Cuidado. Si haces algo, te atacaremos.

El lobo pareció comprenderlo.

Sin apartar los ojos de nosotros, avanzó lentamente hacia el interior de la cueva.

Y entonces comenzó a transformarse.

Su cuerpo cambió ante nuestros ojos hasta recuperar una forma completamente humana.

Cuando terminó, estaba completamente desnudo.

Por un instante, me quedé sin saber dónde mirar.

Era imposible no admitirlo.

Tenía un cuerpo fuerte y bien definido, la piel blanca y unos ojos cafés que contrastaban con su cabello corto. Una barba apenas visible cubría su rostro y varias cicatrices recorrían su piel. Algunas parecían antiguas heridas de batalla; otras tenían la forma inconfundible de mordidas y arañazos.

Alan y yo nos colocamos inmediatamente frente a Ángel.

No permitiríamos que aquel extraño se acercara a él.

—No se espanten —dijo finalmente.

Su voz era mucho más suave de lo que esperaba.

—He venido a ayudarlos.

Alan y yo dejamos escapar un gruñido.

Pero el desconocido no pareció intimidarse.

Al contrario.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Después nos observó con una seriedad que me hizo sentir incómodo.

Había algo en él.

Algo que no podía explicar.

Una parte de mí quería atacarlo.

Sin embargo, por alguna extraña razón...

No podía hacerlo.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—Li... Li... Liam...

Me giré.

Ángel seguía inconsciente.

—¿Ángel?

Sus ojos permanecían cerrados y apenas podía distinguir sus palabras.

—Deja... que se acerque...

—Pero...

No pude terminar la frase.

Ángel se quedó dormido nuevamente.

Me quedé observándolo durante unos segundos.

Después suspiré.

—Está bien.

Volví la mirada hacia el desconocido.

Lo observé en silencio durante unos minutos.

Y debo admitir que su presencia no me resultaba precisamente indiferente.

Su cuerpo...

No.

Sacudí la cabeza.

Concéntrate, Liam.

Respiré profundamente y me alejé un poco.

Fue entonces cuando percibí su aroma.

Tierra mojada.

Pino.

Bosque.

Un olor salvaje que parecía pertenecer al lugar mismo.

Y, por alguna razón, eso solo hizo que mi curiosidad aumentara.

Aunque había algo más que me incomodaba.

La idea de dejar a aquel hombre a solas con Ángel.

Y, para empeorar las cosas...

El desconocido seguía sin ropa.

Perfecto.

Aquello definitivamente no ayudaba.

—Vamos —le dije a Alan.

Necesitábamos agua.

Gracias al olfato que habíamos desarrollado después de nuestra transformación, conseguimos localizar un pequeño río no muy lejos de allí.

Mientras avanzábamos, no pude evitar sentir una extraña punzada de celos.

No sabía quién era aquel hombre.

No sabía qué relación tenía con Ángel.

Y mucho menos sabía qué había sucedido entre ellos antes de que nosotros apareciéramos.

Pero algo me decía que allí había una historia.

Una historia que Ángel jamás nos había contado.

Cerca de la orilla encontramos una vieja botella. Estaba sucia y en malas condiciones, pero podía servir.

Alan y yo la limpiamos lo mejor que pudimos, la llenamos de agua y regresamos rápidamente a la cueva.

Sin embargo, cuando entramos...

Me detuve.

El desconocido estaba junto a Ángel.

Durante un instante, mi corazón se aceleró.

Pero entonces comprendí lo que estaba haciendo.

No estaba atacándolo.

Estaba curándolo.

Junto a él había una piedra plana cubierta con diferentes hierbas y plantas medicinales. El desconocido había preparado una especie de pasta y la estaba aplicando cuidadosamente sobre las heridas de Ángel.

—Está bien —dijo sin mirarnos—. Con esto se pondrá mejor. Para mañana debería estar mucho más recuperado.

Me acerqué un poco.

—¿Qué le pusiste?

Mi voz salió más seria de lo que pretendía.

El desconocido dejó de trabajar y finalmente levantó la mirada.

—Es un remedio natural. Está hecho con algunas plantas y hierbas medicinales.

Después dejó la piedra a un lado y se puso de pie.

Por un instante, tuve que apartar la mirada.

Dios mío.

Sacudí la cabeza.

No.

Definitivamente debía dejar de pensar en esas cosas.

Pero había algo en aquel hombre que me resultaba extrañamente familiar.

Y, mientras Ángel estuviera bien...

Decidí confiar en él.

Al menos por ahora.

—¿Cómo llegaste hasta nosotros? —pregunté, acercándome lentamente.

El desconocido guardó silencio durante unos segundos.

—Llegué hace unos días.

Su mirada se dirigió hacia Ángel.

—Vine para visitarlo.

Fruncí el ceño.

—¿Para visitarlo?

El hombre asintió.

Pero entonces su expresión cambió.

—Cuando llegué, percibí el olor de los cazadores.

Alan y yo intercambiamos una mirada.

—Me escondí —continuó—. También tuve que esconder mi ropa.

—¿Tu ropa?

—Sí.

Se cruzó de brazos.

—Esos cazadores son peligrosos. Y, en especial, hay una cazadora... una mujer realmente experta. Si hubiera detectado mi aroma, me habría encontrado.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo que puede detectar tu aroma?

El desconocido me miró.

Yo no aparté los ojos de él.

—¿Hace cuánto tiempo conoces a Ángel?

No respondió.

—¿Acaso tú y él fueron...?

—No.

Negó rápidamente con la cabeza.

—No es eso.

Alan y yo volvimos a mirarnos.

—¿Entonces qué es? —pregunté.

El desconocido pareció confundido.

—¿Él no les contó sobre mí?

Alan y yo negamos con la cabeza.

El hombre bajó la mirada.

—Ya veo.

Por primera vez, pude notar algo diferente en su expresión.

Tristeza.

Una tristeza profunda.

—No lo culpo —murmuró—. Pero no seré yo quien les cuente su historia.

Se volvió hacia Ángel.

Después de unos segundos, regresó la mirada hacia nosotros.

—Eso le corresponde a él.

El desconocido caminó hacia una zona más apartada de la cueva.

Antes de alejarse completamente, nos hizo una señal para que lo siguiéramos.

Alan y yo intercambiamos una última mirada antes de obedecer.

Nos sentamos frente a la estatua del licántropo semitransformado que se encontraba en aquel lugar.

El silencio se volvió incómodo.

El desconocido parecía nervioso.

Sus manos no dejaban de moverse.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy bien.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Después suspiró.

—Es solo que...

Se quedó en silencio.

Finalmente, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos.

—Supongo que Ángel ya les contó cómo se convirtió en licántropo.

Sentí un nudo en el estómago.

—Sí.

Asentí lentamente.

Pero había algo que no podía ignorar.

Una sensación.

Una intuición.

Ángel nos había contado su historia...

Pero no toda.

—Aunque... —añadí— tengo la impresión de que nos ocultó una parte.

El desconocido bajó la mirada.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Hasta que finalmente respiró profundamente.

—Entonces...

Sus ojos se encontraron nuevamente con los míos.

—Está bien.

Se acomodó frente a nosotros.

Parecía estar preparándose para revelar un secreto que llevaba demasiado tiempo guardado.

—Les voy a contar.

El corazón me dio un vuelco.

Alan también se quedó completamente quieto.

Y yo comprendí, en ese instante, que aquella noche estaba a punto de descubrir algo que cambiaría para siempre la historia de Ángel.

Porque, a veces...

Los secretos más oscuros no permanecen enterrados para siempre.

Y aquella noche...

Uno de ellos estaba a punto de salir a la luz.

lunes, 27 de julio de 2026

PROLOGO: LA SEMILLA


Había una vez una oscuridad
que nadie podía observar,
una que nadie podía controlar
y que nadie podría ignorar.

En este mundo no existen buenos ni malos,
sino semillas que esperan brotar.
Depende de ti cómo las quieras cuidar,
pues en un villano te puedes transformar
o, si así lo decides, un héroe llegarás a ser.

Escuchad bien lo que os voy a decir,
pues estas palabras no las volveré a repetir.
Poned atención a lo que aquí escribí,
porque esta historia será diferente al fin.

Un cuento hecho poema
es lo que hoy voy a compartir;
una historia, una narrativa,
es lo que os vengo a describir.

La semilla ya ha sido plantada,
la canción ya ha sido cantada.
Un camino se deberá elegir,
y esta persona, muy pronto,
tendrá que decidir.

viernes, 24 de julio de 2026

FLAMENCO GEMINUS: NEGACION

Después de que mi amiga se enteró de aquella noticia —su padre estaba en el hospital—, sentí que ya no le quedaba espacio en la cabeza para soportar más drama. Artheet apenas le había dejado una nota y, con todo lo que estaba ocurriendo, Olivia ni siquiera había tenido la oportunidad de procesar lo que aquello significaba.

—Ven, vamos adentro —comenté, mientras estiraba mi mano para ayudarla a levantarse—. Sé que no quieres hacerlo, pero quedarte aquí no va a solucionar nada. Vamos a cambiarnos. Yo te acompañaré al hospital.

Mi amiga respiró profundamente, pero no levantó la mirada. Por unos segundos permaneció completamente inmóvil.

Finalmente, asintió.

Después de tanto tiempo, por fin me miró a la cara. Su maquillaje estaba ligeramente arruinado por la lluvia y algunas lágrimas todavía resbalaban por sus mejillas. Entonces tomó mi mano con fuerza, reunió el poco impulso que le quedaba y se levantó.

Pero apenas estuvo de pie...

—¡Ah! ¡No manches! ¡Qué pinche frío! —exclamó, abrazándose a sí misma.

—¡JAJAJA! —solté una carcajada tan fuerte que, probablemente, se escuchó hasta la entrada de la cafetería.

Olivia me miró con una expresión de pocos amigos.

—Perdóname, pero creo que llevamos más de una hora aquí afuera, soportando la llovizna, los truenos y el viento. ¡Y apenas ahora me dices que tienes frío!

—Lo siento —respondió, contradiciéndose mientras se frotaba los brazos—. Pero ahora que medio estoy pensando con tranquilidad... recién estoy sintiendo el frío.

—Te pasas. Bueno, vamos hacia adentro.

Olivia comenzó a caminar.

O, mejor dicho, intentó caminar.

Parecía una gelatina humana. Sus piernas temblaban ligeramente y cada ráfaga de viento hacía que se encogiera todavía más sobre sí misma. Yo intentaba cubrirla como podía, aunque, siendo honestos, mi cuerpo no servía de mucho como escudo contra aquel clima.

Ya estábamos a pocos pasos de la cafetería cuando, de repente, Olivia comenzó a buscar desesperadamente entre sus bolsillos y su ropa.

—¿Qué estás buscando? —pregunté.

—La nota... la nota de... de... de...

De pronto, sus ojos se abrieron.

Volteó rápidamente hacia el lugar donde habíamos estado sentadas.

Y echó a correr.

—¡Espera!

Corrí detrás de ella.

Por un instante pensé que la tristeza había vuelto a invadirla y que tendríamos que pasar nuevamente por el mismo momento de desesperación de hacía unos minutos.

Pero no.

Cuando Olivia se detuvo, comprendí lo que estaba mirando.

En medio de un charco había algo blanco.

Algo que, a pesar de estar completamente empapado, todavía podía reconocerse.

Una hoja de papel.

—La nota de... —comencé a decir.

Me quedé callado.

Olivia se acercó lentamente y recogió el papel del suelo.

La nota de Artheet.

Estaba completamente mojada.

—La nota de Artheet... —susurró.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Está mojada. Ahora ya no sabré qué quería decirme.

Su voz cambió.

Ya no sonaba triste.

Sonaba fría.

—¡Maldita mala suerte!

—Vámonos adentro. Después pensaremos en eso.

Intenté tomarla del brazo, pero Olivia reaccionó de inmediato.

Me empujó con todas sus fuerzas.

—¡Ah!

Caí de espaldas sobre el suelo.

Antes de que pudiera siquiera quejarme, Olivia pareció darse cuenta de lo que había hecho. Me miró durante unos segundos y enseguida extendió su mano.

La observé.

—Ah... no era necesario si no querías —repliqué, tomando su mano para levantarme.

—Ya me tranquilicé, ¿ok? —murmuró.

—Eso espero.

Olivia bajó la mirada hacia la nota destruida.

—Solo es una carta. Lo más probable es que quisiera decirme: «¡Qué patética eres!» o «¡No me importas!».

Se mordió el labio.

Intentaba convencerse de sus propias palabras.

Pero yo conocía demasiado bien a mi amiga.

—Dudo que sea eso —comenté.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí.

Olivia levantó lentamente la cabeza.

—¿Y cómo estás tan seguro?

Su mirada estaba cargada de ira, pero también de una duda que no podía esconder.

Me quedé en silencio.

—Yo...

No sabía qué decir.

Finalmente, bajé la mirada.

—Olvídalo. No debí decir nada.

—Mmm... —gruñó.

Conocía a Olivia.

Sabía perfectamente que este tipo de cosas le afectaban mucho más de lo que quería admitir. Podía hacerse la fuerte, fingir que no le importaba, incluso bromear sobre aquello para ocultar lo que realmente sentía.

Pero yo sabía la verdad.

Estaba asustada.

Y, sobre todo, estaba agotada.

No quería hacerla pensar todavía más en Artheet, así que decidí dejar el tema de lado.

Volvimos a caminar hacia la cafetería.

Cuando finalmente estuvimos cerca de la entrada, vimos a la jefa.

Nos estaba observando.

Pero había algo diferente en su expresión.

Por primera vez desde que la conocíamos, parecía preocupada.

Ninguno de los empleados la había visto así antes.

No dijo nada.

Simplemente se hizo a un lado y nos dejó pasar.

Entonces llamó a Carlos y le pidió que fuera por unas mantas que estaban guardadas.

Mientras tanto, Olivia le contó todo lo ocurrido.

La noticia de su padre.

El hospital.

La nota de Artheet.

Todo.

La jefa escuchó en silencio.

Y, para nuestra sorpresa, aceptó darle un par de días.

Olivia, por supuesto, se negó.

Decía que no podía faltar al trabajo.

Que no quería causar problemas.

Que tenía demasiadas cosas pendientes.

Pero finalmente logré convencerla de tomarse, por lo menos, un día.

La decisión estaba tomada.

Primero iríamos al hospital para ver a su padre.

Después, Olivia decidiría qué hacer.

También pensó en llamar a su hermano para preguntarle si ya sabía lo que había ocurrido, pero al final decidió no hacerlo.

Y quizá fue mejor así.

Porque, unas horas después, cuando llegamos a casa de Olivia, comprendí que su vida llevaba mucho tiempo desmoronándose poco a poco.

La casa estaba hecha un desastre.

Había ropa por algunos muebles, cosas tiradas por diferentes lugares y un olor desagradable que venía de algún recipiente con comida echada a perder.

Supuse que entre el trabajo, la situación con su padre, los problemas con su hermano y todo lo demás que había estado acumulándose durante semanas, Olivia simplemente había dejado de tener tiempo para ocuparse de su propia vida.

—Discúlpame —comentó con una voz dulce.

—No te preocupes. Entiendo —respondí con una sonrisa cálida.

Aunque, en realidad, estaba preocupado.

Muy preocupado.

Olivia caminó hacia su habitación y regresó unos minutos después con un cambio de ropa.

—Ten. Esta es tu ropa de reserva.

La tomé entre mis manos.

Entonces recordé que siempre que iba a visitarla llevaba algo de ropa conmigo. A veces me quedaba a dormir o simplemente terminábamos haciendo una pijamada improvisada.

—Muchas gracias.

La ropa que me dio consistía en una playera negra y amarilla con un estampado de Pikachu y un pantalón negro.

Pero cuando levanté la mirada, vi su rostro.

Olivia seguía desanimada.

Intenté hacer alguna de mis habituales bromas para sacarle una sonrisa.

No funcionó.

Ni siquiera fingió reírse.

Después de cambiarnos, pedimos un Uber para dirigirnos al hospital donde se encontraba su padre.

Durante el trayecto, Olivia no dijo una sola palabra.

Ni siquiera volteó a verme.

Su mirada permanecía fija en la ventana.

Observaba las luces de la ciudad pasar una tras otra, como si estuviera buscando algo.

Una respuesta.

Una señal.

Una pequeña luz que pudiera decirle que todo estaría bien.

Pero no encontraba nada.

Después de aproximadamente veinte minutos, finalmente llegamos.

Olivia respiró profundamente.

Se limpió rápidamente los ojos y bajó del automóvil.

Se adelantó mientras yo terminaba de pagarle al conductor.

—¡Oyeee! ¡Espérame!

No me hizo caso.

O eso pensé.

Porque, cuando llegué a la entrada, Olivia estaba quieta.

Esperándome.

—Vamos —dije, acercándome a ella—. Estoy contigo, amiga.

Entramos.

La sala de espera estaba llena.

A la izquierda había varias familias esperando.

Algunas personas lloraban.

Otras permanecían en silencio.

Algunas incluso dormían en las sillas, agotadas después de horas de espera.

Todo el lugar tenía ese extraño ambiente que solo podía encontrarse en un hospital.

Miedo.

Desesperación.

Esperanza.

Y silencio.

Nos acercamos a recepción.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años. Usaba lentes, tenía el maquillaje discreto y el rostro cansado. Llevaba un anillo de oro en una de sus manos.

Nos observó.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió ella—. ¿En qué podemos ayudarla?

Olivia tragó saliva.

Pude notar cómo intentaba controlar su respiración.

—Soy la hija del señor Álvarez.

La mujer arqueó una ceja.

—¿Señor Álvarez?

—José Álvarez —respondió Olivia.

Su voz ya no era la misma.

Era melancólica.

La recepcionista comenzó a revisar algo en su computadora.

—Ah, ya veo.

Olivia esperó.

Yo también.

Finalmente, la mujer levantó la mirada.

—Sí. El señor Álvarez se encuentra en urgencias. Por el momento no pueden pasar.

Olivia se quedó completamente inmóvil.

—¿Por qué?

La mujer revisó nuevamente la información.

—Los médicos lo ingresaron debido a unas complicaciones en el riñón. Además, sufrió un ataque cardíaco.

Sentí que Olivia dejó de respirar.

La mujer tomó unos formularios y se los entregó.

—Necesito que llenen estos documentos y esperen a recibir noticias del médico.

—Gracias —respondió Olivia.

Pero lo dijo con un tono casi a regañadientes.

Tomó las hojas.

No quería llenarlas.

No quería estar ahí.

No quería aceptar que aquella era su realidad.

Entonces me miró.

Y pude ver el miedo en sus ojos.

Pero antes de que pudiera decirle algo, escuchamos una voz acercándose.

—¿Hermana?

Olivia se quedó paralizada.

Yo no sabía quién era.

Pero entonces vi su rostro.

Su expresión cambió por completo.

Era su hermano.

Había llegado al hospital.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, confundido.

-Lo mismo que tu- furiosa.

Durante unos segundos se quedó completamente callada, Después, bajó la mirada.

Y cuando volvió a levantarla...

Las lágrimas comenzaron a caer.

Las hojas se deslizaron de sus manos y terminaron en el suelo.

—Olivia...

Su hermano se acercó inmediatamente.

La abrazó con fuerza.

Ella se aferró a él.

Por un momento sentí que aquella escena no me pertenecía.

Era algo entre hermanos.

Algo demasiado personal.

Así que decidí alejarme unos minutos.

Me fui a sentar a una banca ubicada en el pequeño jardín interior del hospital.

Necesitaba darles espacio.

Pero no pasó mucho tiempo.

De repente, pude ver al médico acercándose.

Estaba hablando con Olivia y su hermano.

Me levanté de inmediato.

Algo no estaba bien.

Olivia parecía todavía más alterada que antes.

Su hermano estaba llorando.

Aunque, a diferencia de ella, parecía intentar mantener la calma.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

No sabía qué había ocurrido.

Pero la expresión del médico me hizo sentir que no se trataba de una buena noticia.

Me puse de pie.

Y corrí hacia ellos.

—¡Olivia!

Ella volteó.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

El médico también me miró.

Yo me detuve frente a ellos.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió.

Olivia apretó los labios.

Su hermano bajó la cabeza.

Y entonces el médico respiró profundamente.

—Necesito hablar con ustedes...

Pero...

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

Y, por alguna razón, sentí que después de escuchar lo que el médico tenía que decir, nada volvería a ser igual.

lunes, 20 de julio de 2026

HEARSTOPPER FOREVER: THANK YOU FOR THIS INCREDIBLE STORY

 Mi querido lector esta vez quiero hablar sobre una  serie de la cual no se si a la mayoría  ya la  hemos visto y si no precisamente hablare  de esta serie y también de la película de la cual  fueron dirigidos por nuestros dos actores principales, quieren saber que actores hablo y mi opinión sigue leyendo.



¿ Que fue para ti esta serie llamada Hearstopper?

Fue y es una serie maravillosa el cual abarca diversos temas en especial de la comunidad LGBT como por ejemplo: Descubrir tu preferencia sexual, Trastornos alimenticios, la  diversidades sexuales, los problemas que puede causar el bullyng, la Aceptación, La familia, etc... me encanto desde los libros asta como lo revivieron hacia la pantalla.



¿Cuál es tu personaje favorito?

La verdad es muy complicado ya que todos los personajes son grandiosos asta en la pantalla grande es difícil saber cual es mi favorito, pero si me preguntaran cual es tu personaje con el cual te identificaría creo que seria Charlie.

Al igual que felicito a todos los actores que le dieron vista a estos personajes los cuales son:

Nick Nelson (bisexual)= Kit Connor

Charlie Spring( gay)= Joe Locke

Yasmin Finney (transexual) = Elle Argent

Tao Xu (hetero)= Willian Gao

Tori Spring ( hermana de charlie hetero) = Jenny walser

Darcy Olsson (lesbiana)= Kizzy  Edgell

Tara Jones (lesbiana)= Corinna Brown

Isaac Enderson(pansexual)= Tobie Donovan

Harry Greene( hetero)= Cormac Hyde-Corrin 

Cada personaje y cada actor dieron su grano de arena para que esta serie fuera maravillosa he increíble y que impactara he se ganara el corazón del publico, Kit y Joe son unos increíbles actores y espero en otra ocasión vuelvan a trabajar juntos.



Ya leíste los libros y ya la visto en la pantalla chica, ¿Qué recomiendas, comprar los libros o Ver la serie en Netflix?

Ambas yo soy muy fiel a los libros ya que pueden tener mas descriptivos las escenas y el romance en este caso ya que es muy diferente leerlo a verlo en la pantalla ya que siempre omiten ciertas partes del cual lo hacen esencial o especia.



Antes de darnos tu opinión,, ¿Qué piensas de la película?

La verdad me iso llorar, cuando  el personaje de Charlie dijo que quería terminar para que Nick se diera tiempo a si mismo la verdad llore como magdalena, siendo honesto también admito que le hacia un poquito no se de mas drama pero esta bien me conformó con este final, Los directores o bueno los que también guiaron esta película fueron los mismos protagonistas debo decir que como directores hicieron un increíble trabajo la verdad, vuelvo  repetir los felicito y espero verlos en otro proyecto juntos, Con joe solo una cosa si estas leyendo esto eres UN WICCAN INCREIBLE Y PROMETE QUE NO LE QUITARAN SU ESCENCIA NI CAMBIARAN SU HISTORIA CON HULKING si un día lo vemos en el mundo de MARVEL.

MI OPINION

Es que vale mucho la pena por ambas partes si quieres leer los libros primero esta bien al igual que si quieres verlo primero por netflix, ahora si eres joven y  apenas estas descubriendo tu sexualidad esta historia puede ayudarte ya sea de una manera o otra todos somos libres de saber lo que nos gusta, pero la verdad vale mucho la pena verla creo que es una de las historias mas conmovedoras, Gracias a la escritora que creo esta historia y es ALICE OSEMAN.


domingo, 19 de julio de 2026

SOBRESALIR


 Tal vez pienses que me deba dar por vencido

Tal vez puede que mis escritos  para muchos no tengan sentido

Algunos puede que  ya se hallan dormido  

Si te has ido perdón pensé que aun estabas leyendo


Soy un escritor en pleno de desarrollo

Espero que te agrade y no me mandes al destierro

De donde me estés leyendo te mando un gran saludo

Con mis historias espero a verte alegrado

Con mis Poemas espero a verte encantado


De mi capullo espero salir

Para que en algo pueda sobresalir

Yo soy un ciudadano en el cual mis talentos debo pulir

Para que el que me este leyendo pueda soñar

Y a un mundo lleno de mis relatos puedas fantasear 

Aunque  me conformo que te pueda alegrar.

jueves, 16 de julio de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO??: SIGUE VIVO


La criatura que había aparecido para rescatarme era Alan, el hermano de mi amiga Alejandra.

Si era sincero, todavía no comprendía cómo, cuándo o por qué había decidido salvarme. Ni siquiera sabía qué hacía él en medio de aquel bosque. Sin embargo, una cosa era segura: le debía la vida.

Alan era sordomudo, pero eso nunca había sido un obstáculo para entendernos. No necesitaba escuchar mis palabras. Bastaba con una mirada, un gesto o la forma en que mi cuerpo reaccionaba para comprender lo que intentaba decirle.

Corríamos entre los árboles rumbo a las cuevas.

Por el momento estábamos a salvo... o al menos eso quería creer.

Nuestras pisadas se mezclaban con el crujir de las ramas y el silbido del viento que atravesaba el bosque. Alan corría a mi lado con una agilidad casi sobrenatural, mientras yo luchaba por seguir su ritmo.

Aun así, una incómoda sensación no dejaba de recorrerme el cuerpo.

No estábamos solos.

Sentía unos ojos clavados sobre nosotros, ocultos entre la oscuridad del bosque.

¿Quién podía habernos seguido?

No tuve tiempo para averiguarlo.

Mi mente solo podía pensar en una persona.

Ángel.

¿Y si había dejado de respirar?

¿Y si había muerto mientras yo escapaba?

Solo imaginarlo hizo que mi corazón golpeara con fuerza contra mi pecho. Mis sentidos de licántropo despertaron de inmediato. El olor de la tierra húmeda se volvió más intenso. Cada sonido parecía multiplicarse a mi alrededor.

Giré la cabeza para mirar a Alan.

Él también se había detenido por un instante, como si hubiera percibido exactamente lo mismo.

Entonces, sin previo aviso, salió corriendo.

—¡¡Espera!! —grité.

Pero fue inútil.

Traté de alcanzarlo, aunque sus pasos eran demasiado rápidos.

Cuando levanté la vista comprendí hacia dónde se dirigía.

La cueva.

Donde había dejado a Ángel.

El aire abandonó mis pulmones.

Corrí con todas mis fuerzas.

Al llegar, cerré los ojos durante un segundo y afiné el oído.

Nada.

Ni el más mínimo indicio de cazadores.

Ni olor a pólvora.

Ni pasos.

Solo el murmullo del viento acariciando las copas de los árboles.

El ulular de un búho.

El canto constante de los grillos.

El leve movimiento de unos ciervos ocultos entre la maleza.

Todo parecía demasiado tranquilo.

Y eso era precisamente lo que me inquietaba.

Cuando me giré para acercarme a Alan, él reaccionó de inmediato.

Se agachó.

Mostró los dientes.

Su espalda se arqueó mientras emitía un gruñido bajo.

Su mirada parecía decir:

"No des un paso más."

Por un instante comprendí el motivo.

Todavía tenía el aspecto de un monstruo.

Respiré profundamente.

Una...

Dos...

Tres veces.

Poco a poco sentí cómo la bestia retrocedía dentro de mí.

Mis garras desaparecieron.

Mi respiración volvió a ser humana.

Pero mi ropa...

Era otro asunto.

Los zapatos estaban destrozados.

La camisa apenas colgaba de mis hombros en jirones.

Del pantalón solo quedaban algunos pedazos que cubrían parte de mi pierna izquierda.

Fue entonces cuando algo llamó mi atención.

Una flecha sobresalía de uno de mis zapatos.

Fruncí el ceño.

En el asta había una pequeña tira de papel cuidadosamente enrollada.

La desenrollé.

Solo contenía una frase.

"Sabremos quién eres... y no podrás escapar."

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Aquello ya no era una simple persecución.

Era una amenaza.

Me quedé inmóvil observando aquellas palabras.

Tan inmóvil...

Que olvidé por completo que Alan seguía allí.

Cuando levanté la vista, él estaba frente a mí.

Me observaba con una curiosidad casi infantil.

Como si intentara reconocer al monstruo que tenía delante.

Entonces recordé.

No era la primera vez que me veía transformado.

Era la segunda.

La primera había sido aquella noche...

La noche en que lo mordí.

La noche en que casi lo maté.

La culpa regresó como un puñal.

Sentí los ojos humedecerse.

Una lágrima comenzó a deslizarse lentamente por mi mejilla.

Antes de que pudiera caer, Alan levantó una mano.

Con una delicadeza que jamás habría imaginado en alguien capaz de transformarse en una bestia, limpió aquella lágrima con la yema de sus dedos.

Su contacto era cálido.

Suave.

Reconfortante.

Por un instante deseé sujetar su mano.

Abrazarlo.

Decirle cuánto lamentaba todo lo que había ocurrido.

Pero no fui capaz.

Entonces un nombre atravesó mi mente como un relámpago.

—¡Ángel!

Salí corriendo.

Alan no dudó en seguirme.

La cueva permanecía exactamente igual que cuando la había dejado.

O quizá no.

Ahora se sentía más fría.

Más silenciosa.

El olor a tierra mojada llenaba el ambiente.

El eco de los grillos resonaba entre las paredes de piedra.

Y, a la distancia...

Ángel permanecía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Mi corazón se detuvo.

—Oh... Dios...

Las lágrimas comenzaron a brotar otra vez.

"¿Cuánto tiempo estuve fuera?"

"¿Lo abandoné?"

"¿Está muerto?"

"¿Fui demasiado tarde?"

—¡¡¡ÁNGEL!!!

Mi grito hizo eco por toda la montaña.

—¡¡No te vayas!!

Alan lanzó un largo aullido que estremeció el bosque.

Caí de rodillas junto a él.

Lo sujeté por los hombros y empecé a sacudirlo desesperadamente.

Ya no podía pensar.

El miedo había apagado todos mis sentidos.

Ni siquiera lograba escuchar los latidos de su corazón.

Entonces...

—Oye...

Su voz era apenas un susurro.

—¿Podrías dejar de moverme...? Me estás lastimando más de lo que ya estoy.

Me quedé completamente inmóvil.

Lo solté por la impresión...

Y Ángel cayó de nuevo al suelo.

—¡Ay! —se quejó mientras fruncía el ceño—. Gracias por dejarme caer...

Suspiró.

—Por cierto... estaba durmiendo.

No pude evitar soltar una risa nerviosa mezclada con el llanto.

Seguía vivo.

Eso era lo único que importaba.

lunes, 13 de julio de 2026

EL FLAMENCO GEMINUS: ENFRENTANDO MIEDOS PARTE 3



Después de aquel regaño de la jefa, Olivia y yo fuimos a atender la mesa donde estaban sentados Maleek y Arthet.

Con cada paso que dábamos para salir del almacén, la jefa caminaba detrás de nosotros, como si quisiera presionarnos para que nos apresuráramos. Desde ahí podíamos escuchar los gritos de los clientes quejándose, las órdenes que no dejaban de llegar y el ruido constante de la cocina.

Olivia y yo nos miramos por unos segundos, tratando de entender qué estaba pasando. Sin decirnos nada, la jefa salió de golpe.

El empujón fue tan fuerte que terminé en el suelo. Olivia se hizo a un lado de inmediato, metiendo el estómago para estorbar lo menos posible.

—Ups... —comentamos los dos al mismo tiempo.

En cuanto lo dijimos, el ambiente se calmó. Un extraño silencio se apoderó del restaurante.

—Vamos —sugirió Olivia.

—Vale... —murmuré.

Al salir, algunas mesas todavía tenían comida. Imaginé que, por el caos de hacía unos momentos, varios clientes se habían desesperado y decidieron marcharse. Había al menos cuatro mesas con platos a medio terminar.

Olivia y yo intercambiamos una mirada de preocupación. Sabíamos que, tarde o temprano, todos recibiríamos otro regaño por aquello.

Pero cuando llegamos a la mesa donde estaban Maleek y Arthet, ellos ya no estaban.

En ese momento pasó Jonathan a nuestro lado, intentando que no se le cayera una bandeja llena de platos sucios y restos de comida. Era un chico listo, aunque un poco rebelde. Usaba lentes, medía aproximadamente un metro setenta y ocho y era el confidente de Olivia y mío dentro del trabajo.

—Jhonny... —susurré.

—¿Qué? —gruñó un poco—. Dime rápido, siento que esto se me va a caer.

—Perdón... Solo una pregunta.

—Mmm... —se quejó.

—¿Sabes dónde están los chicos que estaban en aquella mesa? —pregunté señalándola.

Jonathan dudó unos segundos.

—Am... el chico de los rombos se molestó. Creo que tiró un ramo de rosas. Y el chico del kimono... bueno, se veía decepcionado.

Al escuchar eso, Olivia corrió hacia el bote de basura.

Y ahí estaba.

Un ramo de rosas rojas, envuelto con un moño dorado. Entre las flores había una pequeña nota. Olivia tomó únicamente la nota y comenzó a caminar rápidamente.

Iba a seguirla cuando Jonathan volvió a llamarme.

—Toma. También dejaron esto para ti.

Extendió la mano.

Al abrir el puño vi otra nota, atada con un listón dorado. En letras pequeñas podía leerse:

«De Maleek para...»

—¡Oh, cuidado! —exclamé al ver que la bandeja se inclinaba peligrosamente.

Por suerte alcancé a sujetar varios platos antes de que cayeran.

—¡Wow! Muchas gracias —dijo Jonathan aliviado.

—Ven, te ayudo con algunos.

Tomé varios platos y caminamos juntos hacia la cocina.

—Te debo una.

—Luego me la pagas. Tengo que buscar a Olivia.

Dejé los platos en el lavabo junto a otro compañero, Gerardo, y salí de inmediato.

La busqué en nuestro escondite habitual, luego en el baño y en el área de empleados.

Nada.

Hasta que miré hacia el estacionamiento.

Ahí estaba.

En medio del enorme estacionamiento vacío.

Tenía la cabeza agachada. Sujetaba el celular con tanta fuerza que parecía querer romperlo entre sus manos.

Entonces un trueno retumbó en el cielo.

Y la lluvia cayó de golpe.

—¡Olivia! —grité.

No respondió.

—¡¡OLIVIA!! ¿Estás bien?

Mientras me acercaba, empecé a escuchar pequeños quejidos. Su respiración era rápida y temblorosa, como si estuviera luchando por no llorar.

Cada vez que notaba que me acercaba, intentaba recuperar la compostura.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, vi que la pantalla de su celular estaba completamente rota. Varias de sus uñas estaban quebradas.

—¿Estás bien? —pregunté con cuidado.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—¿Puedo acercarme un poco más?

Olivia volvió a apretar el teléfono. Se mordió el labio, como si estuviera reuniendo fuerzas.

—Sí... —susurró con una voz llena de tristeza.

En cuanto la abracé, rompió en llanto.

Por un momento pensé que Arthet la había destrozado con aquella carta, pero la nota seguía guardada dentro de la funda del celular.

De pronto sus piernas comenzaron a temblar y cayó de rodillas.

Yo caí con ella para evitar que se golpeara.

—Es... es...

Respiró hondo antes de continuar.

—Es mi padre. Acaban de llamarme del hospital. Me dijeron que está internado. Mi hermano no contesta el teléfono y no sé si está con él... y ahora tampoco quiero leer lo que dice Arthet.

—Ay, amiga...

La abracé con fuerza.

Sentía cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas, aunque seguía intentando contenerse.

—Sé que debo enfrentar mis miedos, pero... mi padre... No sé si alguna vez vaya a cambiar. Tal vez sí... tal vez no. Mi hermano... no quiero que piense que soy débil o una niña ingenua por seguir creyendo que aún podemos volver a ser una familia. Y Arthet... llevo semanas evitándolo. Lo más probable es que en esa nota me diga que ya no me ama.

Levantó lentamente la mirada.

Su uniforme estaba completamente empapado. Su cabello chorreaba agua.

Los dos estábamos bajo la lluvia.

Y esta no parecía tener intención de detenerse.

—Vamos. Entremos.

Intenté ayudarla a levantarse.

No pude.

Parecía que todo su cuerpo se hubiera quedado sin fuerzas.

—No tengo energía... Prefiero quedarme aquí y enfermarme de algo fatal.

Aquellas palabras me dolieron.

Respiré profundamente y me coloqué frente a ella.

Ella levantó la vista y me observó con atención.

—Escúchame. Sé que es difícil enfrentar los miedos. Pero sentir culpa, ira o lástima por ti misma no va a ayudarte. Si tu padre sigue siendo un alcohólico y nunca cambia, demuéstrale quién eres. Si tu hermano se aleja o no te apoya, demuéstrale que no eres una cobarde. Y si Arthet ya no te ama o decidió marcharse... entonces demuéstrale todo lo que perdió.

Mi voz se quebró tanto al decir aquellas palabras que hasta yo mismo me sorprendí.

La lluvia disminuyó durante unos instantes.

Olivia se limpió el rostro con la manga del uniforme.

Los truenos volvieron a escucharse a lo lejos.

Pero su expresión había cambiado.

Ya no era la de alguien completamente derrotado.

Había una pequeña chispa de determinación en sus ojos.

Creo que, de alguna forma, mis palabras habían encontrado un lugar en su corazón.

—Tienes razón... —admitió con una débil sonrisa—. Debo enfrentarlos.