Después de que mi amiga se enteró de aquella noticia —su padre estaba en el hospital—, sentí que ya no le quedaba espacio en la cabeza para soportar más drama. Artheet apenas le había dejado una nota y, con todo lo que estaba ocurriendo, Olivia ni siquiera había tenido la oportunidad de procesar lo que aquello significaba.
—Ven, vamos adentro —comenté, mientras estiraba mi mano para ayudarla a levantarse—. Sé que no quieres hacerlo, pero quedarte aquí no va a solucionar nada. Vamos a cambiarnos. Yo te acompañaré al hospital.
Mi amiga respiró profundamente, pero no levantó la mirada. Por unos segundos permaneció completamente inmóvil.
Finalmente, asintió.
Después de tanto tiempo, por fin me miró a la cara. Su maquillaje estaba ligeramente arruinado por la lluvia y algunas lágrimas todavía resbalaban por sus mejillas. Entonces tomó mi mano con fuerza, reunió el poco impulso que le quedaba y se levantó.
Pero apenas estuvo de pie...
—¡Ah! ¡No manches! ¡Qué pinche frío! —exclamó, abrazándose a sí misma.
—¡JAJAJA! —solté una carcajada tan fuerte que, probablemente, se escuchó hasta la entrada de la cafetería.
Olivia me miró con una expresión de pocos amigos.
—Perdóname, pero creo que llevamos más de una hora aquí afuera, soportando la llovizna, los truenos y el viento. ¡Y apenas ahora me dices que tienes frío!
—Lo siento —respondió, contradiciéndose mientras se frotaba los brazos—. Pero ahora que medio estoy pensando con tranquilidad... recién estoy sintiendo el frío.
—Te pasas. Bueno, vamos hacia adentro.
Olivia comenzó a caminar.
O, mejor dicho, intentó caminar.
Parecía una gelatina humana. Sus piernas temblaban ligeramente y cada ráfaga de viento hacía que se encogiera todavía más sobre sí misma. Yo intentaba cubrirla como podía, aunque, siendo honestos, mi cuerpo no servía de mucho como escudo contra aquel clima.
Ya estábamos a pocos pasos de la cafetería cuando, de repente, Olivia comenzó a buscar desesperadamente entre sus bolsillos y su ropa.
—¿Qué estás buscando? —pregunté.
—La nota... la nota de... de... de...
De pronto, sus ojos se abrieron.
Volteó rápidamente hacia el lugar donde habíamos estado sentadas.
Y echó a correr.
—¡Espera!
Corrí detrás de ella.
Por un instante pensé que la tristeza había vuelto a invadirla y que tendríamos que pasar nuevamente por el mismo momento de desesperación de hacía unos minutos.
Pero no.
Cuando Olivia se detuvo, comprendí lo que estaba mirando.
En medio de un charco había algo blanco.
Algo que, a pesar de estar completamente empapado, todavía podía reconocerse.
Una hoja de papel.
—La nota de... —comencé a decir.
Me quedé callado.
Olivia se acercó lentamente y recogió el papel del suelo.
La nota de Artheet.
Estaba completamente mojada.
—La nota de Artheet... —susurró.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Está mojada. Ahora ya no sabré qué quería decirme.
Su voz cambió.
Ya no sonaba triste.
Sonaba fría.
—¡Maldita mala suerte!
—Vámonos adentro. Después pensaremos en eso.
Intenté tomarla del brazo, pero Olivia reaccionó de inmediato.
Me empujó con todas sus fuerzas.
—¡Ah!
Caí de espaldas sobre el suelo.
Antes de que pudiera siquiera quejarme, Olivia pareció darse cuenta de lo que había hecho. Me miró durante unos segundos y enseguida extendió su mano.
La observé.
—Ah... no era necesario si no querías —repliqué, tomando su mano para levantarme.
—Ya me tranquilicé, ¿ok? —murmuró.
—Eso espero.
Olivia bajó la mirada hacia la nota destruida.
—Solo es una carta. Lo más probable es que quisiera decirme: «¡Qué patética eres!» o «¡No me importas!».
Se mordió el labio.
Intentaba convencerse de sus propias palabras.
Pero yo conocía demasiado bien a mi amiga.
—Dudo que sea eso —comenté.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí.
Olivia levantó lentamente la cabeza.
—¿Y cómo estás tan seguro?
Su mirada estaba cargada de ira, pero también de una duda que no podía esconder.
Me quedé en silencio.
—Yo...
No sabía qué decir.
Finalmente, bajé la mirada.
—Olvídalo. No debí decir nada.
—Mmm... —gruñó.
Conocía a Olivia.
Sabía perfectamente que este tipo de cosas le afectaban mucho más de lo que quería admitir. Podía hacerse la fuerte, fingir que no le importaba, incluso bromear sobre aquello para ocultar lo que realmente sentía.
Pero yo sabía la verdad.
Estaba asustada.
Y, sobre todo, estaba agotada.
No quería hacerla pensar todavía más en Artheet, así que decidí dejar el tema de lado.
Volvimos a caminar hacia la cafetería.
Cuando finalmente estuvimos cerca de la entrada, vimos a la jefa.
Nos estaba observando.
Pero había algo diferente en su expresión.
Por primera vez desde que la conocíamos, parecía preocupada.
Ninguno de los empleados la había visto así antes.
No dijo nada.
Simplemente se hizo a un lado y nos dejó pasar.
Entonces llamó a Carlos y le pidió que fuera por unas mantas que estaban guardadas.
Mientras tanto, Olivia le contó todo lo ocurrido.
La noticia de su padre.
El hospital.
La nota de Artheet.
Todo.
La jefa escuchó en silencio.
Y, para nuestra sorpresa, aceptó darle un par de días.
Olivia, por supuesto, se negó.
Decía que no podía faltar al trabajo.
Que no quería causar problemas.
Que tenía demasiadas cosas pendientes.
Pero finalmente logré convencerla de tomarse, por lo menos, un día.
La decisión estaba tomada.
Primero iríamos al hospital para ver a su padre.
Después, Olivia decidiría qué hacer.
También pensó en llamar a su hermano para preguntarle si ya sabía lo que había ocurrido, pero al final decidió no hacerlo.
Y quizá fue mejor así.
Porque, unas horas después, cuando llegamos a casa de Olivia, comprendí que su vida llevaba mucho tiempo desmoronándose poco a poco.
La casa estaba hecha un desastre.
Había ropa por algunos muebles, cosas tiradas por diferentes lugares y un olor desagradable que venía de algún recipiente con comida echada a perder.
Supuse que entre el trabajo, la situación con su padre, los problemas con su hermano y todo lo demás que había estado acumulándose durante semanas, Olivia simplemente había dejado de tener tiempo para ocuparse de su propia vida.
—Discúlpame —comentó con una voz dulce.
—No te preocupes. Entiendo —respondí con una sonrisa cálida.
Aunque, en realidad, estaba preocupado.
Muy preocupado.
Olivia caminó hacia su habitación y regresó unos minutos después con un cambio de ropa.
—Ten. Esta es tu ropa de reserva.
La tomé entre mis manos.
Entonces recordé que siempre que iba a visitarla llevaba algo de ropa conmigo. A veces me quedaba a dormir o simplemente terminábamos haciendo una pijamada improvisada.
—Muchas gracias.
La ropa que me dio consistía en una playera negra y amarilla con un estampado de Pikachu y un pantalón negro.
Pero cuando levanté la mirada, vi su rostro.
Olivia seguía desanimada.
Intenté hacer alguna de mis habituales bromas para sacarle una sonrisa.
No funcionó.
Ni siquiera fingió reírse.
Después de cambiarnos, pedimos un Uber para dirigirnos al hospital donde se encontraba su padre.
Durante el trayecto, Olivia no dijo una sola palabra.
Ni siquiera volteó a verme.
Su mirada permanecía fija en la ventana.
Observaba las luces de la ciudad pasar una tras otra, como si estuviera buscando algo.
Una respuesta.
Una señal.
Una pequeña luz que pudiera decirle que todo estaría bien.
Pero no encontraba nada.
Después de aproximadamente veinte minutos, finalmente llegamos.
Olivia respiró profundamente.
Se limpió rápidamente los ojos y bajó del automóvil.
Se adelantó mientras yo terminaba de pagarle al conductor.
—¡Oyeee! ¡Espérame!
No me hizo caso.
O eso pensé.
Porque, cuando llegué a la entrada, Olivia estaba quieta.
Esperándome.
—Vamos —dije, acercándome a ella—. Estoy contigo, amiga.
Entramos.
La sala de espera estaba llena.
A la izquierda había varias familias esperando.
Algunas personas lloraban.
Otras permanecían en silencio.
Algunas incluso dormían en las sillas, agotadas después de horas de espera.
Todo el lugar tenía ese extraño ambiente que solo podía encontrarse en un hospital.
Miedo.
Desesperación.
Esperanza.
Y silencio.
Nos acercamos a recepción.
Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años. Usaba lentes, tenía el maquillaje discreto y el rostro cansado. Llevaba un anillo de oro en una de sus manos.
Nos observó.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió ella—. ¿En qué podemos ayudarla?
Olivia tragó saliva.
Pude notar cómo intentaba controlar su respiración.
—Soy la hija del señor Álvarez.
La mujer arqueó una ceja.
—¿Señor Álvarez?
—José Álvarez —respondió Olivia.
Su voz ya no era la misma.
Era melancólica.
La recepcionista comenzó a revisar algo en su computadora.
—Ah, ya veo.
Olivia esperó.
Yo también.
Finalmente, la mujer levantó la mirada.
—Sí. El señor Álvarez se encuentra en urgencias. Por el momento no pueden pasar.
Olivia se quedó completamente inmóvil.
—¿Por qué?
La mujer revisó nuevamente la información.
—Los médicos lo ingresaron debido a unas complicaciones en el riñón. Además, sufrió un ataque cardíaco.
Sentí que Olivia dejó de respirar.
La mujer tomó unos formularios y se los entregó.
—Necesito que llenen estos documentos y esperen a recibir noticias del médico.
—Gracias —respondió Olivia.
Pero lo dijo con un tono casi a regañadientes.
Tomó las hojas.
No quería llenarlas.
No quería estar ahí.
No quería aceptar que aquella era su realidad.
Entonces me miró.
Y pude ver el miedo en sus ojos.
Pero antes de que pudiera decirle algo, escuchamos una voz acercándose.
—¿Hermana?
Olivia se quedó paralizada.
Yo no sabía quién era.
Pero entonces vi su rostro.
Su expresión cambió por completo.
Era su hermano.
Había llegado al hospital.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, confundido.
-Lo mismo que tu- furiosa.
Durante unos segundos se quedó completamente callada, Después, bajó la mirada.
Y cuando volvió a levantarla...
Las lágrimas comenzaron a caer.
Las hojas se deslizaron de sus manos y terminaron en el suelo.
—Olivia...
Su hermano se acercó inmediatamente.
La abrazó con fuerza.
Ella se aferró a él.
Por un momento sentí que aquella escena no me pertenecía.
Era algo entre hermanos.
Algo demasiado personal.
Así que decidí alejarme unos minutos.
Me fui a sentar a una banca ubicada en el pequeño jardín interior del hospital.
Necesitaba darles espacio.
Pero no pasó mucho tiempo.
De repente, pude ver al médico acercándose.
Estaba hablando con Olivia y su hermano.
Me levanté de inmediato.
Algo no estaba bien.
Olivia parecía todavía más alterada que antes.
Su hermano estaba llorando.
Aunque, a diferencia de ella, parecía intentar mantener la calma.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
No sabía qué había ocurrido.
Pero la expresión del médico me hizo sentir que no se trataba de una buena noticia.
Me puse de pie.
Y corrí hacia ellos.
—¡Olivia!
Ella volteó.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
El médico también me miró.
Yo me detuve frente a ellos.
—¿Qué pasó?
Nadie respondió.
Olivia apretó los labios.
Su hermano bajó la cabeza.
Y entonces el médico respiró profundamente.
—Necesito hablar con ustedes...
Pero...
Aquella palabra quedó suspendida en el aire.
Y, por alguna razón, sentí que después de escuchar lo que el médico tenía que decir, nada volvería a ser igual.
