miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL FLAMENCO GEMINUS: EL ULTIMO ADIOS

 


CAPÍTULO: EL ÚLTIMO ADIÓS

ÁNGEL — PERSPECTIVA

Después de todo lo que había sucedido con el hermano de mi amiga Olivia, llegó el momento que ninguno de nosotros quería enfrentar: el entierro de su padre.

El cementerio estaba lleno.

Habían llegado familiares, amigos, conocidos y personas que, de una manera u otra, habían formado parte de la vida de aquel hombre. Incluso algunos miembros del grupo de rehabilitación para alcohólicos se presentaron para darle el último adiós.

Su hermano, sin embargo, no parecía dispuesto a aceptar su presencia.

Para él, aquellas personas eran unos farsantes. Durante mucho tiempo había pensado que nunca habían ayudado realmente a su padre y que solamente estaban allí por apariencia.

Pero el director de la institución se acercó a él y habló durante varios minutos. No alcancé a escuchar la conversación completa, pero, después de aquello, su expresión cambió ligeramente.

Olivia permanecía junto al ataúd.

Podía ver el dolor en sus ojos. Intentaba mantenerse fuerte, pero cada vez que miraba aquel féretro parecía que algo dentro de ella se rompía nuevamente.

Se acercó lentamente y tomó una rosa blanca.

La sostuvo entre sus manos durante unos segundos antes de colocarla sobre el ataúd.

—Adiós, papá —susurró.

Su voz apenas consiguió salir de sus labios.

Su hermano permaneció en silencio. Después tomó un puñado de tierra entre sus manos.

—A pesar de que nuestro vínculo como padre e hijo se rompió... —dijo con la voz entrecortada—, yo solo quería volver a ver a mi padre. Al hombre que nunca se dio por vencido.

El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier palabra.

El sacerdote pronunció las últimas oraciones y, poco después, el ataúd comenzó a descender lentamente.

El tiempo pareció detenerse.

Algunos de los asistentes empezaron a retirarse. Poco a poco, el cementerio fue quedándose vacío hasta que solamente permanecimos Olivia, su hermano, algunos trabajadores y yo.

Cuando los excavadores comenzaron a cubrir nuevamente la tumba con tierra, Olivia volvió a llorar.

Su hermano también.

Yo me quedé junto a ellos.

No quería dejarlos solos.

Entonces escuché el sonido de un automóvil acercándose.

Volteé.

Un automóvil deportivo de color rojo se detuvo cerca de nosotros. No estaba seguro de qué marca era; solo sabía que parecía extremadamente costoso.

La puerta se abrió.

Primero aparecieron unos zapatos negros.

Después, un hombre vestido elegantemente descendió del vehículo. Llevaba un traje oscuro y sostenía un ramo de flores entre las manos.

La persona levantó lentamente la cabeza.

Cabello corto.

Lentes de sol.

Un rostro que reconocí inmediatamente.

Arthee.

Mi corazón dio un vuelco.

Pero la reacción del hermano de Olivia fue completamente distinta.

Lo vi levantar la mirada.

Su rostro se endureció.

Arthee apenas había dado unos pasos cuando él comenzó a caminar hacia él.

Su expresión era una mezcla de rabia y dolor.

Yo no sabía qué iba a ocurrir.

Solo podía mirar.


ARTHEE — PERSPECTIVA

Había llegado demasiado tarde.

Cuando entré al cementerio, casi todos se habían marchado.

Solo quedaban Ángel, Olivia y su hermano.

Apreté con fuerza el ramo de flores que llevaba entre las manos.

Sabía que quizá no debía estar allí.

Sabía que Olivia probablemente no quería verme.

Después de todo lo que había ocurrido, quizá mi presencia solamente conseguiría hacer que su dolor fuera todavía mayor.

Pero necesitaba verla.

Aunque fuera una última vez.

Respiré profundamente y reuní el valor suficiente para avanzar.

Entonces lo vi.

El hermano de Olivia me había descubierto.

Su mirada cambió inmediatamente.

No necesitaba que nadie me explicara lo que estaba pensando.

Seguramente Olivia le había contado todo.

Lo vi acercarse.

Cada paso era más rápido que el anterior.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?! —gritó.

Me quedé inmóvil.

No sabía qué responder.

Cualquier palabra que dijera podía empeorar todavía más las cosas.

—¡DIME! —volvió a gritar.

Ahora estaba mucho más cerca.

Entonces pude verlo claramente.

Tenía lágrimas en los ojos.

Levantó el puño.

Cerré los ojos.

Esperé el golpe.

—¡DÉJALO!

La voz de Olivia me hizo abrirlos.

Ella corría hacia nosotros.

—Quiero hablar con él.

Su hermano se detuvo.

Dio algunos pasos hacia atrás, aunque permaneció cerca, como si estuviera preparado para intervenir en cualquier momento.

Olivia caminó lentamente hacia mí.

La observé.

Estaba destrozada.

Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su rostro reflejaba todo el dolor que había soportado.

Cuando finalmente llegó frente a mí, apenas podía levantar la mirada.

—Tal vez te sorprenda que esté aquí —dije suavemente.

—¿A qué viniste? —preguntó.

Su voz amenazaba con quebrarse.

Bajé la mirada.

Entonces recordé aquella tarde en la cafetería.

El ramo de flores que le había llevado.

La forma en que había interpretado su silencio.

Mi propia inseguridad.

Y cómo, convencido de que ya no quería estar conmigo, había arrojado aquellas flores a la basura.

—Ah... cierto.

Olivia bajó todavía más la mirada.

Parecía dispuesta a marcharse.

Entonces la tomé suavemente de la mano.

Sentí cómo mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Veo que no leíste aquella nota —susurré.

Olivia se quedó inmóvil.

—No.

Su voz sonó más fuerte esta vez.

—¡No! Quería alcanzarte, pero la lluvia la mojó. Cuando intenté levantarla... se destrozó.

Las últimas palabras salieron acompañadas de un sollozo.

Sus piernas dejaron de sostenerla.

Olivia cayó de rodillas.

No lo pensé.

Me arrodillé junto a ella y la sostuve entre mis brazos.

Su hermano dio un paso hacia nosotros, pero se detuvo al verme abrazarla.

Olivia se aferró a mí.

Podía sentir su respiración agitada.

Sus lágrimas empapaban mi ropa.

—¡¿Por qué me abandonaste?! —exclamó—. ¡¿Por qué rompiste conmigo?! ¡¿Ya no me amas?! ¡¿Por qué te alejaste de mí?!

Cada pregunta atravesó mi pecho.

La abracé con más fuerza.

—Quería darte tu espacio —respondí mientras lloraba con ella—. Aquel día, cuando me dijiste que no me preocupara, comencé a pensar que me estabas ocultando algo.

Olivia se separó lentamente.

Me miró sorprendida.

—No estoy enfermo, ni soy un secuestrador, ni nada parecido —añadí, intentando sonreír.

Después miré hacia su hermano.

—Solo quería saber qué estaba pasando.

Volví a mirar a Olivia.

—Entonces... —preguntó ella con inquietud.

Respiré profundamente.

—Aquel día supe que me ocultabas algo. Tú sabes que tengo gente que puede ayudarme a investigar, así que empecé a buscar respuestas.

Cerré los puños.

—Pensé que me engañabas con alguien más. Quería saber quién me había quitado mi lugar como tu novio.

Los ojos de Olivia volvieron a llenarse de lágrimas.

—Mandé a un guardia para que te vigilara y descubrir qué estaba pasando —confesé.

Bajé la mirada.

—Sé que estuvo mal. Pero los celos me consumieron. Hasta que me informaron sobre la pelea entre tu padre y tu hermano.

Tragué saliva.

—Después investigué sobre tu padre y sus problemas con el alcohol. La persona que les habló de aquella clínica era un amigo mío que conocía el lugar. Pensé que podía ayudarlos... aunque fuera desde las sombras.

No alcancé a decir más.

Un golpe me derribó.

Caí sobre la tierra.

El hermano de Olivia estaba frente a mí.

—¡Entonces fue tu culpa! —gritó—. ¡Que nuestro padre ya no esté aquí!

—¡No! —respondí inmediatamente—. ¡Te equivocas!

Me incorporé como pude.

—Cuando lo internaron, fue por su propia decisión. Yo personalmente fui a verlo junto con mi amigo, quien también había pasado por esa rehabilitación.

Miré hacia la tumba.

—Hablé con tu padre. Me contó lo que había ocurrido con su madre, cómo se sentía, por qué había caído en la adicción y cómo había recaído nuevamente.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Cuando escapaba de la clínica, yo iba tras él. Intentaba convencerlo de regresar. Pero su adicción, su baja autoestima y sus ataques de ansiedad eran más fuertes que cualquier cosa que yo pudiera decirle.

Mi voz se quebró.

—La noche del accidente me avisaron que había sufrido otro ataque de ansiedad. Escapó y trataron de detenerlo, pero...

No pude terminar.

Sentí una mano tomar la mía.

Olivia.

Ella me miraba con lágrimas en los ojos.

—Entonces ya lo sabes —dijo suavemente.

Asentí.

—Sí.

Olivia tomó un pañuelo y comenzó a limpiar la herida que tenía en el rostro.

—¿Y por qué aquella vez en la cafetería no me esperaste? —preguntó—. ¿Por qué tiraste las flores?

Me quedé en silencio unos segundos.

—Porque... —busqué las palabras adecuadas— pensé que estarías mejor con alguien más.

Levanté la mirada.

—Pensé que quizá ya no me querías.

Las lágrimas volvieron a recorrer mi rostro.

Tenía tierra pegada en la cara y la herida me ardía.

Pero entonces Olivia se acercó.

Y me besó.

Fue un beso inesperado.

Uno que parecía contener todas las palabras que ninguno de los dos había podido decir.

Cuando se separó, apenas pude reaccionar.

—Eso quiere decir que...

Olivia sonrió.

Y volvió a besarme.

Esta vez correspondí.

—Te perdono —susurró—. Y te amo.

Sonrió nuevamente.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar.

—Gracias.

Cerré los ojos durante un instante.

Después recordé algo.

—Toma.

Saqué tres sobres.

Olivia los miró confundida.

—¿Qué es esto?

—Tres cartas.

—¿Para quiénes son?

Señalé los sobres.

—Dos son para ti y una es para tu hermano.

Ella los observó.

—Tu padre me las dio cuando todavía estaba bien. Me pidió que se las entregara cuando ustedes estuvieran preparados para leerlas.

Después señalé el segundo sobre.

—Y esa es para mí.

Olivia sostuvo las cartas contra su pecho.

Su hermano permaneció en silencio.

Finalmente se agachó frente a mí, avergonzado.

—Muchas gracias —dijo.

Me llevé una mano a la herida.

—No te preocupes. Entiendo que, dadas las circunstancias...

No terminé la frase.

Olivia nos miró a ambos.

Pero entonces una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Entonces todavía nos queda una tarea.

La miré.

—¿Cuál?

Su sonrisa se volvió traviesa.

—Abrir las cartas.

Sonreí.

—¡Oh, sí!

Y por primera vez desde que habíamos llegado al cementerio, aquella tristeza que parecía habernos consumido por completo dejó espacio para algo diferente.

Esperanza.

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