La criatura que había aparecido para rescatarme era Alan, el hermano de mi amiga Alejandra.
Si era sincero, todavía no comprendía cómo, cuándo o por qué había decidido salvarme. Ni siquiera sabía qué hacía él en medio de aquel bosque. Sin embargo, una cosa era segura: le debía la vida.
Alan era sordomudo, pero eso nunca había sido un obstáculo para entendernos. No necesitaba escuchar mis palabras. Bastaba con una mirada, un gesto o la forma en que mi cuerpo reaccionaba para comprender lo que intentaba decirle.
Corríamos entre los árboles rumbo a las cuevas.
Por el momento estábamos a salvo... o al menos eso quería creer.
Nuestras pisadas se mezclaban con el crujir de las ramas y el silbido del viento que atravesaba el bosque. Alan corría a mi lado con una agilidad casi sobrenatural, mientras yo luchaba por seguir su ritmo.
Aun así, una incómoda sensación no dejaba de recorrerme el cuerpo.
No estábamos solos.
Sentía unos ojos clavados sobre nosotros, ocultos entre la oscuridad del bosque.
¿Quién podía habernos seguido?
No tuve tiempo para averiguarlo.
Mi mente solo podía pensar en una persona.
Ángel.
¿Y si había dejado de respirar?
¿Y si había muerto mientras yo escapaba?
Solo imaginarlo hizo que mi corazón golpeara con fuerza contra mi pecho. Mis sentidos de licántropo despertaron de inmediato. El olor de la tierra húmeda se volvió más intenso. Cada sonido parecía multiplicarse a mi alrededor.
Giré la cabeza para mirar a Alan.
Él también se había detenido por un instante, como si hubiera percibido exactamente lo mismo.
Entonces, sin previo aviso, salió corriendo.
—¡¡Espera!! —grité.
Pero fue inútil.
Traté de alcanzarlo, aunque sus pasos eran demasiado rápidos.
Cuando levanté la vista comprendí hacia dónde se dirigía.
La cueva.
Donde había dejado a Ángel.
El aire abandonó mis pulmones.
Corrí con todas mis fuerzas.
Al llegar, cerré los ojos durante un segundo y afiné el oído.
Nada.
Ni el más mínimo indicio de cazadores.
Ni olor a pólvora.
Ni pasos.
Solo el murmullo del viento acariciando las copas de los árboles.
El ulular de un búho.
El canto constante de los grillos.
El leve movimiento de unos ciervos ocultos entre la maleza.
Todo parecía demasiado tranquilo.
Y eso era precisamente lo que me inquietaba.
Cuando me giré para acercarme a Alan, él reaccionó de inmediato.
Se agachó.
Mostró los dientes.
Su espalda se arqueó mientras emitía un gruñido bajo.
Su mirada parecía decir:
"No des un paso más."
Por un instante comprendí el motivo.
Todavía tenía el aspecto de un monstruo.
Respiré profundamente.
Una...
Dos...
Tres veces.
Poco a poco sentí cómo la bestia retrocedía dentro de mí.
Mis garras desaparecieron.
Mi respiración volvió a ser humana.
Pero mi ropa...
Era otro asunto.
Los zapatos estaban destrozados.
La camisa apenas colgaba de mis hombros en jirones.
Del pantalón solo quedaban algunos pedazos que cubrían parte de mi pierna izquierda.
Fue entonces cuando algo llamó mi atención.
Una flecha sobresalía de uno de mis zapatos.
Fruncí el ceño.
En el asta había una pequeña tira de papel cuidadosamente enrollada.
La desenrollé.
Solo contenía una frase.
"Sabremos quién eres... y no podrás escapar."
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Aquello ya no era una simple persecución.
Era una amenaza.
Me quedé inmóvil observando aquellas palabras.
Tan inmóvil...
Que olvidé por completo que Alan seguía allí.
Cuando levanté la vista, él estaba frente a mí.
Me observaba con una curiosidad casi infantil.
Como si intentara reconocer al monstruo que tenía delante.
Entonces recordé.
No era la primera vez que me veía transformado.
Era la segunda.
La primera había sido aquella noche...
La noche en que lo mordí.
La noche en que casi lo maté.
La culpa regresó como un puñal.
Sentí los ojos humedecerse.
Una lágrima comenzó a deslizarse lentamente por mi mejilla.
Antes de que pudiera caer, Alan levantó una mano.
Con una delicadeza que jamás habría imaginado en alguien capaz de transformarse en una bestia, limpió aquella lágrima con la yema de sus dedos.
Su contacto era cálido.
Suave.
Reconfortante.
Por un instante deseé sujetar su mano.
Abrazarlo.
Decirle cuánto lamentaba todo lo que había ocurrido.
Pero no fui capaz.
Entonces un nombre atravesó mi mente como un relámpago.
—¡Ángel!
Salí corriendo.
Alan no dudó en seguirme.
La cueva permanecía exactamente igual que cuando la había dejado.
O quizá no.
Ahora se sentía más fría.
Más silenciosa.
El olor a tierra mojada llenaba el ambiente.
El eco de los grillos resonaba entre las paredes de piedra.
Y, a la distancia...
Ángel permanecía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Mi corazón se detuvo.
—Oh... Dios...
Las lágrimas comenzaron a brotar otra vez.
"¿Cuánto tiempo estuve fuera?"
"¿Lo abandoné?"
"¿Está muerto?"
"¿Fui demasiado tarde?"
—¡¡¡ÁNGEL!!!
Mi grito hizo eco por toda la montaña.
—¡¡No te vayas!!
Alan lanzó un largo aullido que estremeció el bosque.
Caí de rodillas junto a él.
Lo sujeté por los hombros y empecé a sacudirlo desesperadamente.
Ya no podía pensar.
El miedo había apagado todos mis sentidos.
Ni siquiera lograba escuchar los latidos de su corazón.
Entonces...
—Oye...
Su voz era apenas un susurro.
—¿Podrías dejar de moverme...? Me estás lastimando más de lo que ya estoy.
Me quedé completamente inmóvil.
Lo solté por la impresión...
Y Ángel cayó de nuevo al suelo.
—¡Ay! —se quejó mientras fruncía el ceño—. Gracias por dejarme caer...
Suspiró.
—Por cierto... estaba durmiendo.
No pude evitar soltar una risa nerviosa mezclada con el llanto.
Seguía vivo.
Eso era lo único que importaba.

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