miércoles, 12 de agosto de 2026

QUIEN ME TRANSFORMO: LA HISTORIA DE LOS LOS TRES HERMANOS LOBOS(parte 1)



ÁNGEL

Perspectiva

A la mañana siguiente, abrí los ojos lentamente.

—Ahh... ¿qué me pasó? —murmuré mientras me llevaba una mano a la cabeza.

Sentía un dolor punzante detrás de los ojos. Intenté incorporarme, pero un mareo me obligó a detenerme.

Estaba cubierto con una cobija y apenas recordaba cómo había llegado hasta aquella cueva.

Entonces escuché una voz.

—Estás a salvo.

Giré la cabeza.

Liam estaba sentado cerca de mí. Llevaba un pijama y tenía los ojos ligeramente llorosos. Un vendaje cubría una de sus piernas.

—¿Cómo llegué aquí? —pregunté confundido—. ¿Por qué estás en pijama? ¿Qué hace Alan aquí? Y...

Las preguntas comenzaron a salir de mi boca una detrás de otra.

Entonces recordé.

—¡LOS CAZADORES!

—Logramos rescatarte —respondió Liam con suavidad—. Pero él...

No terminó la frase.

Su mirada se dirigió hacia la entrada de la cueva.

Allí había alguien.

Una figura permanecía inmóvil entre las sombras. Su rostro apenas podía distinguirse bajo la tenue luz que entraba desde el exterior.

Al principio no lo reconocí.

Pero entonces algo dentro de mí hizo clic.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué haces tú aquí? —exclamé.

La figura dio un paso hacia nosotros.

—Vine hace unos días. Solo quería advertirte sobre los cazadores.

Su voz era tranquila, demasiado tranquila.

Luego miró a Liam.

—Y ya es hora de que les cuentes la verdad.

Liam bajó la mirada.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Finalmente suspiró.

—Creo que tienes razón.

Se puso de pie con dificultad.

—Bien... les contaré toda la verdad.

Me quedé observándolo.

No sabía qué estaba a punto de escuchar.

Pero, por alguna razón, sentí que aquella historia cambiaría todo lo que creía saber sobre mi familia.

Liam respiró profundamente.

—Hace mucho tiempo existió un pueblo llamado Liki.

Su voz cambió.

Ya no parecía estar hablando de una simple historia.

Parecía estar recordando una pesadilla.

—Era un lugar tranquilo y pacífico. Allí vivía una familia muy conocida. La madre se llamaba Girasol. Era una mujer elegante, de cabello largo y negro, ojos color miel y piel morena. Trabajaba en una panadería y salía de casa desde muy temprano hasta el atardecer.

Hizo una pausa.

—El padre era un simple minero. Un hombre valiente, humilde e inteligente. Sin embargo, pasaba mucho tiempo trabajando y, algunas veces, sus hijos apenas podían verlo.

Sentí un extraño escalofrío.

—La familia tenía tres hijos.

Liam levantó tres dedos.

—El mayor era Waylen. Un chico tranquilo y pacífico, aunque tenía un carácter fuerte. El segundo era Orson. Alegre, divertido y aparentemente humilde, pero en el fondo se sentía el más débil de los tres.

Hizo una pausa.

—Y por último estaba Ángel.

La cueva quedó en silencio.

Sentí que todos me miraban.

—Ángel era tranquilo... pero también travieso. Siempre quería demostrar que podía ser mejor que los demás.

No pude evitar fruncir el ceño.

¿Por qué aquella historia se parecía tanto a mí?

Liam continuó.

—Una noche, tres personas misteriosas llegaron a la aldea.

Los aldeanos, acostumbrados a recibir viajeros, les dieron la bienvenida.

Pero aquellos extraños no dijeron una sola palabra.

Vestían largas túnicas que ocultaban casi por completo sus rostros.

De los tres, el que parecía ser el líder caminaba en medio. Tenía varias cicatrices en el rostro, como si hubiera sobrevivido a una pelea brutal.

El que estaba a su izquierda tenía una mano completamente quemada y era ciego de un ojo.

El tercero era diferente.

Según algunos aldeanos, parecía distraído. Otros aseguraban que era sordo.

Y hubo quienes comenzaron a murmurar que era un brujo.

Pero nadie les prestó demasiada atención.

Hasta que comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

Primero desaparecieron algunos cerdos.

Después, varias vacas.

Días más tarde, encontraron los restos de algunos animales en el bosque.

Habían sido devorados.

Entonces comenzaron los aullidos.

Todas las noches.

Al principio eran lejanos.

Después comenzaron a escucharse cada vez más cerca.

La gente empezó a tener miedo.

Cuando el sol comenzaba a ocultarse, los aldeanos cerraban las ventanas, aseguraban las puertas y apagaban las luces.

Porque algo había comenzado a acechar Liki.

Algo que no pertenecía a aquel mundo.


Una tarde, los tres hermanos jugaban en el bosque.

Su juego favorito se llamaba El Lobo.

Era parecido a un juego infantil en el que uno de ellos debía esconderse y los otros tenían que encontrarlo.

Pero existía una única regla:

No dejarse atrapar por el lobo.

Aquella tarde, sin embargo, el juego dejó de ser un juego.

Uno de los hermanos desapareció.

Waylen y Orson comenzaron a buscarlo desesperadamente.

No dijeron nada a sus padres.

Tampoco avisaron a los aldeanos.

No querían preocupar a nadie.

Pero cayó la noche.

Los sonidos del bosque comenzaron a cambiar.

Los animales salvajes se acercaban cada vez más.

Los hermanos decidieron regresar y continuar la búsqueda al día siguiente.

Entonces...

—¡Espera!

Waylen se detuvo.

Junto al río, justo donde habían pasado minutos antes, había alguien tendido en el suelo.

Era su hermano.

Estaba inconsciente.

Los dos corrieron hacia él.

—¡Despierta!

Lo sacudieron.

Lo llamaron por su nombre.

Nada.

No respondía.

Finalmente, decidieron cargarlo hasta la casa.

Pero mientras avanzaban, Orson comenzó a retorcerse de dolor.

—¿Qué te pasa?

—No lo sé...

Se llevó las manos al pecho.

Su respiración se volvió irregular.

Pero no tenía ninguna herida.

No había sangre.

No había fiebre.

Nada que explicara aquel dolor.

Cuando los tres llegaron a casa, algo extraño los esperaba.

El ambiente se sentía diferente.

Pesado.

Oscuro.

Como si una presencia invisible hubiera entrado con ellos.

Pero nadie le dio importancia.

Todavía.


A la mañana siguiente, Liki había cambiado.

Los aldeanos comenzaron a comportarse de manera extraña.

Había discusiones.

Peleas.

Robos.

Incendios.

Incluso algunas muertes.

Nadie entendía qué estaba sucediendo.

Y dentro de aquella familia las cosas tampoco eran diferentes.

Las discusiones entre los hermanos se hicieron cada vez más frecuentes.

Orson comenzó a sentirse inferior.

La frustración crecía dentro de él.

Y, poco a poco, un sentimiento comenzó a dominarlo.

La envidia.

Mientras tanto, el menor solo deseaba que sus hermanos volvieran a estar unidos.

Entonces comenzaron los rumores.

Algunos decían que los tres visitantes eran brujos.

Otros aseguraban que habían traído una maldición.

Ángel decidió descubrir la verdad.

Se internó en el bosque siguiendo los rumores.

Algunos aseguraban que los extraños estaban en las montañas.

Otros decían que vivían cerca de la laguna.

Pero los últimos testimonios los ubicaban junto al lago.

Al amanecer, Ángel encontró una cabaña.

Pero estaba abandonada.

No había nadie.

Solo encontró profundas marcas de garras en las paredes...

Y un olor putrefacto que le revolvió el estómago.

Había restos de animales.

Y también había cuerpos.

Ángel retrocedió horrorizado.

Entonces escuchó un ruido detrás de él.

Se giró.

Los tres visitantes estaban allí.

Observándolo.

El hombre del centro habló.

—No debiste venir aquí.

Su voz era fría.

Ángel reunió todo el valor que pudo.

—¿Por qué no?

—¿Por qué deberíamos permitirte estar aquí?

—¡Necesito su ayuda!

El visitante inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Para qué?

—Creo que una maldición cayó sobre mi pueblo.

Los tres intercambiaron miradas.

Entonces el líder sonrió.

—¿Y por qué deberíamos ayudarte?

—Porque...

Ángel apretó los puños.

—Porque ustedes fueron quienes lanzaron la maldición sobre mi aldea.

El silencio fue absoluto.

—Y...

Ángel tragó saliva.

—¿Qué le hicieron a mi hermano?

El visitante sonrió.

—Pronto lo descubrirás.

Ángel dio un paso atrás.

—¿Qué significa eso?

—Lo mismo que les haremos a ti y a tu otro hermano.

Entonces ocurrió.

Los tres comenzaron a transformarse.

Sus huesos crujieron.

Sus cuerpos crecieron.

Las manos se convirtieron en enormes garras.

Los dientes se alargaron hasta convertirse en colmillos.

Sus ojos se tornaron completamente rojos.

En cuestión de segundos, frente a Ángel ya no había tres hombres.

Había tres bestias.

Monstruos enormes, más grandes que un caballo.

Ángel apenas pudo pronunciar una palabra:

—Dios...


A la mañana siguiente, Ángel despertó.

La cabaña seguía allí.

Pero los cuerpos habían desaparecido.

Solo quedaban charcos de sangre.

Regresó corriendo hacia la aldea.

Entonces se detuvo.

Liki estaba destruido.

Las casas estaban quemadas.

Había sangre por todas partes.

Y entre los restos encontró algo que reconoció inmediatamente.

Su padre.

Estaba muerto.

Ángel sintió que las piernas le fallaban.

Pero no podía quedarse allí.

Corrió hacia su casa.

Necesitaba saber si su madre y sus hermanos estaban vivos.

Al entrar, un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Sintió náuseas.

Dolor de cabeza.

Y entonces lo vio.

Un camino de sangre.

Comenzaba en la entrada y se dirigía hacia la cocina.

Ángel lo siguió.

Cada paso parecía pesar una tonelada.

Cuando llegó a la cocina, vio una mano aferrada a un cuchillo.

Era su madre.

Estaba tendida en el suelo.

Ángel se arrodilló junto a ella.

—Mamá...

Intentó encontrar alguna señal de vida.

Pero fue inútil.

Su madre estaba muerta.

Ángel salió de allí desesperado.

Entonces escuchó un ruido.

Su hermano Orson estaba en su habitación.

Estaba herido, pero vivo.

Tenía varios golpes y arañazos por todo el cuerpo.

Ángel corrió hacia él.

—¡Orson!

Pero entonces escucharon otro sonido.

Waylen también estaba vivo.

Los tres hermanos habían sobrevivido.

Aunque ninguno de ellos volvería a ser el mismo.


Pasaron los días.

Después los meses.

Y finalmente los años.

Hasta que llegó una noche de luna llena.

Fue entonces cuando la maldición finalmente despertó dentro de ellos.

Los tres hermanos se transformaron.

Se convirtieron en aquello que tanto habían temido.

Licántropos.

Desde aquella noche comenzaron a recorrer diferentes lugares.

Aldeas enteras fueron destruidas.

Personas desaparecieron.

Y los hermanos comprendieron que aquella maldición no era un accidente.

Alguien los había condenado.

Así que decidieron encontrar a quienes habían iniciado todo.

Pensaron que, si derrotaban a los tres hombres lobo, serían libres.

Pero se equivocaron.

Buscaron una cura.

Recorrieron bosques.

Montañas.

Ruinas.

Lagos.

Preguntaron a brujos, ancianos y viajeros.

Pero ninguna solución funcionó.

Hasta que, muchos años después, encontraron esta cueva.

Y dentro de ella...

Encontraron tres estatuas.

La primera representaba a un hombre con los brazos abiertos.

Debajo de ella había una palabra:

LIBERTAD.

La segunda mostraba a un lobo a medio transformar.

Debajo podía leerse:

CONFUSIÓN.

Y la tercera...

Era diferente.

Representaba a un licántropo aterrador, con enormes colmillos, garras y una mirada llena de rabia.

Debajo de aquella estatua había dos palabras.

ENVIDIA Y ENOJO.

Liam dejó de hablar.

Nadie dijo nada.

La luz de la fogata comenzó a apagarse lentamente.

Entonces escuchamos un ruido.

Grrrrr...

Todos nos quedamos inmóviles.

El sonido había venido desde el fondo de la cueva.

Liam levantó lentamente la mirada hacia las tres estatuas.

—Hay algo que nunca les conté...

—¿Qué cosa? —pregunté.

Su rostro palideció.

—Las estatuas no estaban ahí cuando encontramos esta cueva por primera vez.

Sentí un escalofrío.

—Entonces... ¿Quién las puso?

Liam no respondió.

Porque detrás de nosotros...

una cuarta estatua comenzó a aparecer lentamente entre las sombras.

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