El doctor nos condujo hasta una pequeña oficina. Al entrar, respiró profundamente y nos señaló un par de sillas para que tomáramos asiento. Después de observar por un instante nuestras expresiones, bajó la mirada y dejó sobre el escritorio el expediente del padre de mi amiga.
Su rostro permanecía serio, casi frío, aunque sus ojos no dejaban de observar a Olivia y a su hermano.
—La verdad es que su padre está muy grave —dijo con voz pausada—. Debido a su problema con el alcohol y a las lesiones que sufrió, las probabilidades de que sobreviva son muy bajas.
Al pronunciar aquellas palabras, el doctor se levantó de inmediato de su silla y se colocó a un lado del escritorio, preparado por si alguno de los dos se desmayaba o reaccionaba de forma impulsiva.
Yo también di un paso al frente, más preocupado por Olivia que por cualquier otra cosa. Temía que, dominada por la desesperación, descargara su dolor contra el médico.
Al girarme para observar a su hermano, vi que ya tenía los ojos completamente llenos de lágrimas. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se habían vuelto blancos. Aunque siempre aseguraba odiar a su padre, aquella noticia había roto la barrera que tanto tiempo había construido. En su rostro se mezclaban la tristeza, el enojo y la impotencia.
Olivia, en cambio, permanecía inmóvil.
Su expresión era tranquila, casi serena.
Pero yo la conocía demasiado bien.
Aquella calma no era paz... era el silencio que precedía a la tormenta.
—¿Cree que podamos verlo? —preguntó con una voz tan fría que incluso el aire pareció congelarse.
El doctor asintió.
—Claro que sí.
Luego miró al hermano de Olivia.
—¿Tú también deseas verlo?
Él negó lentamente con la cabeza.
—No... gracias.
Su voz apenas fue un susurro.
OLIVIA
Me quedé completamente paralizada cuando llegué a la habitación.
Sentía que mis piernas ya no me pertenecían.
Mis manos comenzaron a temblar sin control y mi respiración se volvió pesada.
—¿Estás bien? —preguntó el doctor mientras se acercaba y extendía su mano hacia mí—. Si no quieres entrar, no pasa nada.
Negué lentamente con la cabeza.
Mis labios temblaban.
Con toda la fuerza que aún me quedaba, di un paso.
Después otro.
Y otro más.
Cada metro que avanzaba sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El doctor sujetaba mi mano con firmeza. Seguramente podía sentir lo sudorosa y temblorosa que estaba.
Mi respiración se aceleró.
Bajé la cabeza.
No quería verlo.
No estaba preparada.
De pronto nos detuvimos.
—Ya puedes levantar la mirada —dijo con suavidad.
—No... no puedo... —respondí con la voz quebrada.
El doctor guardó silencio unos segundos.
—Está bien... entonces vámonos.
Aquellas palabras me golpearon como un relámpago.
Si me iba ahora... quizá jamás volvería a verlo.
Levanté lentamente la vista.
Y ahí estaba.
Mi padre.
Conectado a una sonda de alimentación.
El oxígeno cubría parte de su rostro.
Las máquinas emitían un pitido constante que parecía anunciar el final.
Sentí que el mundo se rompía bajo mis pies.
Las fuerzas abandonaron mi cuerpo.
Caí.
Antes de tocar el suelo, el doctor me sostuvo entre sus brazos y me abrazó con fuerza.
—Llora... —susurró—. No voy a juzgarte.
Me aferré a su bata blanca mientras las lágrimas comenzaban a escapar.
—Lo siento... pero esto es demasiado difícil...
Él acarició con delicadeza mi espalda.
—Te sugiero que descanses un poco. Aquí estará bien.
Negué con la cabeza.
—Gracias... pero quiero quedarme aquí hasta que...
Mi voz murió antes de terminar la frase.
El doctor sonrió con tristeza.
—¿Hasta que despierte?
Asentí en silencio.
—Sí...
Después de unos minutos decidí salir para buscar a mi hermano.
Recorrí cada pasillo del hospital.
La cafetería.
La sala de espera.
Los jardines.
No estaba en ninguna parte.
Un policía se acercó a mí.
—¿Buscas al joven que estaba contigo?
Asentí de inmediato.
—Sí. ¿Lo vio?
—Hace unos minutos salió del hospital. Parecía muy alterado... estaba llorando.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
No.
Por favor, no.
Mi hermano siempre había sido mucho más sensible que yo.
Los peores pensamientos comenzaron a invadir mi mente.
¿Y si había decidido hacerse daño?
¿Y si la noticia había sido demasiado para él?
¿Y si...?
Sin perder un segundo corrí fuera del hospital.
Tomé un Uber.
Después un taxi.
Fui a su departamento.
Llamé a sus amigos.
Lo busqué desesperadamente por todas partes.
Pero nadie sabía dónde estaba.
El miedo comenzó a apoderarse de mí.
Si perdía a mi padre...
Y también perdía a mi hermano...
Me quedaría completamente sola.
Las lágrimas apenas me dejaban respirar cuando mi teléfono sonó.
La pantalla mostraba el número del hospital.
Contesté de inmediato.
—¿Bueno?
—Hola, Olivia... ¿cómo estás? —preguntó el doctor.
Pero algo en su voz me hizo comprender que no traía buenas noticias.
—Doctor... ¿ocurrió algo?
Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.
—Am...
—¡Por favor, doctor! ¡Dígamelo de una vez! —grité desesperada—. Perdón... perdón... pero no encuentro a mi hermano.
El médico respiró profundamente antes de hablar.
—Olivia... tu padre acaba de sufrir un paro cardíaco.
Sentí que el tiempo se detenía.
—Logramos estabilizarlo por el momento... pero debo ser honesto contigo.
Volvió a guardar silencio.
—Es muy probable... que le queden menos de veinticuatro horas de vida.

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