miércoles, 19 de agosto de 2026

EL FLAMENCO GEMINUS: UNION DE HERMANOS (SEMIPENULTIMO CAPITULO)


ANA

Después de aquella noticia que me había dado el doctor, fui inmediatamente a buscar a mi hermano a su casa. Necesitaba encontrarlo, hablar con él, asegurarme de que estuviera bien.

Pero no encontré ningún rastro de él.

Solo había una cosa sobre la mesa.

Una carta.

Y llevaba mi nombre.

La tomé con las manos temblorosas y comencé a leer.

Querida hermana:

Si estás leyendo esto, es porque ya no me siento bien.

Tal vez, si hubiera comprendido mejor a nuestro padre, las cosas serían diferentes. Quizá no estaría así de grave ni habría terminado teniendo tantos problemas con el alcohol.

Perdóname.

Te quiero, hermanita.

—¡No! —grité con todas mis fuerzas.

Sentí que el corazón se me detenía.

Había demasiados lugares donde mi hermano podía estar. Y si aquella carta significaba lo que yo pensaba...

No podía perder tiempo.

Tenía que encontrarlo antes de que hiciera una locura.

Entonces recordé un pequeño lugar al que mi padre y mi hermano solían ir cuando eran incapaces de hablar en casa. Era un sitio tranquilo, lejos de todos. Allí mi padre le daba consejos cuando tenían alguna discusión, o simplemente se sentaban a hablar.

El lago Vernasi.

Salí corriendo hacia allí.

Pero, cuando estaba a punto de continuar mi camino, un automóvil blanco apareció de la nada y se detuvo frente a mí, bloqueándome el paso.

—¡Quítate! ¡Estúpido! —grité desesperada.

El conductor no bajó la ventanilla.

Tampoco escuché que arrancara.

Miré hacia los lados, buscando alguna manera de rodearlo.

No me importaba si querían robarme. No me importaba nada.

El tiempo estaba corriendo.

No sabía si mi hermano ya estaba a punto de morir.

Tal vez había saltado al lago con algo pesado atado al cuerpo.

Tal vez tenía una soga alrededor del cuello.

Tal vez llevaba un arma.

—¡QUÍTATEEE! —volví a gritar.

Nada.

Entonces observé el capó del automóvil.

Había una pequeña abreviatura que reconocí.

Di seis pasos hacia atrás para tomar impulso y, justo cuando estaba a punto de correr, vi cómo la ventana del copiloto comenzaba a bajar lentamente.

—¡Por favor! —dije con lágrimas en los ojos.

Mi voz se quebró.

—Déjame rescatar a mi...

Me quedé en silencio.

Mis palabras desaparecieron cuando vi quién estaba dentro.

Arthet.

Sus ojos se encontraron con los míos. Se veía alterado, preocupado... casi tan desesperado como yo.

Sin decir nada, abrió la puerta del copiloto.

—Tu amigo me llamó. Ya me contó todo —dijo con una voz suave—. Tendremos tiempo para hablar después. Ahora sube. Vamos a encontrar a tu hermano.

No tenía tiempo para discutir.

Subí al automóvil sin pensarlo.

—Bien... —respondí con la voz quebrada—. ¿Dónde? ¿En qué parte? ¿Cuándo? ¿Por dónde empezamos a buscarlo?

—¿Tienes alguna idea de dónde podría estar?

—Lago Vernasi —respondí inmediatamente.

Arthet no hizo más preguntas.

Tomó la palanca, encendió el automóvil y comenzó a conducir a toda velocidad.

Durante el trayecto, ninguno de los dos habló.

Él mantenía la mirada fija en el camino, pero entonces sentí algo.

Su mano tomó la mía.

Era suave y cálida.

Al principio me sorprendí, pero no la aparté.

Sentí que poco a poco mi respiración comenzaba a tranquilizarse.

De vez en cuando, Arthet apretaba mi mano.

Quizá había notado que estaba temblando.

Quizá simplemente quería recordarme que no estaba sola.

Pero yo solo podía pensar en una cosa.

Mi hermano.


HERMANO DE ANA

Venía aquí con mi padre cuando era niño.

Este lugar siempre había sido especial para nosotros.

Aquí me daba consejos.

Aquí me decía que estaba haciendo las cosas bien.

Aquí podía hablar con él sin sentir que el resto del mundo existía.

Pero entonces crecí.

Llegó mi etapa rebelde.

Conocí a personas que creí que eran mis amigos.

Y ellos terminaron traicionándome.

Por su culpa terminé en la cárcel por un crimen que yo no había cometido.

Mi autoestima cayó hasta lo más profundo.

Y cuando salí, lo único que podía ver en los ojos de mi padre era decepción.

Sentía que me miraba como si yo fuera un simple error en su vida.

Quizá tenía razón.

Quizá todo había sido culpa mía.

Me encontraba en la orilla del puente, mirando el lago.

Una soga rodeaba mi cuello y estaba atada a cinco ladrillos.

Miré hacia abajo.

El agua parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

No dejaba de pensar en todo el daño que había causado.

En mi padre.

En mi hermana.

En todo lo que había destruido.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.

—Lo siento... —susurré.

Poco a poco subí al barandal del puente.

Levanté la mirada hacia la luna.

Era hermosa.

Quizá sería la última vez que la vería.

Entonces escuché un automóvil acercándose a toda velocidad.

El sonido de los neumáticos contra el camino.

Un frenazo.

Una puerta abriéndose.

Y entonces la vi.

Ana.

Mi hermana.

Había llegado.

—Perdóname... —dije con la voz quebrada.

Y solté los ladrillos.

Por un instante alcancé a verla estirar las manos hacia mí.

Después...

Nada.

Solo escuché mis propios pensamientos.

El aire comenzó a faltarme.

Sentí el agua entrar en mis pulmones.

Era una sensación horrible.

Quizá ese era mi castigo.

Intenté luchar.

Intenté respirar.

Pero cada vez escuchaba menos.

Los gritos se volvieron distantes.

La voz de mi hermana desapareció.

Y finalmente...

Solo quedó el silencio.


ANA

—¡HERMANO!

Corrí hacia él.

—¡Eres un estúpido! ¿Cómo pudiste hacer esto?

No sabía si estaba llorando de miedo, de rabia o de alivio.

Solo sabía que tenía que salvarlo.

—¡Ayúdenme! ¡Llévenlo al hospital!


TRES SEMANAS DESPUÉS

Habían pasado tres semanas desde aquella noche.

Tres semanas de miedo.

Tres semanas esperando que mi hermano despertara.

Finalmente, los médicos lograron salvarlo.

Pero cuando llegamos al hospital aquella noche, mientras mi hermano era llevado a urgencias, recibí otra noticia.

Mi padre había muerto.

Sentí que el mundo volvía a derrumbarse.

Después de todo lo ocurrido, enterramos a mi padre junto a mi madre.

Ella había muerto años atrás en un accidente en el que mi padre estuvo involucrado.

Él nunca pudo perdonarse lo sucedido.

Se culpó durante años.

Y poco a poco cayó en el alcohol.

Quizá por eso siempre decía que quería volver a estar con ella.

Ahora, finalmente, estaban juntos otra vez.

Cuando mi hermano despertó, tuve que contarle todo.

No fue fácil.

Pero necesitaba saberlo.

Y, después de perder a nuestros padres, solo pude pedirle una cosa.

—No me dejes sola.

Mi hermano me miró en silencio.

Entonces me abrazó.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía que enfrentar aquello completamente sola.

Después de todo lo ocurrido, me mudé con él.

Arthet y yo también tuvimos que hablar.

Había demasiadas cosas pendientes entre nosotros.

Al final, logramos reconciliarnos.

Pero ambos sabíamos que aquello no era el final.

Todavía teníamos algo que hacer.

Algo que descubrir.

Algo que enfrentar.

Y esta vez...

lo haríamos juntos.