QUIEN ME TRANSFORMO?: LA TUMBA DE DARREN
LIAM
La tumba de Darren
Cuando salí de aquella cueva, lo único que quería era alejarme lo más posible. No quería mirar atrás y mucho menos regresar.
Y, para ser sincero, no era por lo que Tobu me había contado. No. Lo que realmente me dolía era que Ángel me hubiera ocultado la verdad. Él sabía lo que había sucedido y, aun así, había permitido que siguiera viviendo entre mentiras.
Sin embargo, había algo más que me atormentaba: mi propia culpa.
¿Cómo había permitido que la amistad y el amor me cegaran de aquella manera? ¿En qué momento había dejado de buscar respuestas? Durante todo ese tiempo, había olvidado una pregunta que debería haberme perseguido cada noche desde el principio.
¿QUIÉN ME TRANSFORMÓ?
Apreté los puños mientras continuaba caminando. Estaba tan perdido en mis pensamientos que ni siquiera prestaba atención al camino. Las ramas me golpeaban los brazos y las piedras se atravesaban bajo mis pies, haciéndome tropezar en más de una ocasión.
Pero no me importaba. Solo quería alejarme de todo aquello.
De Ángel. De Tobu. De las mentiras.
Y, sobre todo, de las respuestas que todavía no estaba preparado para escuchar.
Después de caminar durante varios minutos, levanté la cabeza y descubrí que había llegado a una especie de río. La luz del sol se reflejaba sobre el agua, formando pequeños destellos que parecían bailar con la corriente. El sonido del agua y el canto de los pájaros creaban una tranquilidad que contrastaba con el caos que llevaba dentro.
Por primera vez desde que había abandonado la cueva, pude respirar con cierta calma.
Me acerqué a la orilla y observé mi reflejo durante unos segundos. Apenas reconocía al muchacho que me devolvía la mirada. ¿Cuánto había cambiado desde que comenzó toda aquella pesadilla?
Aparté la vista y me giré para contemplar los alrededores.
Fue entonces cuando lo vi.
A pocos metros de distancia se alzaba un árbol de flores violetas, posiblemente una jacaranda. Sus ramas se extendían como un enorme manto sobre el suelo, y algunos pétalos habían caído alrededor de su tronco.
Era hermoso. Había algo en aquel lugar que transmitía una paz difícil de explicar.
Pero aquella sensación desapareció en cuanto distinguí lo que había debajo del árbol.
Dos rocas estaban acomodadas en forma de pequeña pirámide. Sobre ellas descansaba una cruz sencilla con un único nombre grabado:
DARREN.
No había fechas. Tampoco una dedicatoria ni una inscripción que explicara quién había sido aquel hombre.
Solamente encontré un par de huellas de lobo talladas en la piedra.
Me acerqué lentamente, sintiendo que algo se encogía dentro de mi pecho.
—Esta es la tumba del hermano mayor… —murmuré.
Recordé la historia que me habían contado sobre Darren, el hermano de Ángel y Tobu. Por alguna razón, estar frente a su tumba hizo que mi enojo y mi tristeza comenzaran a desvanecerse. En su lugar apareció una extraña sensación de serenidad, como si aquel rincón del bosque estuviera apartado del resto del mundo.
Extendí una mano y acaricié suavemente la superficie de una de las rocas.
—Entonces… la historia es cierta.
—Claro que es cierta.
La voz surgió detrás de mí.
Me sobresalté y me giré de golpe.
—¿Quién dijo eso? —grité, buscando con la mirada a quien acababa de hablar.
—Nadie importante —respondió la voz con indiferencia—. Aunque, bueno… solo una parte de la historia es cierta.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que solo una parte? ¿De qué estás hablando?
—Pues…
La voz se interrumpió.
Entonces ocurrió algo que me hizo retroceder instintivamente.
Una persona salió de detrás del árbol.
Era un muchacho de cabello negro y ondulado. Vestía un chaleco café y unos pantalones cortos de mezclilla. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la cicatriz que le recorría la frente, atravesaba uno de sus ojos y descendía hasta la mejilla.
Había algo inquietante en su mirada. No parecía sorprendido de encontrarme allí. De hecho, tenía la expresión de alguien que llevaba tiempo esperando una oportunidad como aquella.
—¿Quién eres tú? —pregunté, sin apartar los ojos de él.
El desconocido ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Nunca te han hablado de mí?
Su tono irónico me hizo desconfiar todavía más.
—No. ¿Deberían?
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
—Supongo que te habrán contado que soy el responsable de la muerte de Darren.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Tú lo mataste?
Las palabras salieron de mi boca con dificultad. Se me hizo un nudo en la garganta y mi voz comenzó a quebrarse.
—¿POR QUÉ LO HICISTE? —exclamé, enfatizando cada palabra mientras lo miraba fijamente.
El muchacho dejó de sonreír.
Por un instante, su expresión cambió. Una sombra de dolor cruzó su rostro antes de que volviera a endurecer la mirada.
—Lo maté porque, hace años, tenía un hermano al que quería más que a nadie en este mundo… y uno de los tuyos me lo arrebató.
Su voz se volvió gélida.
Bajó la cabeza y apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos comenzaron a palidecer.
Yo no entendía nada.
—No comprendo… ¿Qué tiene que ver Darren con tu hermano?
El desconocido soltó una risa seca, sin una pizca de alegría.
—¿Quieres saber cómo empezó todo?
No respondí, pero tampoco aparté la mirada.
Él respiró profundamente, como si tuviera que reunir fuerzas para pronunciar las siguientes palabras.
—Yo vivía en un pueblo. Mis padres me abandonaron cuando era pequeño y mi hermano era lo único que tenía. Era mi familia, mi hogar… la única persona que nunca me dio la espalda.
Hizo una pausa.
Sus ojos se perdieron entre los árboles, como si estuviera contemplando algo que solo él podía ver.
—Una noche, uno de los tuyos atacó nuestro hogar. Yo había regresado de la escuela y, cuando llegué, encontré todo destrozado. Los muebles estaban volcados, había cristales por el suelo y…
Se detuvo.
Tragó saliva.
—Había un río de sangre que me condujo hasta la cocina.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Allí estaba mi hermano —continuó—. Y junto a él había un lobo… uno como los tuyos.
Sus palabras se volvieron más lentas.
—No pude distinguir qué estaba haciendo exactamente aquella bestia. Mi hermano estaba gravemente herido y el animal lo observaba, como si estuviera comprobando si seguía con vida.
El muchacho cerró los ojos por un instante.
—Recuerdo que comencé a caminar hacia atrás. Quería escapar, pero tropecé y caí al suelo. El ruido llamó la atención del lobo.
Abrió los ojos y me miró directamente.
—Entonces, aquella cosa volvió la cabeza hacia mí.
Su mandíbula se tensó.
—Salí corriendo. No miré atrás. No sé cómo conseguí escapar, pero te juro que, desde aquella noche, hice una promesa.
—¿Qué promesa? —pregunté, aunque una parte de mí temía conocer la respuesta.
Su rostro se endureció.
—Que me vengaría. Que haría pagar a cada uno de ellos por lo que me habían arrebatado.
Lo observé con incredulidad. Poco a poco, una idea comenzó a formarse en mi cabeza.
—Espera… ¿eres hijo de los cazadores?
El muchacho soltó una carcajada y negó lentamente con la cabeza.
—No. Ellos no son mis padres biológicos. Me adoptaron.
Su respuesta me desconcertó.
—¿Te adoptaron?
—Después de lo ocurrido, les conté todo. Les hablé del ataque, de mi hermano y de aquella criatura. Ellos me escucharon y me acogieron en su familia. Me enseñaron muchas cosas y me hicieron entender que, si quería sobrevivir, debía aprender a defenderme.
Su mirada volvió a clavarse en mí.
—También me enseñaron algo que nunca he olvidado: la familia siempre debe permanecer unida.
Aquellas palabras me hicieron mirar instintivamente la tumba de Darren.
¿Qué clase de familia podía perder a uno de los suyos de aquella manera? ¿Y qué había ocurrido realmente la noche en que murió el hermano de aquel desconocido?
Había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
—Entonces, son tus padres adoptivos —murmuré.
—Exactamente.
Me quedé pensativo durante unos segundos, intentando ordenar toda aquella información.
—Está bien… creo que ya entiendo por dónde va tu historia —dije con cierta ironía, aunque mi inquietud no había desaparecido—. Pero hay algo que todavía no comprendo.
Señalé la tumba.
—¿Por qué mataste a Darren? ¿Qué tenía él que ver con la muerte de tu hermano?
El muchacho guardó silencio.
Por un momento pensé que no respondería. Sin embargo, una sonrisa burlona volvió a dibujarse en su rostro.
—Porque hice una promesa.
—¿Qué?
—Después de lo que le ocurrió a mi hermano, juré vengarme de todos ellos. Me prometí que acabaría con cada uno, hasta que no quedara ninguno.
Sus ojos brillaron con una frialdad que me hizo retroceder medio paso.
—Darren fue uno de ellos.
Se encogió de hombros, como si acabara de hablar de algo insignificante.
—Y, para serte sincero, ya perdí la cuenta de cuántos llevo.
No pude creer lo que acababa de escuchar.
Frente a mí no había solamente un muchacho que había perdido a su hermano. Había alguien que había convertido su dolor en una obsesión, alguien que parecía dispuesto a destruir a cualquiera que relacionara con aquella tragedia.
Y, por alguna razón, había decidido contarme todo aquello a mí.
—Estás loco… —murmuré.
Su sonrisa desapareció.
—¿Eso crees?
No tuve tiempo de responder.
Con un movimiento rápido, metió la mano bajo su chaleco y sacó una daga que llevaba escondida. El brillo de la hoja me cegó por un instante.
—¡¿Qué haces?! —grité.
El desconocido levantó el brazo y lanzó el arma directamente hacia mí.
Me aparté por puro instinto. La daga pasó rozándome y cayó al suelo detrás de mí.
Respiré agitadamente y me giré para comprobar si seguía allí.
Pero el muchacho había desaparecido.
No había escuchado pasos ni ramas quebrándose. No había visto hacia dónde se marchaba.
Simplemente… ya no estaba.
—¿Qué demonios…?
Me acerqué con cautela al lugar donde había caído la daga. La recogí por el mango, procurando no cortarme, y examiné la hoja.
Fue entonces cuando descubrí algo grabado en el metal.
Un nombre.
IAN.
Lo pronuncié en voz baja.
—Ian…
De pronto, recordé sus palabras. Su hermano. Los cazadores. La promesa de venganza. Darren.
¿Quién era realmente aquel muchacho? ¿Cómo había conseguido desaparecer sin dejar rastro? Y, sobre todo, ¿por qué había decidido atacarme después de contarme su historia?
Apreté la daga entre mis dedos y volví la mirada hacia la tumba.
Las flores violetas se mecían suavemente con el viento. Todo parecía tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.
Pero yo sabía que algo acababa de cambiar.
Había salido de aquella cueva buscando respuestas sobre mi transformación y las mentiras de Ángel. Sin embargo, ahora tenía entre mis manos una nueva pieza de un rompecabezas que parecía mucho más oscuro de lo que había imaginado.
Y una pregunta comenzó a perseguirme:
¿Y SI LA HISTORIA QUE ME HABÍAN CONTADO SOBRE DARREN TAMBIÉN ERA UNA MENTIRA?
Tragué saliva y guardé la daga.
Tenía que encontrar a Ian.
Porque, si lo que acababa de contarme era cierto, tal vez Darren no había sido la única víctima de aquella historia.
Y quizá yo tampoco estaba tan lejos de convertirme en la siguiente.
CONTINUARÁ…


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