Una parte de mí se sentía aliviada al saber que Ángel seguía con vida. Sin embargo, no podíamos quedarnos allí demasiado tiempo.
Había algo que no me dejaba tranquilo.
Aquella sensación...
La certeza de que alguien nos estaba siguiendo.
Antes de salir a investigar, le pedí a Alan que se quedara junto a Ángel para protegerlo. No quería dejarlo solo, no después de todo lo que había sucedido.
Pero, justo cuando estaba a punto de marcharme...
—No te vayas.
La voz de Alan me detuvo.
Sentí cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de mi mano.
Respiré profundamente y miré hacia la salida de la cueva. Después, volví la mirada hacia él.
—Solo echaré un vistazo —le aseguré.
Alan no respondió.
Entonces ocurrió.
Un sonido seco rompió el silencio.
Una rama.
Ambos nos quedamos inmóviles.
Alan fue el primero en reaccionar.
En cuestión de segundos, su cuerpo comenzó a transformarse. Su postura cambió y sus músculos se tensaron mientras adoptaba una posición defensiva, preparado para atacar.
Yo también me puse en guardia.
Y entonces lo vimos.
Una enorme figura apareció en la entrada de la cueva.
Era un lobo.
Pero no uno cualquiera.
Su tamaño era comparable al de un caballo. Su pelaje gris plateado estaba cubierto por manchas blancas que resaltaban bajo la tenue luz que se filtraba desde el exterior. Sus ojos recorrieron lentamente el interior de la cueva hasta detenerse en nosotros.
Primero me miró a mí.
Después a Alan.
Y finalmente...
A Ángel.
El cambio en su expresión fue inmediato.
El desconocido gruñó.
Sus labios se levantaron lentamente, dejando al descubierto unos afilados colmillos.
Después lanzó un ladrido tan fuerte que instintivamente me agaché.
Alan se colocó frente a Ángel.
No era necesario decir nada.
Aquella mirada lo decía todo.
Cuidado. Si haces algo, te atacaremos.
El lobo pareció comprenderlo.
Sin apartar los ojos de nosotros, avanzó lentamente hacia el interior de la cueva.
Y entonces comenzó a transformarse.
Su cuerpo cambió ante nuestros ojos hasta recuperar una forma completamente humana.
Cuando terminó, estaba completamente desnudo.
Por un instante, me quedé sin saber dónde mirar.
Era imposible no admitirlo.
Tenía un cuerpo fuerte y bien definido, la piel blanca y unos ojos cafés que contrastaban con su cabello corto. Una barba apenas visible cubría su rostro y varias cicatrices recorrían su piel. Algunas parecían antiguas heridas de batalla; otras tenían la forma inconfundible de mordidas y arañazos.
Alan y yo nos colocamos inmediatamente frente a Ángel.
No permitiríamos que aquel extraño se acercara a él.
—No se espanten —dijo finalmente.
Su voz era mucho más suave de lo que esperaba.
—He venido a ayudarlos.
Alan y yo dejamos escapar un gruñido.
Pero el desconocido no pareció intimidarse.
Al contrario.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Después nos observó con una seriedad que me hizo sentir incómodo.
Había algo en él.
Algo que no podía explicar.
Una parte de mí quería atacarlo.
Sin embargo, por alguna extraña razón...
No podía hacerlo.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Li... Li... Liam...
Me giré.
Ángel seguía inconsciente.
—¿Ángel?
Sus ojos permanecían cerrados y apenas podía distinguir sus palabras.
—Deja... que se acerque...
—Pero...
No pude terminar la frase.
Ángel se quedó dormido nuevamente.
Me quedé observándolo durante unos segundos.
Después suspiré.
—Está bien.
Volví la mirada hacia el desconocido.
Lo observé en silencio durante unos minutos.
Y debo admitir que su presencia no me resultaba precisamente indiferente.
Su cuerpo...
No.
Sacudí la cabeza.
Concéntrate, Liam.
Respiré profundamente y me alejé un poco.
Fue entonces cuando percibí su aroma.
Tierra mojada.
Pino.
Bosque.
Un olor salvaje que parecía pertenecer al lugar mismo.
Y, por alguna razón, eso solo hizo que mi curiosidad aumentara.
Aunque había algo más que me incomodaba.
La idea de dejar a aquel hombre a solas con Ángel.
Y, para empeorar las cosas...
El desconocido seguía sin ropa.
Perfecto.
Aquello definitivamente no ayudaba.
—Vamos —le dije a Alan.
Necesitábamos agua.
Gracias al olfato que habíamos desarrollado después de nuestra transformación, conseguimos localizar un pequeño río no muy lejos de allí.
Mientras avanzábamos, no pude evitar sentir una extraña punzada de celos.
No sabía quién era aquel hombre.
No sabía qué relación tenía con Ángel.
Y mucho menos sabía qué había sucedido entre ellos antes de que nosotros apareciéramos.
Pero algo me decía que allí había una historia.
Una historia que Ángel jamás nos había contado.
Cerca de la orilla encontramos una vieja botella. Estaba sucia y en malas condiciones, pero podía servir.
Alan y yo la limpiamos lo mejor que pudimos, la llenamos de agua y regresamos rápidamente a la cueva.
Sin embargo, cuando entramos...
Me detuve.
El desconocido estaba junto a Ángel.
Durante un instante, mi corazón se aceleró.
Pero entonces comprendí lo que estaba haciendo.
No estaba atacándolo.
Estaba curándolo.
Junto a él había una piedra plana cubierta con diferentes hierbas y plantas medicinales. El desconocido había preparado una especie de pasta y la estaba aplicando cuidadosamente sobre las heridas de Ángel.
—Está bien —dijo sin mirarnos—. Con esto se pondrá mejor. Para mañana debería estar mucho más recuperado.
Me acerqué un poco.
—¿Qué le pusiste?
Mi voz salió más seria de lo que pretendía.
El desconocido dejó de trabajar y finalmente levantó la mirada.
—Es un remedio natural. Está hecho con algunas plantas y hierbas medicinales.
Después dejó la piedra a un lado y se puso de pie.
Por un instante, tuve que apartar la mirada.
Dios mío.
Sacudí la cabeza.
No.
Definitivamente debía dejar de pensar en esas cosas.
Pero había algo en aquel hombre que me resultaba extrañamente familiar.
Y, mientras Ángel estuviera bien...
Decidí confiar en él.
Al menos por ahora.
—¿Cómo llegaste hasta nosotros? —pregunté, acercándome lentamente.
El desconocido guardó silencio durante unos segundos.
—Llegué hace unos días.
Su mirada se dirigió hacia Ángel.
—Vine para visitarlo.
Fruncí el ceño.
—¿Para visitarlo?
El hombre asintió.
Pero entonces su expresión cambió.
—Cuando llegué, percibí el olor de los cazadores.
Alan y yo intercambiamos una mirada.
—Me escondí —continuó—. También tuve que esconder mi ropa.
—¿Tu ropa?
—Sí.
Se cruzó de brazos.
—Esos cazadores son peligrosos. Y, en especial, hay una cazadora... una mujer realmente experta. Si hubiera detectado mi aroma, me habría encontrado.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo que puede detectar tu aroma?
El desconocido me miró.
Yo no aparté los ojos de él.
—¿Hace cuánto tiempo conoces a Ángel?
No respondió.
—¿Acaso tú y él fueron...?
—No.
Negó rápidamente con la cabeza.
—No es eso.
Alan y yo volvimos a mirarnos.
—¿Entonces qué es? —pregunté.
El desconocido pareció confundido.
—¿Él no les contó sobre mí?
Alan y yo negamos con la cabeza.
El hombre bajó la mirada.
—Ya veo.
Por primera vez, pude notar algo diferente en su expresión.
Tristeza.
Una tristeza profunda.
—No lo culpo —murmuró—. Pero no seré yo quien les cuente su historia.
Se volvió hacia Ángel.
Después de unos segundos, regresó la mirada hacia nosotros.
—Eso le corresponde a él.
El desconocido caminó hacia una zona más apartada de la cueva.
Antes de alejarse completamente, nos hizo una señal para que lo siguiéramos.
Alan y yo intercambiamos una última mirada antes de obedecer.
Nos sentamos frente a la estatua del licántropo semitransformado que se encontraba en aquel lugar.
El silencio se volvió incómodo.
El desconocido parecía nervioso.
Sus manos no dejaban de moverse.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy bien.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Después suspiró.
—Es solo que...
Se quedó en silencio.
Finalmente, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos.
—Supongo que Ángel ya les contó cómo se convirtió en licántropo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Sí.
Asentí lentamente.
Pero había algo que no podía ignorar.
Una sensación.
Una intuición.
Ángel nos había contado su historia...
Pero no toda.
—Aunque... —añadí— tengo la impresión de que nos ocultó una parte.
El desconocido bajó la mirada.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Hasta que finalmente respiró profundamente.
—Entonces...
Sus ojos se encontraron nuevamente con los míos.
—Está bien.
Se acomodó frente a nosotros.
Parecía estar preparándose para revelar un secreto que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Les voy a contar.
El corazón me dio un vuelco.
Alan también se quedó completamente quieto.
Y yo comprendí, en ese instante, que aquella noche estaba a punto de descubrir algo que cambiaría para siempre la historia de Ángel.
Porque, a veces...
Los secretos más oscuros no permanecen enterrados para siempre.
Y aquella noche...
Uno de ellos estaba a punto de salir a la luz.

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